viernes, 2 de enero de 2009

¿CÓMO AUMENTAR LOS SALARIOS?

En Argentina, al menos desde el año 1943 y acentuadamente desde 1945, los políticos y la opinión pública suelen dar por sentado que la única forma de mejorar a los asalariados es a través de decisiones voluntaristas del poder público, que decidan aumentos de los salarios nominales. Aunque se reniegue de ella, implícitamente también se acepta que la inflación es un precio irremediable a pagar, y un compañero ineluctable en la senda del progreso social. Podría decirse que forma parte del manual del perfecto populista argentino.


Esos lugares comunes han sido incorporados, quizás sin reparar en sus presupuestos implícitos, a la Constitución Nacional. El artículo 14 bis otorga el derecho a un salario "mínimo, vital y móvil"; y "jubilaciones y pensiones móviles". ¿Por qué deben ser móviles y con relación a qué? La respuesta de distintos fallos judiciales, es la movilidad respecto de la inflación.

No está dentro de los esquemas mentales de la mayoría, que la inflación no exista o sea muy baja, y que los salarios aumenten por el crecimiento de la productividad. Parecería que se trata de que los salarios nominales experimenten bruscos aumentos, y ganen una imposible carrera contra los precios, con prescindencia de las condiciones objetivas de la economía. Lamentablemente, no se ha descubierto la receta para que aumentos nominales de salarios se traduzcan en mayores salarios reales, si no hay incrementos de productividad.

Una de las evidencias indiscutibles en materia económica, es que no puede haber aumentos duraderos y sustanciales de los salarios, sin incrementos persistentes de la productividad. Si los salarios reales dependen de la productividad del trabajo –como lo indica el análisis marginal- la única posibilidad de aumentarlos, en el largo plazo, es mediante el incremento de aquélla. Esto es esperanzador, pero la referencia al largo plazo no suscitará el entusiasmo de quienes piensan que los problemas económicos y sociales se solucionan rápidamente con una generosa dosis de buenas intenciones, acompañada de una no menor cuota de ignorancia.

Un incremento de la productividad del trabajo del 3% anual parece un objetivo modesto, pero si se lo hubiera obtenido en los últimos treinta años, sin "milagros" ni devaluaciones salvajes, sin crecimientos espectaculares ni depresiones, sin hiperinflaciones destructoras de los ahorros ni confiscaciones pseudo legales, los salarios reales se habían duplicado (más exactamente, se habrían multiplicado por 2,093). En un siglo, un incremento del 3% anual significa un crecimiento per cápita de los ingresos y salarios reales promedios, de 16,58 veces[1]. Una tasa de crecimiento de la productividad per cápita del 2% anual significa un incremento del 64% en treinta años, y de 6,56 veces en un siglo. Tampoco son resultados despreciables. Cien años parecen una eternidad, comparada con nuestras expectativas vitales, pero son una fracción de segundo en perspectiva histórica.


Una distribución más pareja del ingreso tiene sus límites. Por mucho que se haga en ese sentido, es imposible que se torne 16 veces más igualitaria (o seis veces más igualitaria). La impaciencia por lograrlo es la vía segura para el estancamiento y la frustración de generaciones enteras.

Lo anterior no significa propiciar la resignación frente a la pobreza –en la mayor parte de los casos, producto del populismo- sino tener claro que no se la combate con grandilocuentes proclamas, hijas de la ignorancia económica –aunque sus heraldos puedan ser, en otros aspectos, personas de pulida cultura filosófica o literaria- sino alentando el continuo incremento de la productividad del trabajo.


¿De qué depende ese incremento?

De la acumulación de capital, humano y no humano.


Del progreso tecnológico.


De la subsistencia o mejoramiento del capital social.


Y eso sólo puede obtenerse en forma continuada, dentro de un marco de libertad económica, seguridad jurídica y protección del derecho de propiedad.


La acumulación de capital no humano y el progreso tecnológico


El incremento de la dotación de bienes de capital (verbi gratia, maquinarias de producción, equipos de transporte, carreteras, puentes, centrales eléctricas, infraestructura vial, equipos de telecomunicaciones, computadoras) per cápita (es decir, el crecimiento de aquélla en una proporción superior al incremento de la oferta de trabajo derivada del crecimiento vegetativo de la población), hace que el trabajo sea relativamente más escaso, lo que genera tendencias hacia la elevación de su precio relativo.


Si no hubiera progreso tecnológico, sino simple adición de cantidades crecientes de bienes de capital, mayores que el incremento de la oferta de trabajo, la ley de la productividad marginal finalmente decreciente haría que el capital obtenga rendimientos menores, mientras los salarios aumentan su participación en la renta nacional[2].


El progreso tecnológico aumenta la productividad marginal del trabajo –y por ende su retribución- pero a diferencia de la simple acumulación de capital cualitativamente idéntico, no lo hace a costa de la participación del capital en el ingreso, sino aumentando la productividad marginal del capital en forma paralela. Al decir de Samuelson[4], "…el aumento de los salarios reales en los últimos 100 años ha sido tal, que hace dudar que la presión política y sindical sirva de mucho para explicarlo. Así, por ejemplo, durante la década de 1920-1930 Estados Unidos conoció poca intervención económica procedente del gobierno; los sindicatos eran débiles y los monopolios no perdían terreno, y sin embargo los salarios reales ascendieron fuertemente. Análogamente, Japón y Alemania han mostrado un gran aumento de los salarios reales al tiempo que subía la productividad del trabajo, y ello en momentos en que sus respectivos gobiernos más parecían favorecer a los patronos que a las masas trabajadoras. Con el avance de la técnica y la creciente acumulación de bienes de capital, sería verdaderamente extraño que los salarios reales no fueran subiendo una década tras otra a consecuencia de la misma competencia entre los empresarios por atraer hacia sí la mano de obra. Quien no lo comprenda así es que no entiende los elementos fundamentales de nuestra historia económica, pero de la historia verdadera…".


Analizando un gráfico que muestra las tendencias de largo plazo, Samuelson evidencia que "…como el aumento de la producción y del capital ha sido superior al del trabajo, el salario real y la producción por hora trabajada se han elevado juntos, dejando aproximadamente en la misma proporción las fracciones repartidas al trabajo y al capital. El tipo de interés (o de beneficio) no da señales de rendimientos decrecientes, ni la relación capital-producto muestra ascenso duradero".


"…La cercanía entre las curvas de producción y de stock de capital nos dice que la relación capital-producto no se ha elevado como en el modelo sencillo de intensificación del capital[5]; por el contrario…la relación capital-producto se ha mantenido muy cercan a los 3 años…".


"…Fijémonos ahora en las curvas del salario y del beneficio. El salario real se ha venido elevando paulatinamente, tal como era de esperar visto el aumento de los bienes de capital que cooperan con la mano de obra y vistas las favorables tendencias técnicas imperantes…Los tipos de interés y de beneficio oscilan mucho con el ciclo económico y con la guerra, pero no muestran una tendencia fuerte durante todo el período…los cambios técnicos han compensado exactamente el descenso de los rendimientos" (pág. 850).


Resumiendo las seis tendencias básicas del crecimiento económico, expresa Samuelson (en negrilla en el original):


"Tendencia 1. La población ha aumentado, pero en proporción mucho más modesta que el "stock" de capital, lo que equivale a un "intensificación del capital".


"Tendencia 2. Los salarios reales han experimentado una fuerte tendencia alcista".


"Tendencia 3. De acuerdo con lo que a veces se llama la ley de Bowley, las fracciones relativas del PNN repartidas al trabajo y a la propiedad han mostrado considerable estabilidad a largo plazo (aunque quizás con ligeras señales de aumento a favor del trabajo)".[6]


"Tendencia 4. En lugar de presenciar el descenso del tipo de interés o de beneficio, lo que observamos es su oscilación en el ciclo económico, pero sin registrar una decidida tendencia alcista ni bajista en lo que va del siglo".


"Tendencia 5. En lugar de presenciar el constante aumento de la relación capital-producto según la intensificación del capital atrae la ley de rendimientos decrecientes, encontramos que esa relación se ha mantenido más o menos constante en el siglo actual".[7]


"…las tendencias 4 y 5 nos avisan que la teoría neoclásica no puede cumplirse en forma estática. El tipo de beneficio constante y la inmutabilidad de la relación capital-producto son incompatibles con la ley, más fundamental, de los rendimientos decrecientes. Nos vemos obligados, pues, a introducir las innovaciones técnicas en nuestro análisis neoclásico estático, si es que queremos explicar estos hechos dinámicos…La tendencia hacia los rendimientos decrecientes queda exactamente compensada por el desplazamiento técnico".


Ese esquemaconfirmado por la experiencia de los países capitalistas avanzados, incluidos algunos del sudeste asiático que hasta hace pocas décadas eran subdesarrollados (primero Japón, luego Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur y Singapur) que conduce a conclusiones optimistas en el largo plazo, si existe creación neta de capital, también explica los círculos viciosos en que puede caer un país, normalmente por los desatinos de sus gobernantes:


* Si el incremento de la oferta de trabajo derivado del simple crecimiento demográfico –entre 1,5% y 2% anual- supera a la creación neta de capital –o en otros términos, si se reduce el stock de capital por persona- el trabajo se convertirá en un factor relativamente más abundante, el capital se tornará relativamente más escaso, y los rendimientos decrecientes del trabajo tenderán a reducir su retribución y a aumentar la participación relativa del capital en el ingreso nacional.


* El progreso tecnológico, que en el modelo descripto por Samuelson para los países desarrollados ha actuado compensando la intensificación del capital y manteniendo su participación en el ingreso y producto –que de otra forma se habría reducido como consecuencia de su abundancia relativa frente al trabajo- cuando concurre con la escasez de capital y la abundancia de mano de obra, tenderá a reducir la participación del trabajo en la renta nacional, aunque probablemente no los salarios reales.

* Si el incremento de productividad derivado del progreso tecnológico no alcanza a compensar el decrecimiento de la dotación de capital per cápita, el país se hará cada vez más pobre, reduciéndose su ingreso per cápita. Los países que consumen su capital y no incorporan nuevas tecnologías –que no necesariamente deben estar generadas por investigadores locales ni producidas en el país- están condenados a la pobreza, aunque ésta se distribuya uniformemente.

En una economía en la que existe ahorro, inversión, crecimiento y progreso tecnológico –propio, o importado de países que lo generan- pueden aumentar los salarios reales y a la vez los beneficios. La ampliación de los mercados de consumo, derivados del mayor nivel de vida de la población, generan crecientes oportunidades de negocios, que a la vez incrementan los beneficios. Las economías más avanzadas han experimentado esos círculos virtuosos, que reducen la conflictividad social y provocan, como efecto colateral benéfico, un aumento del capital social. En las economías y países signados por el conflicto social, se gasta una cantidad enorme de recursos en evitarlo o reprimirlo, y si no se lo hace, en sustraerse a sus consecuencias.
La educación y la salud (el capital humano)
En las economías modernas el trabajo calificado –es decir, el que no tiene agregados estudios formales o capacitación formal o informal- es el que soporta más bajas retribuciones. A la inversa, el trabajador educado obtiene mayores niveles de ingreso, porque su productividad es superior, puede utilizar las nuevas tecnologías y mantenerse actualizado en su aprovechamiento.
Sin embargo, lo mejor que puede hacer el Estado no es el lugar común de –como se suele repetir acríticamente- dar al gobierno una fuerte injerencia en la materia. Llevamos décadas de predicar la importancia de la educación, y de asimilarla con el gasto público en esa materia, y cada década se obtienen resultados más pobres en materia educativa. Una de las explicaciones, es que las políticas para el sector han privilegiado lo ideológico, o se han traducido en políticas y normas las concepciones de ciertos funcionarios respecto de la "equidad", lo que significa no castigar al alumno agresivo, violento, indisciplinado o reacio a adecuarse a pautas de comportamiento civilizadas- ni premiar al que estudia y se ajusta a aquéllas.
En los hechos, muchos aspectos de nuestra educación –no sólo la pública, sino la privada- están estatizados: los planes de estudio son trazados por los ministerios de educación; los "contenidos mínimos obligatorios" conforman una abrumadora mayoría de las horas de clase que se dictan; la ideología de los funcionarios y burócratas de la educación –casi sin excepciones, hostil al capitalismo- prima sobre los derechos e intereses de los padres. Las instituciones privadas de enseñanza tienen muy limitada su libertad de brindar contenidos nuevos, distintos, o que contravengan la "religión oficial".
Ya es lejana en el tiempo la polémica acerca de la educación católica en las escuelas públicas. Se ha considerado, con toda razón, que no se puede imponer una determinada creencia a los que tienen otras, o carecen de ellas. Pero nunca se piensa que imponer como contenido obligatorio las ideas o ideologías de los funcionarios del Ministerio de Educación es también una forma de "enseñanza religiosa". Una religión agnóstica o atea y muchas veces antirreligiosa, pero con sus dogmas, sus excomulgados, sus satanes y sus "vade retro", que se impone a los niños y adolescentes sin importar las creencias o ideas de los padres. Refiriéndose al horrible experimento de ingeniería social que fue la Unión Soviética, decía Albert Camus, que no era precisamente un panegirista del capitalismo[8], "…esta fe activa en los representantes de la verdad es la única que puede salvar al súbdito de los misteriosos estragos de la historia…la utilidad directa de esta noción consiste en impedir la indiferencia en materia de fe. Es la evangelización forzosa…la culpabilidad no está ya en el hecho, sino en la simple ausencia de fe…".
Los Grandes Inquisidores del siglo XX han sido benévolamente olvidados pues hoy no es políticamente correcto hablar del comunismo. ¿Qué decía de ellos Camus?:
"Los Grandes Inquisidores rechazan orgullosamente el pan del cielo y la libertad y ofrecen el pan de la tierra sin la libertad…" (pág. 61
Por supuesto, los tiempos históricos no permiten –al menos por ahora- el lavado colectivo de cerebros. Pero en la mentalidad de muchos ideólogos de la educación, tanto los credos religiosos como la indiferencia burguesa o el rechazo de los padres a las ideologías de los educadores, son obstáculos a su pretensión de moldear a los jóvenes conforme con sus cosmovisiones filosóficas, ideológicas y políticas.
La pretensión de uniformar ideológicamente a los niños y adolescentes; el aliento a la agresividad, el conflicto y la indisciplina, lejos de fomentar la igualdad, provocan el efecto contrario: los padres que puedan financiar estudios superiores de sus hijos en otros países, o más tarde en universidades caras, lo harán, y si pueden, huirán como de la peste de la politización de las universidades públicas y ahora de la escuela estatal, en el nivel secundario (ya la toma del Colegio Nacional Carlos Pellegrini se ha convertido en un hecho reiterado y que no llama la atención). Los más pobres y la baja clase media se ven sacrificados por la ideología de los funcionarios de los ministerios de educación, y condenados a la carencia de estudios suficientes para insertarse en el mercado laboral; carencia que es el camino seguro hacia la desocupación o a los trabajos con bajos salarios.
¡Y todo ese cuadro de desastres, rindiendo homenaje meramente verbal –típico de Argentina- a principios igualitarios!


[1] La fórmula del crecimiento es (1 + r) elevado a la potencia n, siendo r la tasa de crecimiento anual, y n el número de períodos. Como el crecimiento es exponencial –pues todo incremento se produce respecto del incremento anterior- los resultados que arroja un crecimiento a tasas nominalmente modestas son espectaculares (en el procesador de textos de blogger no he podido colocar un superíndice, para indicar el exponente n).
Esos resultados en el largo plazo nos deben alentar y alertar: alentar, porque basta con crecer a tasas normales, para mejorar las condiciones de vida de la mayoría; y porque cuando se parte de niveles más bajos, es probable obtener tasas de crecimiento superiores. Pero nos deben alertar sobre los frecuentes fraudes estadísticos, de naciones cuyos gobernantes se las arreglan siempre para que figuren en las estadísticas de la contabilidad nacional, crecimientos "a tasas asiáticas", inconsistentes con los pobres o nulos resultados que se advierten en el largo plazo.
[2] Paul Samuelson, "Curso de Economía Moderna", decimosexta edición, cuarta reimpresión, edición española de Aguilar S.A., 1971, págs. 598, 603 y 845; Campbell Mc Conell, "Curso Básico de Economía", Ed. Aguilar, Biblioteca de Ciencias Sociales, 2ª edición española, 1975, pág. 702
[3] Paul Samuelson, obra citada, pág. 845
[4] Obra citada, pág. 847.
[5] Es decir, un modelo con acumulación de capital sin cambios cualitativos en su composición tecnológica.
[6] Pese a que Estados Unidos es presentado por la literatura y propaganda hostil a ese país como un infierno de inequidad, la participación del trabajo en la renta nacional ha aumentado "gradualmente desde 1929 hasta 1970. Desde entonces se ha mantenido bastante estable en torno a un 75 por ciento de la renta nacional. El resto de la renta se reparte entre alquileres, intereses, beneficios de las sociedades y renta de los propietarios" (Samuelson-Nordhaus, decimosexta edición, McGraw-Hill/Interamericana de España, capítulo 12, pág.216, figura 12.1 y su comentario).
[7] En otras palabras, el progreso técnico compensó exactamente el efecto erosivo que la ley de rendimientos decrecientes habría tenido, de lo contrario, sobre el rendimiento del capital.
[8] "El hombre rebelde", Editorial Losada, Buenos Aires, Biblioteca Clásica y Contemporánea, 14ª edición, pág. 226-227

1 comentario:

Louis Cyphre dijo...

Como siempre, impecable, Julio. Un lujo.