sábado, 28 de febrero de 2009

FALACIAS SOBRE EL VALOR AGREGADO

Recurrentemente la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, en sus frecuentes monólogos dirigidos a ilustrar a los ignaros a quienes gobierna, nos predica sobre la importancia de exportar "productos con mayor valor agregado" (http://www.infobaeprofesional.com/notas/64809-Cristina-pidio-a-los-productores-que-generen-mayor-valor-agregado.html; (http://www.elintransigente.com/notas/2008/12/9/nacionales-8438.asp); que "hay que abandonar el sesgo primario de la producción" (http://wap.perfil.com/contenidos/2008/05/20/noticia_0061.html). Ante autopartistas enfatizó que "una tonelada del sector equivale a 26 mil dólares, mientras una de maíz a 240 dólares" (http://www.cronista.com/notas/139244-con-binner-cerca-cristina-critico-el-sesgo-primario-la-economia) Esa opinión es compartida no sólo por el oficialismo, sino por muchas personas que, en otros aspectos, están en contra de la pareja presidencial. Sin embargo, el análisis económico implícito en esa concepción es primitivo, además de contener una serie de falacias lógicas y errores en la apreciación de los hechos:
1) Una objeción no menor, es la ignorancia del importante valor agregado que tiene la producción agrícola en nuestro país. Por supuesto, una etapa posterior de la cadena productiva agregará un valor adicional –lo que no significa necesariamente que el valor añadido en esa etapa sea superior al de la producción agrícola, de la misma forma que en una escalera, un escalón superior siempre estará arriba del inferior, aunque su altura sea igual o menor a la del que le precede- pero la primera pregunta que hay que hacerse es por qué la exportación de productos con valor agregado adicional resultaría, por hipótesis, más conveniente que la de "commodities", si el mercado demanda éstos y no nuestros productos industriales. Para dar un ejemplo, no se explica por qué exportar leche de soja –que no requieren masivamente los mercados internacionales- sería mejor que exportar poroto de soja. Si realmente lo fuera, ¿por qué motivo no lo hacen los productores, sin necesidad de políticas de estímulo?
A tal objeción podría replicarse que la exportación de productos industrializados genera economías externas que no están reflejadas en la contabilidad privada. Pero ese es un aserto que debe demostrarse, no meramente enunciarse como una verdad evidente. Históricamente y hasta el presente, muchos países desarrollados exportan "commodities" -Estados Unidos es uno de los principales- cuando las circunstancias del mercado internacional lo tornan propicio, y no se consideran subdesarrollados por hacerlo.
2) Si siempre “agregar valor” –con prescindencia de la demanda o inexistencia de ella de los productos resultantes de esa agregación- generase beneficios, la cadena de "agregación de valor" no tendría fin tampoco en el mercado interno, por inútil que resultara. Si producir bienes primarios para la exportación fuera "malo", ¿por qué no podría decirse lo mismo de la producción primaria para el mercado interno? ¿por qué existen productores que se contentan con llegar hasta sólo una determinada etapa de la cadena productiva?
La postura de que la exportación de productos primarios (en realidad, ya tienen un significativo grado de elaboración, cuando se satisfacen standards internacionales de calidad) es inconveniente para el país, para ser coherente con sus supuestos, debería considerar que lo mismo ocurre cuando esa producción se destina puertas adentro. Pero eso es claramente un desatino. Todo producto industrializado requiere, como insumo, la materia prima o semielaborada, sin cuya producción es imposible la del producto final.
No siempre agregar valor es económicamente racional, en tanto no exista una demanda que absorba los mayores precios derivados de la incorporación de aquél. Y si existe, los empresarios se ocuparán de satisfacerla, y de agregar valor sin necesidad de políticas oficiales; a la inversa, por mucho que sea el estímulo, si no hay demanda suficiente de productos industriales elaborados localmente –en gran medida, imputable a las políticas económicas dirigistas- nada se ganará fomentando lo que no va a ser comprado en los mercados internos y externos.
Vender productos con mayor valor agregado no es bueno ni malo en sí, sino una consecuencia de las reglas del mercado. Si los empresarios locales logran colocarlos, enhorabuena, pero no pongamos el carro delante de los caballos: no es un medio para prosperar, sino una consecuencia del crecimiento de la economía y del incremento de la productividad.
3) Comparar el precio y el peso ("una tonelada del sector –automotor- equivale a 26 mil dólares, mientras una de maíz a 240 dólares") es un dislate, que no tiene ninguna relación con la postulada necesidad de exportar bienes con mayor "valor agregado". Si el criterio definitorio de la conveniencia de una determinada producción o exportación fuera el precio por unidad de peso, el estado debería subsidiar, en vez de la exportación de autopartes o automotores, que usan metales cada vez más livianos y plásticos, la venta al exterior de oro, mucho oro, pues una tonelada de ese metal vale U$S 32.521.739,13 (el precio de la onza de oro -28,75 gramos- es de 935 dólares). A la vez, la industria de la computación en el mundo debería lamentarse, pues cada vez vende notebooks más pequeñas, más potentes, más livianas y más baratas; es decir, se obtienen cada vez menos dólares por tonelada. La estrategia exportadora debería ser volver a las computadoras a válvulas, cuyo significativo peso motivaría encomiásticos comentarios de nuestra presidenta. En cuanto a las exportaciones textiles,¡nada de lingerie o minibikinis! Concentrémonos en la producción y exportación de sobretodos, botas de montar, y cinturones gauchos con mucho metal. Mientras más pese lo que exportamos, mejor estaremos. Bolivia debería abandonar sus ruinosas exportaciones de gas; los países exportadores de petróleo, deberían exportar agua, que tiene mayor peso específico, y la lista de absurdos es infinita.
4) El discurso "industrialista" –que encierra varias falacias simultáneas sobre la relevancia del valor agregado, la suposición de que el "valor agregado" proviene exclusivamente de la industria, y tampoco distingue entre valor agregado y precio- pertenece a una época –o ha quedado fijado mentalmente en ella- en que las industrias eran un importante empleador. Ya no ocurre así. Al igual que lo que sucedió y sucede en la agricultura, la industria en los países desarrollados ha perdido importancia relativa como proveedor de empleos, incrementándose paralelamente el peso del sector terciario (los servicios), y esa es la evolución esperable de todo país cuya economía se desarrolle. En Japón, la industria pasó de significar el 35% del Producto Interno Bruto en 1960, a 25% en 1994; en la Unión Europea, del 32% en 1960, a 26% en 1994; en Estados Unidos, de 27% a 18%; y en general, en los países industrializados, de 30% a 20%. Paralelamente, el valor agregado de los servicios en el mismo lapso, que en Estados Unidos representaba el 57% en 1960, alcanzó el 72% en 1994; en los países industrializados, ascendió del 53% al 67%; en la Unión Europea, del 47% al 67%; en Japón, del 52% al 58%[1]. Inclusive en Argentina el fenómeno es similar: los bienes alcanzaban el 56,2% del PIB en 1960, y en 2000 el 32,5%; el valor agregado generado por los servicios era el 43,8% en 1960, y el 67,5% en 2000. Las industrias manufactureras sólo tenían una participación del 16,7% en 2000, contra 32,2% en 1960. Pero esa caída en la participación es relativa; no implica un decrecimiento en valores absolutos ni una desindustrialización, sino que el crecimiento es menor que el generado por los servicios[2].
[1] Ricardo Arriazu, “Lecciones de la crisis argentina”, Ed. El Ateneo, 2003, págs. 49-51 y sus gráficos.
[2] Ricardo Arriazu, obra citada, págs. 51-53.

domingo, 22 de febrero de 2009

EL ROL DE LA MORAL, LAS CONDUCTAS EJEMPLARES Y EL CAPITAL SOCIAL

Algunos liberales –yo también lo soy- pero que ponen especial cuidado en diferenciarse de todo lo que huela a "conservador", se erizan cuando se aborda el tema de los límites de la libertad y los alcances y virtudes de los deberes morales y del comportamiento espontáneamente ético, de las buenas costumbres, de la caridad, del amor (¿por qué no hablar de amor?) y de todo lo que no trata el análisis económico, sumado al temor, en lo político, de que el énfasis en esas cuestiones derive en autoritarismo político, en fundamentalismo religioso, en puritanismo moral, o en intolerancia cultural.
Sin embargo, ninguna sociedad, liberal o no, puede subsistir sin un fondo común de creencias compartidas por gran parte de la población, de comportamientos éticos, y por una serie de restricciones –preferiblemente voluntarias o de lo contrario, jurídicamente coercibles- a la libertad absoluta, cuando ésta atenta contra los semejantes.
Ningún sistema político ni económico y ninguna organización social –desde la Nación, la provincia o un municipio hasta un club social o deportivo- pueden funcionar racionalmente sin un conjunto de reglas asumidas como obligatorias por el común de los partícipes en la organización. Aunque no lo acepten muchos anarco-liberales –y los marxistas ridiculicen a la "moral burguesa"- estamos inmersos en una red de obligaciones y deberes morales, algunas veces jurídicamente exigibles; nuestro egoísmo –que bien encauzado, constituye un formidable aliciente para el trabajo, la innovación y la competencia- cuando choca con los derechos e intereses del prójimo, puede ser destructivo. La libertad, cuando no está acompañada por la responsabilidad –preventiva para evitar los daños, y activamente resarcitoria para repararlos- puede ser, para emplear la jerga de los economistas, una fuente de externalidades negativas, en que nuestro interés afecte brutalmente los derechos ajenos.
Sin contradecir mi firme postura a favor del máximo posible de libertad, de iniciativa privada con pocas restricciones, y de funcionamiento libre de los mercados -todas esas cuestiones han sido tratadas en este blog- resulta necesario formular algunas aclaraciones sobre los alcances de la libertad, la responsabilidad, los deberes morales y el acatamiento voluntario –cuando no coercitivo- a las normas de convivencia social. Y, por qué no, acerca del amor al prójimo, la caridad, las buenas obras y todo lo que hace la vida más amable y la sociedad más vivible.
Los móviles de la acción son, en distintos grados según las multiformes individualidades, el amor, el deber y el honor, el deseo de reconocimiento por los demás, el deseo de mejorar la propia situación, y el temor. La economía liberal reconoce, con realismo, que la ambición de mejorar es casi universal, y que no debe ser combatida, cuando se ejerce a través de la competencia en el mercado. Los totalitarismos comunistas han querido crear un hombre nuevo, pero hasta tanto alumbre ese hombre nuevo socialista, se apoyaron fuertemente en la coacción y el temor, con los desastrosos resultados que conocemos.
Pero no todo en el ser humano es ambición, no todo es interés, no todo es cálculo racional. Es ambivalente. Parte sustancial de su naturaleza tiende a afirmar rotundamente su propia individualidad, aún a costa de los demás. Una de las primeras palabras que un niño pronuncia cuando otro niño o un adulto pretende tomar un juguete que le pertenece, es un indignado y muchas veces agresivo ¡"mío"! Pero puede realizar sublimes actos de altruismo, sacrificar su propia existencia o sus bienes en pos de objetivos que considera superiores: la madre que, exponiendo su vida o a sabiendas de que la perderá, no aborta para que viva el hijo que lleva en el vientre; el bombero u otro servidor público que arriesga y en ocasiones pierde la vida, para salvar a un semejante; la madre Teresa de Calcuta, que renunció a todo para atender personalmente a los más pobres entre los pobres; el Dr. Albert Schweitzer, que finalizó sus días en un hospital de Lambarené (África), al que dedicó gran parte de su existencia y que fundó con su propio peculio; Maximiliano Kolbe, que murió en Auschwitz ofreciendo su vida a los carceleros del campo de concentración, a cambio de la de un hombre casado y con hijos. Las vidas ejemplares de santos, mártires y héroes muestran que nuestra especie es algo distinto y mejor, que se eleva por sobre el mero interés inmediato y en ocasiones renuncia a la propia individualidad
Están quienes, sin ser santos ni héroes, realizan sus acciones motivados por el sentido del deber. Esa conducta –y no la maximizadora de ganancias- no sólo es posible, sino que respecto de los gobernantes y funcionarios públicos es moral y jurídicamente exigible. Por liberales que seamos en lo económico, requerimos a los hombres públicos que gobiernen, legislen o juzguen en cumplimiento de su deber, no para llenarse los bolsillos. Está dentro de las reglas del sistema económico que los particulares procuren maximizar sus beneficios, pero no es lo esperable de los funcionarios. El mercado no funciona en el vacío legal. Requiere una estructura de normas que lo enmarquen, de jueces que hagan cumplir las obligaciones legales y contractuales, que impongan la supremacía de la Constitución por sobre los frecuentes desbordes de los poderes políticos. Y nada de eso puede ocurrir, si los gobernantes, legisladores y jueces hacen prevalecer sus intereses económicos, sus temores por racionales que sean, sus ambiciones de poder o de ascenso o sus cálculos electorales, sobre el deber de servir al interés público.
Aun en la esfera privada, el minimum de ética en que consiste el derecho impone cumplir las obligaciones y no dañar. Recordemos del derecho romano, que los "tria iuris preceptae" de Ulpiano eran "honestae vivere" (vivir honestamente), "alterum non laedere" (no dañar a otros) y "ius sum cuique tribuere" (dar a cada uno lo suyo). Esos preceptos eran supranormativos; no integraban el derecho, pero lo guiaban y no han dejado de tener vigencia como directrices de la acción. Mientras mayor sea el grado de adecuación espontánea a deberes que se tienen por autónomos –en el sentido etimológico de auto-nomos, normas autoimpuestas- menor será la necesidad de coerción estatal. Cuando los miembros de una sociedad en forma libre asumen sus responsabilidades, cumplen sus deberes y obligaciones, menos necesarias resultan las odiosas prohibiciones.
A despecho de la opinión de los "anarcoliberales", la libertad nunca es absoluta, y cuando se ejerce en detrimento de los derechos ajenos, destruye las derechos y libertades de los demás. Toda sociedad presupone la existencia de una densa red de obligaciones, de reglas formales o informales prescriptivas de conductas, y limitaciones a la libertad, entendida ésta como la posibilidad de elegir cualquier vía de acción, sin sujeción a restricciones auto o heteroimpuestas. No somos libres de atentar contra la vida, las libertades o la propiedad del prójimo, aunque desde la perspectiva de nuestros deseos o intereses individuales sean las alternativas que más nos plazcan o convengan. No somos –no debemos ser- libres de provocar disturbios en la vía pública, orinar en las puertas o paredes de las propiedades ajenas, o en las veredas. No podemos circular en contramano, o a velocidades mayores que las máximas establecidas. No podemos cortar calles o rutas, pues atentamos contra la libertad de circulación del resto de la comunidad. No podemos conducir en estado de ebriedad, pues ponemos en peligro a nuestros semejantes. Podrá en cada caso particular discutirse la conveniencia de determinadas regulaciones, de ciertas obligaciones o prohibiciones –en Argentina, el frenesí regulatorio de la economía ha llegado hasta el paroxismo- pero en cualquier sociedad deben existir normas éticas, de convivencia y también jurídicas, que entrañan el deber de subordinar las propias pretensiones, intereses o apetencias a pautas de convivencia social, y que en ocasiones son convertidas por el poder público en preceptos jurídicamente vinculantes. Una de las notas distintivas entre el ser humano de los salvajes, es su capacidad de aceptar restricciones a los propios deseos inmediatos. Y lo que caracteriza al delincuente psicópata, es la absoluta prioridad que otorga a su propio yo por sobre los derechos ajenos y las normas legales o morales.
El respeto de las libertades individuales, de la propiedad privada y del cumplimiento de los contratos –prerrequisito para el funcionamiento de los mercados- pueden ser impuestos por normas jurídicamente obligatorias. De hecho, muchas de las leyes apuntan a ese objetivo. Pero resulta mucho más simple, más eficiente, menos conflictivo y más acorde con las reglas de la ética que los contratos se cumplan voluntariamente porque los contratantes tengan internalizada como regla de conducta, que deben ser cumplidos, con prescindencia de las sanciones legales; que la propiedad privada y pública sea respetada por los particulares; que no se causen daños injustos a terceros, por la simple convicción de que es éticamente reprensible. Uno de los axiomas del derecho contractual es la “autonomía de la voluntad”, y está bien que así sea; lo que pocos recuerdan es que, además de ser un precepto incorporado al ordenamiento jurídico (artículo 1197 del Código Civil) es, según Kant y trascendiendo la órbita de los negocios, el sustento mismo de la moral: si la voluntad no es autónoma, no hay conductas éticas.
Cuando la libertad es acompañada de responsabilidad; cuando las obligaciones legales u contractuales se ejecutan voluntariamente; cuando los habitantes de una comunidad evitan en lo posible causar daños a terceros; cuando se preservan los bienes públicos –plazas, parques, estatuas, calles, caminos- por propia convicción y no por temor a la sanción, las sociedades no sólo son más felices, sino más eficientes, pues no deben distraer ingentes recursos para prevenir o sancionar conductas ilícitas, inmorales o antisociales.
La economía aborda la acción humana predominantemente desde la óptica del operador cuya conducta está dirigida por el cálculo racional. Aunque no supone que todos los individuos así procedan, economistas como Gary Becker aplican el análisis económico al matrimonio, a los hijos, al delito, y a un sinfín de aspectos que tradicionalmente se consideraban ajenos al ámbito propio de esa ciencia. Parten de la premisa que el ser humano tiende a privilegiar el propio interés, procura minimizar los costos, maximizar los ingresos y obtener la mayor satisfacción posible. Analizando la acción humana desde un punto de vista descriptivo, y no normativo, llegan a la conclusión de que el libre juego de los intereses particulares conduce a una sociedad más próspera. Desde Adam Smith ese enfoque ha sido fructífero para los desarrollos teóricos -pues suponer una infinita variedad de conductas posibles, además de ser irrazonable, impediría elaborar ninguna ciencia- y para el progreso económico de las sociedades, pues las económicamente más libres son las que han alcanzado mayores niveles de prosperidad material.
Pero esa perspectiva, pese a su fecundidad, resulta insuficiente. Todo sistema político y toda sociedad requieren, para su buen funcionamiento y su progreso -no sólo económico, sino integral- un nivel elevado de moralidad, de responsabilidad, de acatamiento voluntario de normas éticas y jurídicas que entrañan restricciones a la libertad ilimitada. La libertad sin responsabilidad y sin sujeción a obligaciones no lleva a una sociedad mejor, sino a la anarquía. Una comunidad en que prima absolutamente el interés egoísta e inmediato, sin consideración alguna por los daños que pueda causar la propia conducta, se asemeja a una sociedad de salvajes, y ni siquiera es posible el funcionamiento del mercado, cuyas virtudes he ponderado en otros posts.
La economía de mercado reposa en intercambios voluntarios, envueltos en una tupida red de contratos que, una vez concertados, deben ser cumplidos no porque convenga a los contratantes –presumiblemente, así lo consideraron al celebrar el negocio, pero no necesariamente conviene a la hora de ejecutarlos- sino porque están obligados a hacerlo.
Las sociedades en las que el mercado está unido con el amor, el deber, la libertad con responsabilidad, y un conjunto de valores compartidos no sólo son probablemente más felices, el delito y la marginalidad son menores, sino económicamente resultan más eficientes. Tienen, además del capital físico y monetario, el capital social.
El concepto de capital social no es preciso, pero no siempre lo preciso es relevante, y a la inversa, muchas veces lo impreciso es fundamental. Resulta difícil definir la moral de una forma que sea aceptable para todos, pero no puede haber una sociedad sin moral. Similares consideraciones caben respecto del capital social.
Por lo pronto, se integra con normas espontáneas de convivencia, que posibilitan el surgimiento de organizaciones edificadas sobre la confianza (Francis Fukuyama)[1]. Esas organizaciones fomentan el desarrollo y el bienestar de la sociedad, pues reducen los costos de transacción y facilitan la cooperación social. Cuando existe confianza en que el prójimo cumplirá su deber y no tratará de perjudicarnos –confianza sustentada en "eo quod plurunque fit"- las habituales medidas de protección resultan innecesarias. A la inversa, en una sociedad en que se cree, con razón, que es probable ser asaltado, violado su domicilio, estafado por el co-contratante, que el dinero que se anticipe a cambio de prestaciones futuras probablemente será dinero perdido; y quien anticipe prestaciones no recibirá oportunamente el dinero; una sociedad en la que hay que gastar en protección privada de la vivienda, porque se desconfía de la eficiencia y honestidad de la policía; una sociedad en la que deben firmarse detallados contratos con prolijas cláusulas, y aún así es probable que el vendedor, el comprador, el locador o el locatario, el asegurador o el asegurado no cumplan, tienen elevadísimos costos de transacción. La oferta de bienes y servicios y de crédito es menor y los precios e intereses son más elevados, que en un entorno de confianza fundada en la habitualidad de virtudes como la lealtad, la honestidad y el cumplimiento del deber por los otros integrantes de la comunidad.
Muchas veces en los sitios webs y foros liberales, la postura de los participantes es que toda restricción moral o jurídica a las conductas, equivale a una imposición totalitaria del Leviatán. ¿Por qué prohibir que se fume en el interior de locales? ¿por qué la prohibición de las drogas? ¿por qué no soy libre de drogarme en la vía pública? ¿Qué daño hace el sexo en la calle, o frente a la puerta de una casa ajena? No he visto la pregunta de por qué no hacer las necesidades fisiológicas en ese ámbito, pero sería coherente con esa postura "libertaria".
Pero una sociedad de esas características, ¿es más libre o es un infierno, donde los marginales mantienen al resto de la población aterrorizada y recluida en sus domicilios, cuando no se mudan –los que pueden y quieren- a un country o barrio privado?
Si bien las conductas antes descriptas normalmente constituyen contravenciones policiales, no faltan los cuestionamientos a su constitucionalidad. Y el problema de fondo es otro: cuando no se acepta espontáneamente la vigencia de ciertas pautas de convivencia, obtener su cumplimiento por medio de normas jurídicamente obligatorias es difícil, y a veces imposible.
Lamentablemente, en los últimos años y en la generalidad de los países de occidente, el cine, los diarios, la televisión, la radio, fomentan el desprecio por la autoridad, enaltecen a los delincuentes, ridiculizan las instituciones tradicionales, presentan como simpáticos a modelos de seres marginales, infractores de las leyes y de las normas. Habitualmente el cine muestra a los estafadores, a los incumplidores de las obligaciones, a los delincuentes, a las parejas desquiciadas, como los protagonistas principales de las películas. En la televisión se ridiculizan las buenas maneras y el buen decir, que son sustituidos por una jerga semibárbara, mechada de groserías.
¿Y se piensa que eso no tiene consecuencias? La criminalidad ha sentado sus reales, facilitada por sociedades desquiciadas, anómicas, infractoras de la ley, con habitantes que desconfían –las más de las veces, con razón- de los otros y de la autoridad.
Esa moral de la tribu, relativista en lo ético y en lo cultural, que desprecia los valores "burgueses" como "hipócritas", no puede sino conducir a un incremento de la violencia y del crimen. Para colmo, en los colegios primarios y sobre todo secundarios, se ha erosionado toda idea de orden, disciplina y jerarquía. Las frecuentes agresiones a profesores; la imposibilidad de mantener el orden en las aulas; la ausencia de sanciones, todo ello ha conducido a una sociedad de ágrafos, violentos, ignorantes y petulantes.
La paulatina desaparición de los matrimonios, mostrada por muchos medios de comunicación como un avance hacia una sociedad más moderna, ha provocado un deterioro alarmante de los niveles educativos, y una mayor tasa de criminalidad. Siguiendo a otra obra de aconsejable lectura de Fukuyama ("La gran ruptura", Editorial Atlántida, 1999, págs. 159 y ss), "la disminución de las familias nucleares en Occidente tuvo un efecto altamente negativo sobre el capital social; se ligó estrechamente el incremento de la pobreza para los individuos de la base de la escala social, condujo a niveles crecientes de delincuencia y, por último, provocó una caída en los niveles de confianza…Una de las consecuencias más importantes de la disminución del capital social en la familia ha sido una baja del capital humano en las generaciones siguientes. El Informe Coleman de 1966, elaborado en base a un estudio encargado por el Departamento de Salud, Educación y Bienestar Social de los Estados Unidos, consistió en un estudio masivo que procuró identificar las fuentes del desempeño educativo. La investigación detectó que la familia y los padres tienen un impacto mucho mayor sobre la formación del individuo que los factores controlados por la función pública como ser salarios de los docentes, dimensión de las aulas, gastos en computadoras, entre otros. A partir de esa fecha, los resultados del Informe Coleman se han visto confirmados por mucha cantidad de investigaciones posteriores. Gran parte de la desastrosa caída en los puntajes de las pruebas que se produjo en los Estados Unidos durante el período de la Gran Ruptura, tiene relación directa con la ruptura, el desmembramiento y el empobrecimiento familiar, además de otras disfunciones que impiden la transmisión de conocimientos y habilidades. Por el contrario, el alto desempeño de muchos niños asiático-estadounidenses refleja una estructura familiar relativamente intacta y con tradiciones culturales bien afirmadas en esa comunidad".
"Los efectos del divorcio, de los hijos extramatrimoniales y de las familias uniparentales sobre el bienestar de los niños que se desarrollan en este tipo de hogares –y sobre el capital humano y social transmitido de generación en gneeración- han sido investigados y discutidos exhaustivamente desde la publicación del informe Moynihan, realizado en 1965…Creo que cualquier lectura objetiva de este material conduce a la conclusión de que –manteniendo iguales todas las demás variables- es mucho mejor criarse dentro de una familia tradicional conformada por padre y madre que en una familia uniparental o sin padres biológicos…".
Friederik von Hayek, pese a su declarado agnosticismo, tenía una clara conciencia de la importancia de las normas morales. En La Fatal Arrogancia dijo: “Para captar adecuadamente el íntimo contenido del orden que caracteriza a la sociedad civilizada, conviene advertir que este orden, lejos de ser fruto de designio o intención, deriva de la incidencia de ciertos procesos de carácter espontáneo. Vivimos en una sociedad civilizada porque hemos llegado a asumir, de forma no deliberada, determinados hábitos heredados de carácter fundamentalmente moral, muchos de los cuales han resultado siempre poco gratos al ser humano - y sobre cuya validez e intrínseca eficacia nada sabía-. Su práctica, sin embargo, fue generalizándose a través de procesos evolutivos basados en la selección, y fue facilitando tanto el correspondiente aumento demográfico como un mayor bienestar material de aquellos grupos que antes se avinieron a aceptar ese tipo de comportamiento. La no deliberada, reluctante y hasta dolorosa sumisión del ser humano a tales normas facilitó a dichos entornos sociales la necesaria cohesión gracias a la cual accedieron sus miembros a un superior nivel de bienestar y conocimientos de diversa especie, lo que les permitió multiplicarse, poblar y henchir la tierra; (Génesis, I, 28). Quizá sea este proceso la faceta más ignorada de la evolución humana”
El anarco-liberalismo, reclutado frecuentemente entre personas sin responsabilidades ni preocupaciones familiares, es sustancialmente distinto al liberalismo de Adam Smith –un clérigo escocés- o al liberal-conservadorismo de Edmund Burke –a quien cierta historiografía presenta como un reaccionario, pese a que era un whig, no un tory. Sus críticas a la revolución francesa y al racionalismo –entendido como constructivismo social- así como su defensa de las tradiciones, lo mostraban conciliando las ideas liberales en lo económico, con el tradicionalismo. La mentalidad antirreligiosa de los filósofos franceses no existió en Gran Bretaña (Lord Acton era católico y liberal) ni en Estados Unidos (basta leer el clásico de Tocqueville, “La Democracia en América”), y eso permitió a dichos países conjugar la tradición con la modernidad, y adelantar al resto del mundo a lo largo de los siglos 19 (Gran Bretaña) y 20 (Estados Unidos).
Quienes defendemos a la vez la libertad económica, con las necesarias restricciones a la libertad, impuestas por las propias convicciones, por el deber o por las normas jurídicas, nos encontramos frecuentemente frente a la tacha de inconsecuencia. Si eres liberal –se nos dice- debes serlo en todos los órdenes; la libertad no admite fraccionamientos, o se privilegia la libertad por sobre cualquier otra consideración, o en el fondo tu liberalismo es una fachada de tu conservatismo, y de allí al fascismo no hay más que un paso.
Miles de veces me he encontrado frente a esa argumentación, y siempre me ha parecido equivocada, cuando se la esgrime con buena fe, o ruin, cuando es enarbolada por sofistas conscientes:
* En primer lugar, al socialismo no se le exige ninguna pretendida "coherencia". Yo tampoco: creo que un socialista puede ser cristiano o ateo; alto o bajo, creyente en la libertad –aunque no repare que es imposible bajo el régimen que propugna- o piensa que la libertad en el capitalismo es la libertad para morirse de hambre, y que el hombre nuevo socialista sólo accederá a la "verdadera" libertad una vez liquidado al régimen capitalista. Los socialistas no dejan de ser tales porque existan diferencias, a veces inconciliables –Trotsky pagó con la vida sus diferencias con Stalin- entre ellos.
* En segundo lugar, el liberalismo, esencialmente antidogmático, no puede aceptar como dogma que cualquier restricción a la libertad, por importante que sea el bien que se le contrapone, sea desestimable sin análisis. Curiosamente, los economistas liberales, cuando desarrollan la teoría de la utilidad marginal, suponen que no existen elecciones entre bienes a todo o nada, sino en dosis infinitesimales que se representan gráficamente como curvas continuas. Un médico puede prescribir a su paciente que haga gimnasia, pero eso no significa que cualquier tipo de gimnasia, de cualquier intensidad, con prescindencia de la edad y salud del paciente, sea buena.
* El mercado libre se asienta en la propiedad privada y en la intangibilidad –como principio- de los contratos. Pero no hay propiedad ni contratos, si una proporción mayoritaria de la población no está dispuesta a respetarlos, y sin un ordenamiento jurídico que –para los casos de excepción que se viola aquélla o se incumpla éstos- compulsivamente les dé ejecución, prestando el auxilio del poder público, aún con la fuerza (para desalojar a los intrusos o inquilinos incumplidores, embargar, secuestrar y subastar los bienes del que no paga, o compeler el cumplimiento de las obligaciones de hacer, aunque sea a través de su ejecución por terceros a costa del obligado).
* En cuanto a las restricciones impuestas por la moral, las buenas costumbres y por el propio sentido del deber, ¿quién dice que es más libre la sociedad que repudia la moral, que ridiculiza las buenas costumbres y relativiza los deberes? En ausencia de ellos, nos encontramos no con el buen salvaje rousseauniano, sino con el salvaje hobbesiano: tosco, brutal, desconsiderado; donde el hombre es el lobo del hombre.
Una cosa es que crea en las libertades civiles y económicas –las que consagra el artículo 14 de la Constitución Nacional- y en las bondades de los sistemas económicos que se fundan principalmente en el libre funcionamiento de los mercados –creencia que no se basa en ningún "a priori" dogmático, sino en la constatación de que las sociedades más libres son las más prósperas- y otra, que pretenda erigir a la libertad en órdenes ajenos a las libertades civiles, políticas y económicas, en un principio absoluto, que se contraponga con los derechos y libertades de los demás.
Entiéndase bien: no estoy propiciando el gobierno del Gran Hermano, que se inmiscuya en nuestras conciencias y creencias. Pero no admito, verbi gratia, que forme parte necesaria de un programa liberal, la legalización de los estupefacientes o del aborto. Quizás, por razones de conveniencia –como las que esgrime Milton Friedman- pueda eventualmente tolerarse la comercialización legal de ciertas sustancias actualmente prohibidas (aparentemente la marihuana no es mucho más peligrosa que el alcohol). Pero no es una cuestión de principios, sino de política legislativa; de conveniencia social. Quizás, por razones humanitarias, no sea bueno convertir a una madre que aborta, en una delincuente. Pero no está en juego la "libertad de disponer del propio cuerpo", sino una vida humana.
Las concepciones "libertarias" que defienden el capitalismo, pero rechazan la moral, los deberes y las convenciones, no advierten que el capitalismo, o la economía de mercado, o como quiera llamársela, no funciona en el vacío legal e institucional. Y cuando hablamos de institucional no sólo nos referimos a lo jurídico, sino a las instituciones que crean o incrementan el capital social: la familia como principal educadora; los deberes morales como sustituto de los legales; la caridad en vez del estado de bienestar que oprime a los contribuyentes, para distribuir migajas entre los beneficiarios; el cumplimiento espontáneo de las normas como regla de convivencia social.
[1] Para un desarrollo exhaustivo y con abundante acopio de argumentos y ejemplos, FRANCIS FUKUYAMA, "Confianza" (Trust), Editorial Atlántida, Buenos Aires, 1996

viernes, 20 de febrero de 2009

EL RELATIVISMO TROTSKISTA (1)

Una regla no escrita de la corrección política ha sido siempre, para quienes no comparten los postulados marxistas, "no ensañarse" con el comunismo caído, evitar las críticas, descalificar al "anticomunismo" como una muestra de derechismo cerril, predicar que, pese a sus crímenes históricos, hay un fondo bueno que no debe despreciarse. Las calamidades del "socialismo real" no serían sino desviaciones de un ideal prístinamente valioso, aunque desvirtuado en su aplicación práctica.
Entre los capitalistas culposos, los periodistas y comunicadores sociales ansiosos por evitar el ostracismo de la incorrección política, y los marxistas políticamente hábiles -aunque históricamente fracasados- consiguieron que la caída del comunismo de 1989 no fuera cargada al débito de la cuenta histórica del socialismo, sino presentada como el derrumbe de un esquema pervertido, que habría corrompido la pureza originaria de un ideal. Para los socialistas conscientes de la estupidez colectiva de la opinión pública debidamente influenciada, transmutar la derrota y el fracaso en victoria ideológica, todo fue una cuestión de tiempo. Quienes eran niños en 1989 –lo que en la actualidad, y dada la imbecilización masiva provocada en el "homo videns" por la televisión y por las instituciones educativas, significa desde el punto de vista intelectual e informativo, bastantes años- no coexistieron con el comunismo, y hoy tienen entre 30 y 35 años. Es la generación que, si no gobierna, gobernará en pocos años, y cuyos integrantes representan una proporción sustancial de lo que se escribe y se habla en los medios de comunicación.
Nos encontramos, especialmente en Iberoamérica, ante el riesgo de un nuevo triunfo del socialismo, que si se concreta no será –como creen los ingenuos- tolerante, respetuoso del disenso y de las minorías, y moralmente impoluto.
Sobre los errores del socialismo he escrito y no me cansaré de escribir. Se puede respetar a quien de buena fe se equivoca, pero no a quien subordina la moral –y con ello la verdad- al triunfo de sus concepciones políticas. Y el marxismo ha sido siempre relativista en lo moral; o en todo caso, ha priorizado sus fines por hipótesis tan elevados –la redención terrena de la clase trabajadora- despreciando la preocupación por los medios. Aunque no coincida exactamente con el relativismo –en cuanto afirma un absoluto, que es el fin buscado- sí lo es con los mecanismos para llegar hasta la tierra prometida en esta vida.
Las palabras de Trotski ("Su moral y la nuestra"), son una muestra cabal, y preocupante, del peligro que encierra el socialismo marxista. Dado el desprestigio del estalinismo, y el aura de pureza e incorruptibiidad que indebidamente rodea a Trotsky –que terminó asesinado por orden de Stalin- resultan doblemente peligrosas, pues para muchos Trotsyi es el marxismo sin los vicios de Stalin y la burocracia de Kruschev, Podgorny, o Brezhnev. Contrariamente, creo que su única virtud fue haber sido derrotado, porque era más fanático, más coherente, menos limitado por el sentido común al que despreciaba, y más dispuesto a llevar sus ideas hasta las últimas consecuencias. En síntesis, era mucho más peligroso que el archi-asesino Stalin.
¿Qué decía ese prohombre, modelo del pensamiento y de la acción para los socialistas, inspirador de nuestro latinoamericano, el "Che" Guevara?
"En épocas de reacción triunfante, los señores demócratas, social-demócratas, anarquistas y otros representantes de la izquierda se ponen a desprender, en doble cantidad, emanaciones de moral, del mismo modo que transpiran doblemente las gentes cuando tienen miedo. Al repetir, a su manera, los Diez Mandamientos o el Sermón de la Montaña, esos moralistas se dirigen, no tanto a la reacción triunfante, cuanto a los revolucionarios perseguidos por ella, quienes, con sus "excesos" y con sus principios "amorales", "provocan" a la reacción y le proporcionan una justificación moral. Hay, sin embargo, un medio tan sencillo y seguro de evitar la reacción: el esfuerzo interior, la regeneración moral. En todas las redacciones interesadas se distribuyen gratuitamente muestras de perfección ética. La base de esta prédica falsa y ampulosa la constituye la pequeña burguesía intelectual".
"….El proceso histórico es, ante todo, lucha de clases y acontece que clases diferentes, en nombre de finalidades diferentes, usen medios análogos. En el fondo, no podría ser de otro modo. Los ejércitos beligerantes son siempre más o menos simétricos y si no hubiera nada de común en sus métodos de lucha, no podrían lanzarse ataques uno al otro".
"….El campesino o el tendero rudos, si se encuentran entre dos fuegos, sin comprender ni el origen ni el sentido de la pugna entre proletariado y burguesía, tendrán igual odio para los dos campos en lucha; y ¿qué son todos esos moralistas demócratas? Los ideólogos de las capas medias, caídas o temerosas de caer entre dos fuegos. Los principales rasgos de los profetas de ese género son su alejamiento de los grandes movimientos históricos, el conservatismo petrificado de su pensamiento, la satisfacción de sí, en la propia mediocridad y la cobardía política más primitiva. Los moralistas quieren, ante todo, que la historia los deje en paz; con sus libritos, sus revistillas, sus subscriptores, el sentido común y las normas morales. Pero la historia no los deja en paz. Tan pronto de izquierda como de derecha, les da de empellones. Indudablemente, revolución y reacción, zarismo y bolchevismo, comunismo y fascismo, stalinismo y trotskysmo son todos gemelos. Que quien lo dude se tome la pena de palpar, en el cráneo de los moralistas, las protuberancias simétricas de derecha e izquierda"
.
La moralidad sería una "emanación" del miedo de la "pequeña burguesía intelectual", con su "conservatismo petrificado", su "cobardía política", "su sentido común" y sus "normas morales". La minusvaloración del "pequeño burgués" es típica del marxismo, al punto que puede respetar al "gran burgués" –que en definitiva sería en su concepción el enemigo a combatir- y por razones oportunistas, negociar con él, pero no al "pequeño burgués" que carece de capital, pero sí tiene afectos y rasgos de humanidad, a veces por sobre las limitaciones y miserias que están en la propia dualidad de nuestro género.
Argumenta Trotski:
"Admitamos, en efecto, que ni la finalidad personal ni la finalidad social puedan justificar los medios. Será menester entonces buscar otros criterios fuera de la sociedad, tal como la historia la ha hecho, y fuera de las finalidades que suscita su desarrollo. ¿En dónde? Si no es en la tierra, habrá de ser en los cielos. Los sacerdotes han descubierto, desde tiempos atrás, criterios infalibles de moral en la revelación divina. Los padrecitos laicos hablan de las verdades eternas de la moral, sin indicar su fuente primera. Tenemos, sin embargo, derecho de concluir diciendo: Si esas verdades son eternas, debieron existir no sólo antes de la aparición del pitecántropo sobre la tierra, sino aún antes de la formación del sistema solar. En realidad, ¿de dónde vienen exactamente? Sin Dios, la teoría de la moral eterna no puede tenerse en pie".
Creo en Dios, pero para aceptar y considerar insoslayables las normas morales no es necesario ser creyente. Una de las falacias típicas del relativismo ético, ha sido postular, como en los hermanos Karamazov, que si Dios no existe, todo está permitido. Aunque Dios no existiera, hay acciones buenas y acciones malas; hay una naturaleza humana que normalmente nos hace repudiar el crimen, el robo, la mentira, la falsía, la crueldad, e identificarnos, al menos en el campo de lo ideal, con las acciones que se consideran buenas. Instintivamente sentimos turbación, desprecio u horror cuando leemos de personajes reales o de ficción depravados, carentes de frenos inhibitorios morales. Es más: el que carece de ellos es un psicópata, lo que antes se decía un "loco moral".
El hecho de que existan acciones crueles, hombres malvados, que se cometan crímenes, no significa que el sentido ético no se halle ínsito en la naturaleza humana. Miraría con horror a quien se postulara como juez, y dijese que la moral y las normas son una construcción social histórico-contingente, con una validez relativa; la mayoría de nosotros, no elegiría como cónyuge a quien así lo dijera. Por sobre su autenticidad –virtud que hoy en día se sobrevalora- estaría nuestro sentido natural de rechazo a quien no sólo realiza acciones inmorales, sino niega la moralidad. El que comete acciones reprensibles, es un pecador; el que considera que calificarlas así es un prejuicio burgués, se parece bastante a un monstruo.
Por supuesto, cada vez que se defiende una conciencia moral natural, se tiene la certeza de ser criticado, desde el marxismo y también desde el anarco-liberalismo. Pero no veo nada malo en afirmar la existencia de una naturaleza humana, generadora de reglas éticas consideradas valiosas. La mayor parte de la gente comparte ciertas preferencias y rechazos en materia olfativa, gustativa y en general instintiva. En lo específicamente animal, no hay grandes discrepancias en asegurar la comunidad de la naturaleza humana; justamente por esa comunidad, resulta tan particularmente perverso el racismo: comporta negar a un grupo de seres humanos, todas o algunas de las características comunes de su humanidad.
Pero si nuestros patrones genéticos son idénticos; si solemos compartir en gran medida los gustos y disgustos, ¿por qué negar esa comunidad en las esferas espiritual y ética? ¿Somos parecidos para comer, beber, cohabitar, para el coito y las sensaciones físicas, pero no para distinguir intuitivamente lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto?
Se objetará que es relativo; que en las sociedades primitivas se aceptaba la esclavitud como una institución natural, a la guerra como el estado natural, y a la eliminación y tortura del enemigo, como un acto de patriotismo. Pero jamás, ni siquiera a nivel de tribu, se ha reputado como principio generalizable, la validez de la matanza de los miembros de la misma tribu.
La sociedad ha superado el estadio primitivo, fundamentalmente, porque el ser humano es capaz de cooperar, de hacer el bien, aunque sea en su estrecho círculo familiar, de cumplir los compromisos –sin los cuales resulta imposible la cooperación social; de atarse a reglas, aunque su cumplimiento signifique el sacrificio de un interés, preferencia o gusto.
El marxismo niega relevancia a todas esas consideraciones, pero no puede eludir, siquiera implícitamente, una opción ética: moral sería aquello que sirve a las leyes objetivas de la historia, que conducen al socialismo. Si matar contribuye a la causa revolucionaria, el homicidio es loable; si el terrorismo es conducente a minar las fuerzas de "la reacción", la condena moral del terrorismo es propio de pequeños burgueses cobardes. Si los fines justifican cualquier tipo de medios, por horrorosos que sean, la valoración de los segundos no puede hacerse en forma independiente de los primeros[1]. Trotsky no deja espacio para las dudas en torno a su posición:
"Situada por encima de las clases, la moral conduce inevitablemente a la aceptación de una substancia particular, de un "sentido moral" de una "conciencia", como un absoluto especial, que no es más que un cobarde pseudónimo filosófico de Dios. La moral independiente de los "fines", es decir, de la sociedad, ya se la deduzca de la verdad eterna o ya de la "naturaleza humana", sólo es, en resumidas cuentas, una forma de "teología natural". Los cielos continúan siendo la única posición fortificada para las operaciones militares contra el materialismo dialéctico".
Llevado por su incontinente elocuencia verbal, que nos muestra que un loco es alguien que ha perdido todo, menos la razón, Trotsky pretende destruir todo lo que durante años ha servido para construir un mundo un poco menos malo: el sentido moral, la conciencia, la naturaleza humana, que no serían más que "cobardes pseudónimos filosóficos de Dios". La moral no puede ser –para el marxismo- independiente de los fines que se persiguen. Y los únicos fines valiosos, son los proclamados como verdad de fe por el materialismo dialéctico, cuyo Papa sería Marx, y uno de los Prefectos de la Congregación de la Fe, nuestro conocido Trotsky.
Pero si los medios son relativos, ¿por qué los fines han de ser absolutos? Si no hay criterios para juzgar la moralidad de las acciones con independencia de los objetivos que buscan, ¿por qué no llevar el relativismo un poco más lejos? ¿quién nos dice que la dialéctica de la historia nos lleva al socialismo? ¿Marx? ¿Lenin? Trotsky? Pero supongamos –al solo efecto de la argumentación- que fuera inexorable, ¿no sería doblemente condenable asesinar a grupos humanos, sociales, políticos o ideológicos por su propia condición de tales, fraguar procesos contra inocentes, erigir en crimen la disidencia o la simple falta de fe o las dudas[2], si de todos modos el materialismo dialéctico les indicaba que el advenimiento del socialismo era históricamente ineluctable?
Al tratar la cuestión de que "el fin justifica los medios", Trotsky atribuye a los jesuitas la doctrina de que el medio, en sí mismo, puede ser indiferente y que la justificación o la condenación moral de un medio dado se desprende de su fin. Ejemplifica:
"Así, un disparo es por sí mismo indiferente; tirado contra un perro rabioso que amenaza a un niño, es una buena acción; tirado para amagar o para matar, es un crimen. Los teólogos de la orden no intentaron decir otra cosa, más que ese lugar común...Si nos quedamos en el terreno de las comparaciones puramente formales ,o psicológicas, pues sí podrá decirse que los bolcheviques son a los demócratas y social-demócratas de cualquier matiz lo que los jesuitas eran a la apacible jerarquía eclesiástica. Comparados con los marxistas revolucionarios, los social-demócratas y los centristas resultan unos atrasados mentales o, comparados con los médicos unos curanderos: no hay cuestión alguna que ellos profundicen completamente; creen en la virtud de los exorcismos y eluden cobardemente cualquier dificultad, esperanzados con un milagro. Los oportunistas son los pacíficos tenderos de la idea socialista, mientras que los bolcheviques son sus combatientes convencidos. De ahí el odio para los bolcheviques y las calumnias en su contra, de parte de quienes tienen en exceso los mismos defectos que ellos, condicionados por la historia, y ninguna de sus cualidades".
Las comparaciones no pueden ser más desafortunadas. Un disparo, como acción física, es moralmente indiferente. Pero los crímenes históricos del comunismo –a los que no fue ajeno Trotsky- no eran simples hechos físicos, sino –como característica teratológica- acciones premeditadas, concebidas por mentes rabiosas pero ejecutadas con minuciosa frialdad e indiferencia por los seres humanos concretos que supuestamente iban a ser redimidos. Jamás acciones no sólo malas, no sólo repudiables, sino en ocasiones repugnantes pueden ser justificadas, por la pretendida bondad de los fines que se procuran. Inclusive la doctrina de la iglesia del "mal menor" –que en el Código Penal argentino se concreta en la legítima defensa, o amenazas de sufrir un mal grave e inminente, o causar un mal para evitar otro mayor inminente al que se ha sido extraño (art. 34 del C.P.)- tiene una serie de condicionamientos y reviste carácter estrictamente excepcional. Y cada vez que se afirma una excepción, se reafirma el principio.
Las premisa de que el utilitarismo de Bentham o de Herbert Spencer — "la mayor felicidad posible para el mayor número posible"— se traduce, en última instancia, en la justificación de los medios por los fines, es acertada, pero en definitiva no difiere en sus bases de la moral marxista. Trotsky roza el problema, pero como el cometa Halley, se acerca a la tierra y pronto se aleja, cuando dice:
"Sería, sin embargo, ingenuo esperar de este "principio" abstracto una respuesta a la cuestión práctica: ¿Qué se puede y qué no se puede hacer? Además, el principio: "el fin justifica los medios" suscita naturalmente la cuestión: ¿Y qué justifica el fin?…Sin encerrar en sí nada inmoral, el principio atribuido a los jesuitas no resuelve, sin embargo, el problema de la moral".
"El utilitarismo "evolucionista" de Spencer nos deja igualmente sin respuesta a medio camino, pues siguiendo las huellas de Darwin intenta resolver la moral histórica concreta en las necesidades biológicas o en los "instintos sociales" propios de la vida animal gregaria, mientras que el concepto mismo de moral surge sólo en un medio dividido por antagonismos, es decir, en una sociedad dividida en clases".
"El evolucionismo burgués se detiene impotente en el umbral de la sociedad histórica, pues no quiere reconocer el principal resorte de la evolución de las formas sociales: la lucha de clases. La moral sólo es una de las funciones ideológicas de esa lucha. La clase dominante impone a la sociedad sus fines y la acostumbra a considerar como inmorales los medios que contradicen esos fines. Tal es la función principal de la moral oficial. Persigue "la mayor felicidad posible", no para la mayoría, sino para una exigua minoría, por lo demás, sin cesar decreciente". Un régimen semejante no podría mantenerse ni una semana por la sola coacción. Tiene necesidad del cemento de la moral. La elaboración de ese cemento constituye la profesión de teóricos y moralistas pequeño-burgueses…".
Después de formularse adecuadamente la pregunta ¿Y qué justifica el fin?, llega a la conclusión –no es novedosa, sino el desarrollo, con otras palabras, de la conocida construcción de Marx- de que la moral es un epifenómeno, una parte de la superestructura ideológica de la sociedad burguesa. Los fines están impuestos por la "clase dominante"[3], y la moral cumpliría una función similar a la religión: el opio del pueblo, que lo anestesia y lo acostumbra a pensar en categorías morales que sólo aprovechan a los capitalistas, pues los fines están impuestos por la clase poseedora.
Si la lucha de clases es el motor de la historia; si el sentido de ésta se halla predeterminado, nos deja con el interrogante de si una vez impuesta su utopía, existiría alguna moral universalmente válida. El relativismo de Trotsky, y su odio a la sociedad burguesa, lo llevan a relegar toda consideración ética ajena al triunfo del proletariado, sin preguntarse cuáles serían las reglas morales en una sociedad en que haya cesado la lucha de clases, una vez lograda por hipótesis la victoria.
El relativismo moral sin concesiones
Dice Trotsky:
"Quien no quiera retornar ni a Moisés ni a Cristo ni a Mahoma, ni contentarse con una mezcolanza ecléctica, debe reconocer que la moral es producto del desarrollo social; que no encierra nada invariable; que se halla al servicio de los intereses sociales; que esos intereses son contradictorios; que la moral posee, más que cualquier otra forma ideológica, un carácter de clase".
Aun admitiendo que existen reglas elementales de moral, necesarias para la vida de la colectividad, considera que "la virtud de su acción es extremadamente limitada e inestable" y son tanto menos actuantes cuanto más agudo es el carácter que toma la lucha de clases".
Después de atribuir a la burguesía una "conciencia de clase" que al menos desde fines del siglo XX y comienzos del XXI no tiene, y de endilgarle "un interés vital en imponer su moral a las masas explotadas", cubre con invectivas a todos los que aceptan esas "abstracciones morales que se colocan bajo la égida de la religión, de la filosofía o de esa cosa híbrida que se llama "sentido común". No sólo estarían equivocados, sino integrarían una suerte de conspiración para la mentira; "no es un error filosófico desinteresado, sino un elemento necesario en la mecánica de la engañifa de clase"
Si la moral es una estafa interesado de la burguesía, todo está justificado. Al relativismo ético, Trotsky aduna –como Marx- el relativismo gnoseológico y coloca en el trono de la retórica al argumento "ad hominem". La burguesía ni siquiera merece la concesión de estar equivocada, no puede incurrir ni siquiera en errores filosóficos desinteresados. Como los "Sabios del Sión", los burgueses se han conjurado para defraudar al proletariado, para adormecer su voluntad de lucha, y conscientemente han elaborado una intrincada red de reglas morales y de convivencia que sólo sirve a sus intereses clasistas.
Esos conceptos y esas palabras son una invitación al odio, que constituye la antesala del crimen. A lo largo del siglo XX y en menor medida a comienzos del siglo XXI, pasaron de la antesala, a la sala de tormentos.
[1] El tiempo se encargó de demostrar, además, que el fin perseguido –la comunidad socialista- era además un infierno. Se sacrificaron como "medios" a millones de seres humanos, en pos de un fin que a la postre era bazofia pura: totalitarismo político, supresión de las libertades individuales, adoctrinamiento compulsivo, inducción del miedo, el servilismo y la delación, todo eso sumado a un estrepitoso fracaso económico.
[2] El "crimental" del "1984" orwelliano.
[3] No sé qué opinaría en el presente, en que las pautas morales –o inmorales- están dadas por una plutocracia antiburguesa y anticapitalista, como lo son los directores y actores de cines, quienes a despecho de los millones de dólares que embuchan en sus películas, ensalzan al Che Guevara, denuestan a los empresarios, los acusan de urdir toda clase de conspiraciones, mientras que atribulados empresarios, perseguidos por los impuestos, luchan por subsistir.