domingo, 22 de febrero de 2009

EL ROL DE LA MORAL, LAS CONDUCTAS EJEMPLARES Y EL CAPITAL SOCIAL

Algunos liberales –yo también lo soy- pero que ponen especial cuidado en diferenciarse de todo lo que huela a "conservador", se erizan cuando se aborda el tema de los límites de la libertad y los alcances y virtudes de los deberes morales y del comportamiento espontáneamente ético, de las buenas costumbres, de la caridad, del amor (¿por qué no hablar de amor?) y de todo lo que no trata el análisis económico, sumado al temor, en lo político, de que el énfasis en esas cuestiones derive en autoritarismo político, en fundamentalismo religioso, en puritanismo moral, o en intolerancia cultural.
Sin embargo, ninguna sociedad, liberal o no, puede subsistir sin un fondo común de creencias compartidas por gran parte de la población, de comportamientos éticos, y por una serie de restricciones –preferiblemente voluntarias o de lo contrario, jurídicamente coercibles- a la libertad absoluta, cuando ésta atenta contra los semejantes.
Ningún sistema político ni económico y ninguna organización social –desde la Nación, la provincia o un municipio hasta un club social o deportivo- pueden funcionar racionalmente sin un conjunto de reglas asumidas como obligatorias por el común de los partícipes en la organización. Aunque no lo acepten muchos anarco-liberales –y los marxistas ridiculicen a la "moral burguesa"- estamos inmersos en una red de obligaciones y deberes morales, algunas veces jurídicamente exigibles; nuestro egoísmo –que bien encauzado, constituye un formidable aliciente para el trabajo, la innovación y la competencia- cuando choca con los derechos e intereses del prójimo, puede ser destructivo. La libertad, cuando no está acompañada por la responsabilidad –preventiva para evitar los daños, y activamente resarcitoria para repararlos- puede ser, para emplear la jerga de los economistas, una fuente de externalidades negativas, en que nuestro interés afecte brutalmente los derechos ajenos.
Sin contradecir mi firme postura a favor del máximo posible de libertad, de iniciativa privada con pocas restricciones, y de funcionamiento libre de los mercados -todas esas cuestiones han sido tratadas en este blog- resulta necesario formular algunas aclaraciones sobre los alcances de la libertad, la responsabilidad, los deberes morales y el acatamiento voluntario –cuando no coercitivo- a las normas de convivencia social. Y, por qué no, acerca del amor al prójimo, la caridad, las buenas obras y todo lo que hace la vida más amable y la sociedad más vivible.
Los móviles de la acción son, en distintos grados según las multiformes individualidades, el amor, el deber y el honor, el deseo de reconocimiento por los demás, el deseo de mejorar la propia situación, y el temor. La economía liberal reconoce, con realismo, que la ambición de mejorar es casi universal, y que no debe ser combatida, cuando se ejerce a través de la competencia en el mercado. Los totalitarismos comunistas han querido crear un hombre nuevo, pero hasta tanto alumbre ese hombre nuevo socialista, se apoyaron fuertemente en la coacción y el temor, con los desastrosos resultados que conocemos.
Pero no todo en el ser humano es ambición, no todo es interés, no todo es cálculo racional. Es ambivalente. Parte sustancial de su naturaleza tiende a afirmar rotundamente su propia individualidad, aún a costa de los demás. Una de las primeras palabras que un niño pronuncia cuando otro niño o un adulto pretende tomar un juguete que le pertenece, es un indignado y muchas veces agresivo ¡"mío"! Pero puede realizar sublimes actos de altruismo, sacrificar su propia existencia o sus bienes en pos de objetivos que considera superiores: la madre que, exponiendo su vida o a sabiendas de que la perderá, no aborta para que viva el hijo que lleva en el vientre; el bombero u otro servidor público que arriesga y en ocasiones pierde la vida, para salvar a un semejante; la madre Teresa de Calcuta, que renunció a todo para atender personalmente a los más pobres entre los pobres; el Dr. Albert Schweitzer, que finalizó sus días en un hospital de Lambarené (África), al que dedicó gran parte de su existencia y que fundó con su propio peculio; Maximiliano Kolbe, que murió en Auschwitz ofreciendo su vida a los carceleros del campo de concentración, a cambio de la de un hombre casado y con hijos. Las vidas ejemplares de santos, mártires y héroes muestran que nuestra especie es algo distinto y mejor, que se eleva por sobre el mero interés inmediato y en ocasiones renuncia a la propia individualidad
Están quienes, sin ser santos ni héroes, realizan sus acciones motivados por el sentido del deber. Esa conducta –y no la maximizadora de ganancias- no sólo es posible, sino que respecto de los gobernantes y funcionarios públicos es moral y jurídicamente exigible. Por liberales que seamos en lo económico, requerimos a los hombres públicos que gobiernen, legislen o juzguen en cumplimiento de su deber, no para llenarse los bolsillos. Está dentro de las reglas del sistema económico que los particulares procuren maximizar sus beneficios, pero no es lo esperable de los funcionarios. El mercado no funciona en el vacío legal. Requiere una estructura de normas que lo enmarquen, de jueces que hagan cumplir las obligaciones legales y contractuales, que impongan la supremacía de la Constitución por sobre los frecuentes desbordes de los poderes políticos. Y nada de eso puede ocurrir, si los gobernantes, legisladores y jueces hacen prevalecer sus intereses económicos, sus temores por racionales que sean, sus ambiciones de poder o de ascenso o sus cálculos electorales, sobre el deber de servir al interés público.
Aun en la esfera privada, el minimum de ética en que consiste el derecho impone cumplir las obligaciones y no dañar. Recordemos del derecho romano, que los "tria iuris preceptae" de Ulpiano eran "honestae vivere" (vivir honestamente), "alterum non laedere" (no dañar a otros) y "ius sum cuique tribuere" (dar a cada uno lo suyo). Esos preceptos eran supranormativos; no integraban el derecho, pero lo guiaban y no han dejado de tener vigencia como directrices de la acción. Mientras mayor sea el grado de adecuación espontánea a deberes que se tienen por autónomos –en el sentido etimológico de auto-nomos, normas autoimpuestas- menor será la necesidad de coerción estatal. Cuando los miembros de una sociedad en forma libre asumen sus responsabilidades, cumplen sus deberes y obligaciones, menos necesarias resultan las odiosas prohibiciones.
A despecho de la opinión de los "anarcoliberales", la libertad nunca es absoluta, y cuando se ejerce en detrimento de los derechos ajenos, destruye las derechos y libertades de los demás. Toda sociedad presupone la existencia de una densa red de obligaciones, de reglas formales o informales prescriptivas de conductas, y limitaciones a la libertad, entendida ésta como la posibilidad de elegir cualquier vía de acción, sin sujeción a restricciones auto o heteroimpuestas. No somos libres de atentar contra la vida, las libertades o la propiedad del prójimo, aunque desde la perspectiva de nuestros deseos o intereses individuales sean las alternativas que más nos plazcan o convengan. No somos –no debemos ser- libres de provocar disturbios en la vía pública, orinar en las puertas o paredes de las propiedades ajenas, o en las veredas. No podemos circular en contramano, o a velocidades mayores que las máximas establecidas. No podemos cortar calles o rutas, pues atentamos contra la libertad de circulación del resto de la comunidad. No podemos conducir en estado de ebriedad, pues ponemos en peligro a nuestros semejantes. Podrá en cada caso particular discutirse la conveniencia de determinadas regulaciones, de ciertas obligaciones o prohibiciones –en Argentina, el frenesí regulatorio de la economía ha llegado hasta el paroxismo- pero en cualquier sociedad deben existir normas éticas, de convivencia y también jurídicas, que entrañan el deber de subordinar las propias pretensiones, intereses o apetencias a pautas de convivencia social, y que en ocasiones son convertidas por el poder público en preceptos jurídicamente vinculantes. Una de las notas distintivas entre el ser humano de los salvajes, es su capacidad de aceptar restricciones a los propios deseos inmediatos. Y lo que caracteriza al delincuente psicópata, es la absoluta prioridad que otorga a su propio yo por sobre los derechos ajenos y las normas legales o morales.
El respeto de las libertades individuales, de la propiedad privada y del cumplimiento de los contratos –prerrequisito para el funcionamiento de los mercados- pueden ser impuestos por normas jurídicamente obligatorias. De hecho, muchas de las leyes apuntan a ese objetivo. Pero resulta mucho más simple, más eficiente, menos conflictivo y más acorde con las reglas de la ética que los contratos se cumplan voluntariamente porque los contratantes tengan internalizada como regla de conducta, que deben ser cumplidos, con prescindencia de las sanciones legales; que la propiedad privada y pública sea respetada por los particulares; que no se causen daños injustos a terceros, por la simple convicción de que es éticamente reprensible. Uno de los axiomas del derecho contractual es la “autonomía de la voluntad”, y está bien que así sea; lo que pocos recuerdan es que, además de ser un precepto incorporado al ordenamiento jurídico (artículo 1197 del Código Civil) es, según Kant y trascendiendo la órbita de los negocios, el sustento mismo de la moral: si la voluntad no es autónoma, no hay conductas éticas.
Cuando la libertad es acompañada de responsabilidad; cuando las obligaciones legales u contractuales se ejecutan voluntariamente; cuando los habitantes de una comunidad evitan en lo posible causar daños a terceros; cuando se preservan los bienes públicos –plazas, parques, estatuas, calles, caminos- por propia convicción y no por temor a la sanción, las sociedades no sólo son más felices, sino más eficientes, pues no deben distraer ingentes recursos para prevenir o sancionar conductas ilícitas, inmorales o antisociales.
La economía aborda la acción humana predominantemente desde la óptica del operador cuya conducta está dirigida por el cálculo racional. Aunque no supone que todos los individuos así procedan, economistas como Gary Becker aplican el análisis económico al matrimonio, a los hijos, al delito, y a un sinfín de aspectos que tradicionalmente se consideraban ajenos al ámbito propio de esa ciencia. Parten de la premisa que el ser humano tiende a privilegiar el propio interés, procura minimizar los costos, maximizar los ingresos y obtener la mayor satisfacción posible. Analizando la acción humana desde un punto de vista descriptivo, y no normativo, llegan a la conclusión de que el libre juego de los intereses particulares conduce a una sociedad más próspera. Desde Adam Smith ese enfoque ha sido fructífero para los desarrollos teóricos -pues suponer una infinita variedad de conductas posibles, además de ser irrazonable, impediría elaborar ninguna ciencia- y para el progreso económico de las sociedades, pues las económicamente más libres son las que han alcanzado mayores niveles de prosperidad material.
Pero esa perspectiva, pese a su fecundidad, resulta insuficiente. Todo sistema político y toda sociedad requieren, para su buen funcionamiento y su progreso -no sólo económico, sino integral- un nivel elevado de moralidad, de responsabilidad, de acatamiento voluntario de normas éticas y jurídicas que entrañan restricciones a la libertad ilimitada. La libertad sin responsabilidad y sin sujeción a obligaciones no lleva a una sociedad mejor, sino a la anarquía. Una comunidad en que prima absolutamente el interés egoísta e inmediato, sin consideración alguna por los daños que pueda causar la propia conducta, se asemeja a una sociedad de salvajes, y ni siquiera es posible el funcionamiento del mercado, cuyas virtudes he ponderado en otros posts.
La economía de mercado reposa en intercambios voluntarios, envueltos en una tupida red de contratos que, una vez concertados, deben ser cumplidos no porque convenga a los contratantes –presumiblemente, así lo consideraron al celebrar el negocio, pero no necesariamente conviene a la hora de ejecutarlos- sino porque están obligados a hacerlo.
Las sociedades en las que el mercado está unido con el amor, el deber, la libertad con responsabilidad, y un conjunto de valores compartidos no sólo son probablemente más felices, el delito y la marginalidad son menores, sino económicamente resultan más eficientes. Tienen, además del capital físico y monetario, el capital social.
El concepto de capital social no es preciso, pero no siempre lo preciso es relevante, y a la inversa, muchas veces lo impreciso es fundamental. Resulta difícil definir la moral de una forma que sea aceptable para todos, pero no puede haber una sociedad sin moral. Similares consideraciones caben respecto del capital social.
Por lo pronto, se integra con normas espontáneas de convivencia, que posibilitan el surgimiento de organizaciones edificadas sobre la confianza (Francis Fukuyama)[1]. Esas organizaciones fomentan el desarrollo y el bienestar de la sociedad, pues reducen los costos de transacción y facilitan la cooperación social. Cuando existe confianza en que el prójimo cumplirá su deber y no tratará de perjudicarnos –confianza sustentada en "eo quod plurunque fit"- las habituales medidas de protección resultan innecesarias. A la inversa, en una sociedad en que se cree, con razón, que es probable ser asaltado, violado su domicilio, estafado por el co-contratante, que el dinero que se anticipe a cambio de prestaciones futuras probablemente será dinero perdido; y quien anticipe prestaciones no recibirá oportunamente el dinero; una sociedad en la que hay que gastar en protección privada de la vivienda, porque se desconfía de la eficiencia y honestidad de la policía; una sociedad en la que deben firmarse detallados contratos con prolijas cláusulas, y aún así es probable que el vendedor, el comprador, el locador o el locatario, el asegurador o el asegurado no cumplan, tienen elevadísimos costos de transacción. La oferta de bienes y servicios y de crédito es menor y los precios e intereses son más elevados, que en un entorno de confianza fundada en la habitualidad de virtudes como la lealtad, la honestidad y el cumplimiento del deber por los otros integrantes de la comunidad.
Muchas veces en los sitios webs y foros liberales, la postura de los participantes es que toda restricción moral o jurídica a las conductas, equivale a una imposición totalitaria del Leviatán. ¿Por qué prohibir que se fume en el interior de locales? ¿por qué la prohibición de las drogas? ¿por qué no soy libre de drogarme en la vía pública? ¿Qué daño hace el sexo en la calle, o frente a la puerta de una casa ajena? No he visto la pregunta de por qué no hacer las necesidades fisiológicas en ese ámbito, pero sería coherente con esa postura "libertaria".
Pero una sociedad de esas características, ¿es más libre o es un infierno, donde los marginales mantienen al resto de la población aterrorizada y recluida en sus domicilios, cuando no se mudan –los que pueden y quieren- a un country o barrio privado?
Si bien las conductas antes descriptas normalmente constituyen contravenciones policiales, no faltan los cuestionamientos a su constitucionalidad. Y el problema de fondo es otro: cuando no se acepta espontáneamente la vigencia de ciertas pautas de convivencia, obtener su cumplimiento por medio de normas jurídicamente obligatorias es difícil, y a veces imposible.
Lamentablemente, en los últimos años y en la generalidad de los países de occidente, el cine, los diarios, la televisión, la radio, fomentan el desprecio por la autoridad, enaltecen a los delincuentes, ridiculizan las instituciones tradicionales, presentan como simpáticos a modelos de seres marginales, infractores de las leyes y de las normas. Habitualmente el cine muestra a los estafadores, a los incumplidores de las obligaciones, a los delincuentes, a las parejas desquiciadas, como los protagonistas principales de las películas. En la televisión se ridiculizan las buenas maneras y el buen decir, que son sustituidos por una jerga semibárbara, mechada de groserías.
¿Y se piensa que eso no tiene consecuencias? La criminalidad ha sentado sus reales, facilitada por sociedades desquiciadas, anómicas, infractoras de la ley, con habitantes que desconfían –las más de las veces, con razón- de los otros y de la autoridad.
Esa moral de la tribu, relativista en lo ético y en lo cultural, que desprecia los valores "burgueses" como "hipócritas", no puede sino conducir a un incremento de la violencia y del crimen. Para colmo, en los colegios primarios y sobre todo secundarios, se ha erosionado toda idea de orden, disciplina y jerarquía. Las frecuentes agresiones a profesores; la imposibilidad de mantener el orden en las aulas; la ausencia de sanciones, todo ello ha conducido a una sociedad de ágrafos, violentos, ignorantes y petulantes.
La paulatina desaparición de los matrimonios, mostrada por muchos medios de comunicación como un avance hacia una sociedad más moderna, ha provocado un deterioro alarmante de los niveles educativos, y una mayor tasa de criminalidad. Siguiendo a otra obra de aconsejable lectura de Fukuyama ("La gran ruptura", Editorial Atlántida, 1999, págs. 159 y ss), "la disminución de las familias nucleares en Occidente tuvo un efecto altamente negativo sobre el capital social; se ligó estrechamente el incremento de la pobreza para los individuos de la base de la escala social, condujo a niveles crecientes de delincuencia y, por último, provocó una caída en los niveles de confianza…Una de las consecuencias más importantes de la disminución del capital social en la familia ha sido una baja del capital humano en las generaciones siguientes. El Informe Coleman de 1966, elaborado en base a un estudio encargado por el Departamento de Salud, Educación y Bienestar Social de los Estados Unidos, consistió en un estudio masivo que procuró identificar las fuentes del desempeño educativo. La investigación detectó que la familia y los padres tienen un impacto mucho mayor sobre la formación del individuo que los factores controlados por la función pública como ser salarios de los docentes, dimensión de las aulas, gastos en computadoras, entre otros. A partir de esa fecha, los resultados del Informe Coleman se han visto confirmados por mucha cantidad de investigaciones posteriores. Gran parte de la desastrosa caída en los puntajes de las pruebas que se produjo en los Estados Unidos durante el período de la Gran Ruptura, tiene relación directa con la ruptura, el desmembramiento y el empobrecimiento familiar, además de otras disfunciones que impiden la transmisión de conocimientos y habilidades. Por el contrario, el alto desempeño de muchos niños asiático-estadounidenses refleja una estructura familiar relativamente intacta y con tradiciones culturales bien afirmadas en esa comunidad".
"Los efectos del divorcio, de los hijos extramatrimoniales y de las familias uniparentales sobre el bienestar de los niños que se desarrollan en este tipo de hogares –y sobre el capital humano y social transmitido de generación en gneeración- han sido investigados y discutidos exhaustivamente desde la publicación del informe Moynihan, realizado en 1965…Creo que cualquier lectura objetiva de este material conduce a la conclusión de que –manteniendo iguales todas las demás variables- es mucho mejor criarse dentro de una familia tradicional conformada por padre y madre que en una familia uniparental o sin padres biológicos…".
Friederik von Hayek, pese a su declarado agnosticismo, tenía una clara conciencia de la importancia de las normas morales. En La Fatal Arrogancia dijo: “Para captar adecuadamente el íntimo contenido del orden que caracteriza a la sociedad civilizada, conviene advertir que este orden, lejos de ser fruto de designio o intención, deriva de la incidencia de ciertos procesos de carácter espontáneo. Vivimos en una sociedad civilizada porque hemos llegado a asumir, de forma no deliberada, determinados hábitos heredados de carácter fundamentalmente moral, muchos de los cuales han resultado siempre poco gratos al ser humano - y sobre cuya validez e intrínseca eficacia nada sabía-. Su práctica, sin embargo, fue generalizándose a través de procesos evolutivos basados en la selección, y fue facilitando tanto el correspondiente aumento demográfico como un mayor bienestar material de aquellos grupos que antes se avinieron a aceptar ese tipo de comportamiento. La no deliberada, reluctante y hasta dolorosa sumisión del ser humano a tales normas facilitó a dichos entornos sociales la necesaria cohesión gracias a la cual accedieron sus miembros a un superior nivel de bienestar y conocimientos de diversa especie, lo que les permitió multiplicarse, poblar y henchir la tierra; (Génesis, I, 28). Quizá sea este proceso la faceta más ignorada de la evolución humana”
El anarco-liberalismo, reclutado frecuentemente entre personas sin responsabilidades ni preocupaciones familiares, es sustancialmente distinto al liberalismo de Adam Smith –un clérigo escocés- o al liberal-conservadorismo de Edmund Burke –a quien cierta historiografía presenta como un reaccionario, pese a que era un whig, no un tory. Sus críticas a la revolución francesa y al racionalismo –entendido como constructivismo social- así como su defensa de las tradiciones, lo mostraban conciliando las ideas liberales en lo económico, con el tradicionalismo. La mentalidad antirreligiosa de los filósofos franceses no existió en Gran Bretaña (Lord Acton era católico y liberal) ni en Estados Unidos (basta leer el clásico de Tocqueville, “La Democracia en América”), y eso permitió a dichos países conjugar la tradición con la modernidad, y adelantar al resto del mundo a lo largo de los siglos 19 (Gran Bretaña) y 20 (Estados Unidos).
Quienes defendemos a la vez la libertad económica, con las necesarias restricciones a la libertad, impuestas por las propias convicciones, por el deber o por las normas jurídicas, nos encontramos frecuentemente frente a la tacha de inconsecuencia. Si eres liberal –se nos dice- debes serlo en todos los órdenes; la libertad no admite fraccionamientos, o se privilegia la libertad por sobre cualquier otra consideración, o en el fondo tu liberalismo es una fachada de tu conservatismo, y de allí al fascismo no hay más que un paso.
Miles de veces me he encontrado frente a esa argumentación, y siempre me ha parecido equivocada, cuando se la esgrime con buena fe, o ruin, cuando es enarbolada por sofistas conscientes:
* En primer lugar, al socialismo no se le exige ninguna pretendida "coherencia". Yo tampoco: creo que un socialista puede ser cristiano o ateo; alto o bajo, creyente en la libertad –aunque no repare que es imposible bajo el régimen que propugna- o piensa que la libertad en el capitalismo es la libertad para morirse de hambre, y que el hombre nuevo socialista sólo accederá a la "verdadera" libertad una vez liquidado al régimen capitalista. Los socialistas no dejan de ser tales porque existan diferencias, a veces inconciliables –Trotsky pagó con la vida sus diferencias con Stalin- entre ellos.
* En segundo lugar, el liberalismo, esencialmente antidogmático, no puede aceptar como dogma que cualquier restricción a la libertad, por importante que sea el bien que se le contrapone, sea desestimable sin análisis. Curiosamente, los economistas liberales, cuando desarrollan la teoría de la utilidad marginal, suponen que no existen elecciones entre bienes a todo o nada, sino en dosis infinitesimales que se representan gráficamente como curvas continuas. Un médico puede prescribir a su paciente que haga gimnasia, pero eso no significa que cualquier tipo de gimnasia, de cualquier intensidad, con prescindencia de la edad y salud del paciente, sea buena.
* El mercado libre se asienta en la propiedad privada y en la intangibilidad –como principio- de los contratos. Pero no hay propiedad ni contratos, si una proporción mayoritaria de la población no está dispuesta a respetarlos, y sin un ordenamiento jurídico que –para los casos de excepción que se viola aquélla o se incumpla éstos- compulsivamente les dé ejecución, prestando el auxilio del poder público, aún con la fuerza (para desalojar a los intrusos o inquilinos incumplidores, embargar, secuestrar y subastar los bienes del que no paga, o compeler el cumplimiento de las obligaciones de hacer, aunque sea a través de su ejecución por terceros a costa del obligado).
* En cuanto a las restricciones impuestas por la moral, las buenas costumbres y por el propio sentido del deber, ¿quién dice que es más libre la sociedad que repudia la moral, que ridiculiza las buenas costumbres y relativiza los deberes? En ausencia de ellos, nos encontramos no con el buen salvaje rousseauniano, sino con el salvaje hobbesiano: tosco, brutal, desconsiderado; donde el hombre es el lobo del hombre.
Una cosa es que crea en las libertades civiles y económicas –las que consagra el artículo 14 de la Constitución Nacional- y en las bondades de los sistemas económicos que se fundan principalmente en el libre funcionamiento de los mercados –creencia que no se basa en ningún "a priori" dogmático, sino en la constatación de que las sociedades más libres son las más prósperas- y otra, que pretenda erigir a la libertad en órdenes ajenos a las libertades civiles, políticas y económicas, en un principio absoluto, que se contraponga con los derechos y libertades de los demás.
Entiéndase bien: no estoy propiciando el gobierno del Gran Hermano, que se inmiscuya en nuestras conciencias y creencias. Pero no admito, verbi gratia, que forme parte necesaria de un programa liberal, la legalización de los estupefacientes o del aborto. Quizás, por razones de conveniencia –como las que esgrime Milton Friedman- pueda eventualmente tolerarse la comercialización legal de ciertas sustancias actualmente prohibidas (aparentemente la marihuana no es mucho más peligrosa que el alcohol). Pero no es una cuestión de principios, sino de política legislativa; de conveniencia social. Quizás, por razones humanitarias, no sea bueno convertir a una madre que aborta, en una delincuente. Pero no está en juego la "libertad de disponer del propio cuerpo", sino una vida humana.
Las concepciones "libertarias" que defienden el capitalismo, pero rechazan la moral, los deberes y las convenciones, no advierten que el capitalismo, o la economía de mercado, o como quiera llamársela, no funciona en el vacío legal e institucional. Y cuando hablamos de institucional no sólo nos referimos a lo jurídico, sino a las instituciones que crean o incrementan el capital social: la familia como principal educadora; los deberes morales como sustituto de los legales; la caridad en vez del estado de bienestar que oprime a los contribuyentes, para distribuir migajas entre los beneficiarios; el cumplimiento espontáneo de las normas como regla de convivencia social.
[1] Para un desarrollo exhaustivo y con abundante acopio de argumentos y ejemplos, FRANCIS FUKUYAMA, "Confianza" (Trust), Editorial Atlántida, Buenos Aires, 1996

10 comentarios:

Iván dijo...

Julio, le hago una pregunta simple. Si alguien toma cocaína en su casa, y no viola ningún derecho ajeno, usted autorizaría al Derecho para que lo encarcele? O hay que "reeducarlo" en algún instituto gubernamental?

Encuentro esto muy parecido con los dictados del estatismo argentino y su ley de abastecimiento. Para ellos las "buenas costumbres" son que los empresarios abastezcan al "pueblo" con productos baratos y al precio dictado por personajes como Moreno. Si esas "buenas costumbres" no son aceptadas, entonces el estado va y lo encarcela.

En los dos casos hay toda una construcción teórica sobre obligaciones y derechos muy difusos. La "sociedad" tiene derecho a no tener drogadictos, y el "pueblo" tiene derecho a productos baratos. En los dos casos la libertad es violada, tanto para el drogadicto que no daño ningún derecho, como para el empresario que sólo realiza su negocio.

Carlos dijo...

Excelente post que comparto totalmente.

Sobre él, se inició una interesante discusión en el Opinador que llevé a BlogBis.

Un cordial saludo

Julio Rougès dijo...

Iván, mi respuesta es más simple que su pregunta. Si lee el post, verá que no sugerí que si alguien toma cocaína en su casa, y no viola ningún derecho ajeno, que sea válido encarcelarlo, pues se trataría de una acción privada sobre la cual el Estado carece potestades para entrometerse (artículo 19 de la Constitución Nacional). Otra cosa es la comercialización, que respecto de algunas drogas podría legalizarse (quizás la marihuana), pero no me parece que haga a la esencia de un sistema liberal autorizar la venta de cualquier bien o servicio, bajo cualquier circunstancia, siempre que tenga demanda. Habría que pensarlo caso por caso.

En segundo lugar, no todo lo que pueda comprar, vender o usar, puede hacérselo en la vía pública, si interfiere con los derechos ajenos: no puedo circular con una ametralladora por las calles.

En tercer término, lejos estoy del estatismo y del autoritarismo; quise destacar fundamentalmente -como el título lo indica- el rol de la moral, las conductas ejemplares y el capital social. Puse especial énfasis en la importancia de que una sociedad sea espontáneamente más virtuosa, más caritativa, que asuma los deberes morales en forma voluntaria y que las normas jurídicas obligatorias o prohibitivas -en ocasiones necesarias- sean lo más escasas posibles.

Para cualquier persona que tenga hijos por quienes preocuparse, y bienes que pueden ser rapiñados o destruidos no sólo por el Estado (le recomiendo que lea mi blog íntegramente, no sólo el artículo que le disgusta), le preocupa el deterioro de la moral colectiva.

Como también dije en el post, al menos ciertas personas están obligadas a no relegar sus ´propios intereses y cumplir con el deber: los funcionarios públicos.

Y en la esfera privada, si no existen autolimitaciones, la sociedad retrograda al salvajismo. Es lo que está ocurriendo en Argentina.

Lo señalé muchas veces en el post: mientras mayor sea el acatamiento voluntario de las normas, menor será el rol del Estado.

No quiero reiterar lo que ya dije en el post: léalo con más detenimiento, y después dígame si he sugerido más estatismo.

Saludos


Reproduzco algunos párrafos, por si no me hice entender claramente:

"Entiéndase bien: no estoy propiciando el gobierno del Gran Hermano, que se inmiscuya en nuestras conciencias y creencias...Quizás, por razones de conveniencia –como las que esgrime Milton Friedman- pueda eventualmente tolerarse la comercialización legal de ciertas sustancias actualmente prohibidas (aparentemente la marihuana no es mucho más peligrosa que el alcohol). Pero no es una cuestión de principios, sino de política legislativa; de conveniencia social. Quizás, por razones humanitarias, no sea bueno convertir a una madre que aborta, en una delincuente. Pero no está en juego la "libertad de disponer del propio cuerpo", sino una vida humana.

"Algunos liberales...se erizan cuando se aborda el tema de los límites de la libertad y los alcances y virtudes de los deberes morales y del comportamiento espontáneamente ético, de las buenas costumbres, de la caridad, del amor (¿por qué no hablar de amor?) y de todo lo que no trata el análisis económico, sumado al temor de que el énfasis en esas cuestiones derive en autoritarismo político, en fundamentalismo religioso, en puritanismo moral, o en intolerancia cultural".

Sin embargo, ninguna sociedad, liberal o no, puede subsistir sin un fondo común de creencias compartidas por gran parte de la población, de comportamientos éticos, y por una serie de restricciones –preferiblemente voluntarias o de lo contrario, jurídicamente coercibles- a la libertad absoluta, cuando ésta atenta contra los semejantes.

"...Sin contradecir mi firme postura a favor del máximo posible de libertad, de iniciativa privada con pocas restricciones, y de funcionamiento libre de los mercados -todas esas cuestiones han sido tratadas en este blog- resulta necesario formular algunas aclaraciones sobre los alcances de la libertad, la responsabilidad, los deberes morales y el acatamiento voluntario –cuando no coercitivo- a las normas de convivencia social. Y, por qué no, acerca del amor al prójimo, la caridad, las buenas obras y todo lo que hace la vida más amable y la sociedad más vivible".

"Los móviles de la acción son, en distintos grados según las multiformes individualidades, el amor, el deber y el honor, el deseo de reconocimiento por los demás, el deseo de mejorar la propia situación, y el temor. La economía liberal reconoce, con realismo, que la ambición de mejorar es casi universal, y que no debe ser combatida, cuando se ejerce a través de la competencia en el mercado. Los totalitarismos comunistas han querido crear un hombre nuevo, pero hasta tanto alumbre ese hombre nuevo socialista, se apoyaron fuertemente en la coacción y el temor, con los desastrosos resultados que conocemos".
Pero no todo en el ser humano es ambición, no todo es interés, no todo es cálculo racional. Es ambivalente. Parte sustancial de su naturaleza tiende a afirmar rotundamente su propia individualidad, aún a costa de los demás. Una de las primeras palabras que un niño pronuncia cuando otro niño o un adulto pretende tomar un juguete que le pertenece, es un indignado y muchas veces agresivo ¡"mío"! Pero puede realizar sublimes actos de altruismo, sacrificar su propia existencia o sus bienes en pos de objetivos que considera superiores: la madre que, exponiendo su vida o a sabiendas de que la perderá, no aborta para que viva el hijo que lleva en el vientre; el bombero u otro servidor público que arriesga y en ocasiones pierde la vida, para salvar a un semejante; la madre Teresa de Calcuta, que renunció a todo para atender personalmente a los más pobres entre los pobres; el Dr. Albert Schweitzer, que finalizó sus días en un hospital de Lambarené (África), al que dedicó gran parte de su existencia y que fundó con su propio peculio; Maximiliano Kolbe, que murió en Auschwitz ofreciendo su vida a los carceleros del campo de concentración, a cambio de la de un hombre casado y con hijos. Las vidas ejemplares de santos, mártires y héroes muestran que nuestra especie es algo distinto y mejor, que se eleva por sobre el mero interés inmediato y en ocasiones renuncia a la propia individualidad
Están quienes, sin ser santos ni héroes, realizan sus acciones motivados por el sentido del deber. Esa conducta –y no la maximizadora de ganancias- no sólo es posible, sino que respecto de los gobernantes y funcionarios públicos es moral y jurídicamente exigible. Por liberales que seamos en lo económico, requerimos a los hombres públicos que gobiernen, legislen o juzguen en cumplimiento de su deber, no para llenarse los bolsillos. Está dentro de las reglas del sistema económico que los particulares procuren maximizar sus beneficios, pero no es lo esperable de los funcionarios. El mercado no funciona en el vacío legal. Requiere una estructura de normas que lo enmarquen, de jueces que hagan cumplir las obligaciones legales y contractuales, que impongan la supremacía de la Constitución por sobre los frecuentes desbordes de los poderes políticos. Y nada de eso puede ocurrir, si los gobernantes, legisladores y jueces hacen prevalecer sus intereses económicos, sus temores por racionales que sean, sus ambiciones de poder o de ascenso o sus cálculos electorales, sobre el deber de servir al interés público.
Aun en la esfera privada, el minimum de ética en que consiste el derecho impone cumplir las obligaciones y no dañar. Recordemos del derecho romano, que los "tria iuris preceptae" de Ulpiano eran "honestae vivere" (vivir honestamente), "alterum non laedere" (no dañar a otros) y "ius sum cuique tribuere" (dar a cada uno lo suyo). Esos preceptos eran supranormativos; no integraban el derecho, pero lo guiaban y no han dejado de tener vigencia como directrices de la acción. Mientras mayor sea el grado de adecuación espontánea a deberes que se tienen por autónomos –en el sentido etimológico de auto-nomos, normas autoimpuestas- menor será la necesidad de coerción estatal. Cuando los miembros de una sociedad en forma libre asumen sus responsabilidades, cumplen sus deberes y obligaciones, menos necesarias resultan las odiosas prohibiciones.
A despecho de la opinión de los "anarcoliberales", la libertad nunca es absoluta, y cuando se ejerce en detrimento de los derechos ajenos, destruye las derechos y libertades de los demás. Toda sociedad presupone la existencia de una densa red de obligaciones, de reglas formales o informales prescriptivas de conductas, y limitaciones a la libertad, entendida ésta como la posibilidad de elegir cualquier vía de acción, sin sujeción a restricciones auto o heteroimpuestas. No somos libres de atentar contra la vida, las libertades o la propiedad del prójimo, aunque desde la perspectiva de nuestros deseos o intereses individuales sean las alternativas que más nos plazcan o convengan. No somos –no debemos ser- libres de provocar disturbios en la vía pública, orinar en las puertas o paredes de las propiedades ajenas, o en las veredas. No podemos circular en contramano, o a velocidades mayores que las máximas establecidas. No podemos cortar calles o rutas, pues atentamos contra la libertad de circulación del resto de la comunidad. No podemos conducir en estado de ebriedad, pues ponemos en peligro a nuestros semejantes. Podrá en cada caso particular discutirse la conveniencia de determinadas regulaciones, de ciertas obligaciones o prohibiciones –en Argentina, el frenesí regulatorio de la economía ha llegado hasta el paroxismo- pero en cualquier sociedad deben existir normas éticas, de convivencia y también jurídicas, que entrañan el deber de subordinar las propias pretensiones, intereses o apetencias a pautas de convivencia social, y que en ocasiones son convertidas por el poder público en preceptos jurídicamente vinculantes. Una de las notas distintivas entre el ser humano de los salvajes, es su capacidad de aceptar restricciones a los propios deseos inmediatos. Y lo que caracteriza al delincuente psicópata, es la absoluta prioridad que otorga a su propio yo por sobre los derechos ajenos y las normas legales o morales.
El respeto de las libertades individuales, de la propiedad privada y del cumplimiento de los contratos –prerrequisito para el funcionamiento de los mercados- pueden ser impuestos por normas jurídicamente obligatorias. De hecho, muchas de las leyes apuntan a ese objetivo. Pero resulta mucho más simple, más eficiente, menos conflictivo y más acorde con las reglas de la ética que los contratos se cumplan voluntariamente porque los contratantes tengan internalizada como regla de conducta, que deben ser cumplidos, con prescindencia de las sanciones legales; que la propiedad privada y pública sea respetada por los particulares; que no se causen daños injustos a terceros, por la simple convicción de que es éticamente reprensible. Uno de los axiomas del derecho contractual es la “autonomía de la voluntad”, y está bien que así sea; lo que pocos recuerdan es que, además de ser un precepto incorporado al ordenamiento jurídico (artículo 1197 del Código Civil) es, según Kant y trascendiendo la órbita de los negocios, el sustento mismo de la moral: si la voluntad no es autónoma, no hay conductas éticas.
Cuando la libertad es acompañada de responsabilidad; cuando las obligaciones legales u contractuales se ejecutan voluntariamente; cuando los habitantes de una comunidad evitan en lo posible causar daños a terceros; cuando se preservan los bienes públicos –plazas, parques, estatuas, calles, caminos- por propia convicción y no por temor a la sanción, las sociedades no sólo son más felices, sino más eficientes, pues no deben distraer ingentes recursos para prevenir o sancionar conductas ilícitas, inmorales o antisociales.
La economía aborda la acción humana predominantemente desde la óptica del operador cuya conducta está dirigida por el cálculo racional. Aunque no supone que todos los individuos así procedan, economistas como Gary Becker aplican el análisis económico al matrimonio, a los hijos, al delito, y a un sinfín de aspectos que tradicionalmente se consideraban ajenos al ámbito propio de esa ciencia. Parten de la premisa que el ser humano tiende a privilegiar el propio interés, procura minimizar los costos, maximizar los ingresos y obtener la mayor satisfacción posible. Analizando la acción humana desde un punto de vista descriptivo, y no normativo, llegan a la conclusión de que el libre juego de los intereses particulares conduce a una sociedad más próspera. Desde Adam Smith ese enfoque ha sido fructífero para los desarrollos teóricos -pues suponer una infinita variedad de conductas posibles, además de ser irrazonable, impediría elaborar ninguna ciencia- y para el progreso económico de las sociedades, pues las económicamente más libres son las que han alcanzado mayores niveles de prosperidad material.
Pero esa perspectiva, pese a su fecundidad, resulta insuficiente. Todo sistema político y toda sociedad requieren, para su buen funcionamiento y su progreso -no sólo económico, sino integral- un nivel elevado de moralidad, de responsabilidad, de acatamiento voluntario de normas éticas y jurídicas que entrañan restricciones a la libertad ilimitada. La libertad sin responsabilidad y sin sujeción a obligaciones no lleva a una sociedad mejor, sino a la anarquía. Una comunidad en que prima absolutamente el interés egoísta e inmediato, sin consideración alguna por los daños que pueda causar la propia conducta, se asemeja a una sociedad de salvajes, y ni siquiera es posible el funcionamiento del mercado, cuyas virtudes he ponderado en otros posts.
La economía de mercado reposa en intercambios voluntarios, envueltos en una tupida red de contratos que, una vez concertados, deben ser cumplidos no porque convenga a los contratantes –presumiblemente, así lo consideraron al celebrar el negocio, pero no necesariamente conviene a la hora de ejecutarlos- sino porque están obligados a hacerlo.
Las sociedades en las que el mercado está unido con el amor, el deber, la libertad con responsabilidad, y un conjunto de valores compartidos no sólo son probablemente más felices, el delito y la marginalidad son menores, sino económicamente resultan más eficientes. Tienen, además del capital físico y monetario, el capital social.
El concepto de capital social no es preciso, pero no siempre lo preciso es relevante, y a la inversa, muchas veces lo impreciso es fundamental. Resulta difícil definir la moral de una forma que sea aceptable para todos, pero no puede haber una sociedad sin moral. Similares consideraciones caben respecto del capital social.
Por lo pronto, se integra con normas espontáneas de convivencia, que posibilitan el surgimiento de organizaciones edificadas sobre la confianza (Francis Fukuyama)[1]. Esas organizaciones fomentan el desarrollo y el bienestar de la sociedad, pues reducen los costos de transacción y facilitan la cooperación social. Cuando existe confianza en que el prójimo cumplirá su deber y no tratará de perjudicarnos –confianza sustentada en "eo quod plurunque fit"- las habituales medidas de protección resultan innecesarias. A la inversa, en una sociedad en que se cree, con razón, que es probable ser asaltado, violado su domicilio, estafado por el co-contratante, que el dinero que se anticipe a cambio de prestaciones futuras probablemente será dinero perdido; y quien anticipe prestaciones no recibirá oportunamente el dinero; una sociedad en la que hay que gastar en protección privada de la vivienda, porque se desconfía de la eficiencia y honestidad de la policía; una sociedad en la que deben firmarse detallados contratos con prolijas cláusulas, y aún así es probable que el vendedor, el comprador, el locador o el locatario, el asegurador o el asegurado no cumplan, tienen elevadísimos costos de transacción. La oferta de bienes y servicios y de crédito es menor y los precios e intereses son más elevados, que en un entorno de confianza fundada en la habitualidad de virtudes como la lealtad, la honestidad y el cumplimiento del deber por los otros integrantes de la comunidad.
Muchas veces en los sitios webs y foros liberales, la postura de los participantes es que toda restricción moral o jurídica a las conductas, equivale a una imposición totalitaria del Leviatán. ¿Por qué prohibir que se fume en el interior de locales? ¿por qué la prohibición de las drogas? ¿por qué no soy libre de drogarme en la vía pública? ¿Qué daño hace el sexo en la calle, o frente a la puerta de una casa ajena? No he visto la pregunta de por qué no hacer las necesidades fisiológicas en ese ámbito, pero sería coherente con esa postura "libertaria".
Pero una sociedad de esas características, ¿es más libre o es un infierno, donde los marginales mantienen al resto de la población aterrorizada y recluida en sus domicilios, cuando no se mudan –los que pueden y quieren- a un country o barrio privado?
Si bien las conductas antes descriptas normalmente constituyen contravenciones policiales, no faltan los cuestionamientos a su constitucionalidad. Y el problema de fondo es otro: cuando no se acepta espontáneamente la vigencia de ciertas pautas de convivencia, obtener su cumplimiento por medio de normas jurídicamente obligatorias es difícil, y a veces imposible.
Lamentablemente, en los últimos años y en la generalidad de los países de occidente, el cine, los diarios, la televisión, la radio, fomentan el desprecio por la autoridad, enaltecen a los delincuentes, ridiculizan las instituciones tradicionales, presentan como simpáticos a modelos de seres marginales, infractores de las leyes y de las normas. Habitualmente el cine muestra a los estafadores, a los incumplidores de las obligaciones, a los delincuentes, a las parejas desquiciadas, como los protagonistas principales de las películas. En la televisión se ridiculizan las buenas maneras y el buen decir, que son sustituidos por una jerga semibárbara, mechada de groserías.
¿Y se piensa que eso no tiene consecuencias? La criminalidad ha sentado sus reales, facilitada por sociedades desquiciadas, anómicas, infractoras de la ley, con habitantes que desconfían –las más de las veces, con razón- de los otros y de la autoridad.
Esa moral de la tribu, relativista en lo ético y en lo cultural, que desprecia los valores "burgueses" como "hipócritas", no puede sino conducir a un incremento de la violencia y del crimen. Para colmo, en los colegios primarios y sobre todo secundarios, se ha erosionado toda idea de orden, disciplina y jerarquía. Las frecuentes agresiones a profesores; la imposibilidad de mantener el orden en las aulas; la ausencia de sanciones, todo ello ha conducido a una sociedad de ágrafos, violentos, ignorantes y petulantes.
La paulatina desaparición de los matrimonios, mostrada por muchos medios de comunicación como un avance hacia una sociedad más moderna, ha provocado un deterioro alarmante de los niveles educativos, y una mayor tasa de criminalidad. Siguiendo a otra obra de aconsejable lectura de Fukuyama ("La gran ruptura", Editorial Atlántida, 1999, págs. 159 y ss), "la disminución de las familias nucleares en Occidente tuvo un efecto altamente negativo sobre el capital social; se ligó estrechamente el incremento de la pobreza para los individuos de la base de la escala social, condujo a niveles crecientes de delincuencia y, por último, provocó una caída en los niveles de confianza…Una de las consecuencias más importantes de la disminución del capital social en la familia ha sido una baja del capital humano en las generaciones siguientes. El Informe Coleman de 1966, elaborado en base a un estudio encargado por el Departamento de Salud, Educación y Bienestar Social de los Estados Unidos, consistió en un estudio masivo que procuró identificar las fuentes del desempeño educativo. La investigación detectó que la familia y los padres tienen un impacto mucho mayor sobre la formación del individuo que los factores controlados por la función pública como ser salarios de los docentes, dimensión de las aulas, gastos en computadoras, entre otros. A partir de esa fecha, los resultados del Informe Coleman se han visto confirmados por mucha cantidad de investigaciones posteriores. Gran parte de la desastrosa caída en los puntajes de las pruebas que se produjo en los Estados Unidos durante el período de la Gran Ruptura, tiene relación directa con la ruptura, el desmembramiento y el empobrecimiento familiar, además de otras disfunciones que impiden la transmisión de conocimientos y habilidades. Por el contrario, el alto desempeño de muchos niños asiático-estadounidenses refleja una estructura familiar relativamente intacta y con tradiciones culturales bien afirmadas en esa comunidad".
"Los efectos del divorcio, de los hijos extramatrimoniales y de las familias uniparentales sobre el bienestar de los niños que se desarrollan en este tipo de hogares –y sobre el capital humano y social transmitido de generación en gneeración- han sido investigados y discutidos exhaustivamente desde la publicación del informe Moynihan, realizado en 1965…Creo que cualquier lectura objetiva de este material conduce a la conclusión de que –manteniendo iguales todas las demás variables- es mucho mejor criarse dentro de una familia tradicional conformada por padre y madre que en una familia uniparental o sin padres biológicos…".
Friederik von Hayek, pese a su declarado agnosticismo, tenía una clara conciencia de la importancia de las normas morales. En La Fatal Arrogancia dijo: “Para captar adecuadamente el íntimo contenido del orden que caracteriza a la sociedad civilizada, conviene advertir que este orden, lejos de ser fruto de designio o intención, deriva de la incidencia de ciertos procesos de carácter espontáneo. Vivimos en una sociedad civilizada porque hemos llegado a asumir, de forma no deliberada, determinados hábitos heredados de carácter fundamentalmente moral, muchos de los cuales han resultado siempre poco gratos al ser humano - y sobre cuya validez e intrínseca eficacia nada sabía-. Su práctica, sin embargo, fue generalizándose a través de procesos evolutivos basados en la selección, y fue facilitando tanto el correspondiente aumento demográfico como un mayor bienestar material de aquellos grupos que antes se avinieron a aceptar ese tipo de comportamiento. La no deliberada, reluctante y hasta dolorosa sumisión del ser humano a tales normas facilitó a dichos entornos sociales la necesaria cohesión gracias a la cual accedieron sus miembros a un superior nivel de bienestar y conocimientos de diversa especie, lo que les permitió multiplicarse, poblar y henchir la tierra; (Génesis, I, 28). Quizá sea este proceso la faceta más ignorada de la evolución humana”
El anarco-liberalismo, reclutado frecuentemente entre personas sin responsabilidades ni preocupaciones familiares, es sustancialmente distinto al liberalismo de Adam Smith –un clérigo escocés- o al liberal-conservadorismo de Edmond Burke –a quien cierta historiografía presenta como un reaccionario, pese a que era un whig, no un tory. Sus críticas a la revolución francesa y al racionalismo –entendido como constructivismo social- así como su defensa de las tradiciones, lo mostraban conciliando las ideas liberales en lo económico, con el tradicionalismo. La mentalidad antirreligiosa de los filósofos franceses no existió en Gran Bretaña (Lord Acton era católico y liberal) ni en Estados Unidos (basta leer el clásico de Tocqueville, “La Democracia en América”), y eso permitió a dichos países conjugar la tradición con la modernidad, y adelantar al resto del mundo a lo largo de los siglos 19 (Gran Bretaña) y 20 (Estados Unidos).
Quienes defendemos a la vez la libertad económica, con las necesarias restricciones a la libertad, impuestas por las propias convicciones, por el deber o por las normas jurídicas, nos encontramos frecuentemente frente a la tacha de inconsecuencia. Si eres liberal –se nos dice- debes serlo en todos los órdenes; la libertad no admite fraccionamientos, o se privilegia la libertad por sobre cualquier otra consideración, o en el fondo tu liberalismo es una fachada de tu conservatismo, y de allí al fascismo no hay más que un paso.
Miles de veces me he encontrado frente a esa argumentación, y siempre me ha parecido equivocada, cuando se la esgrime con buena fe, o ruin, cuando es enarbolada por sofistas conscientes:
* En primer lugar, al socialismo no se le exige ninguna pretendida "coherencia". Yo tampoco: creo que un socialista puede ser cristiano o ateo; alto o bajo, creyente en la libertad –aunque no repare que es imposible bajo el régimen que propugna- o piensa que la libertad en el capitalismo es la libertad para morirse de hambre, y que el hombre nuevo socialista sólo accederá a la "verdadera" libertad una vez liquidado al régimen capitalista. Los socialistas no dejan de ser tales porque existan diferencias, a veces inconciliables –Trotsky pagó con la vida sus diferencias con Stalin- entre ellos.
* En segundo lugar, el liberalismo, esencialmente antidogmático, no puede aceptar como dogma que cualquier restricción a la libertad, por importante que sea el bien que se le contrapone, sea desestimable sin análisis. Curiosamente, los economistas liberales, cuando desarrollan la teoría de la utilidad marginal, suponen que no existen elecciones entre bienes a todo o nada, sino en dosis infinitesimales que se representan gráficamente como curvas continuas. Un médico puede prescribir a su paciente que haga gimnasia, pero eso no significa que cualquier tipo de gimnasia, de cualquier intensidad, con prescindencia de la edad y salud del paciente, sea buena.
* El mercado libre se asienta en la propiedad privada y en la intangibilidad –como principio- de los contratos. Pero no hay propiedad ni contratos, si una proporción mayoritaria de la población no está dispuesta a respetarlos, y sin un ordenamiento jurídico que –para los casos de excepción que se viola aquélla o se incumpla éstos- compulsivamente les dé ejecución, prestando el auxilio del poder público, aún con la fuerza (para desalojar a los intrusos o inquilinos incumplidores, embargar, secuestrar y subastar los bienes del que no paga, o compeler el cumplimiento de las obligaciones de hacer, aunque sea a través de su ejecución por terceros a costa del obligado).
* En cuanto a las restricciones impuestas por la moral, las buenas costumbres y por el propio sentido del deber, ¿quién dice que es más libre la sociedad que repudia la moral, que ridiculiza las buenas costumbres y relativiza los deberes? En ausencia de ellos, nos encontramos no con el buen salvaje rousseauniano, sino con el salvaje hobbesiano: tosco, brutal, desconsiderado; donde el hombre es el lobo del hombre.
Una cosa es que crea en las libertades civiles y económicas –las que consagra el artículo 14 de la Constitución Nacional- y en las bondades de los sistemas económicos que se fundan principalmente en el libre funcionamiento de los mercados –creencia que no se basa en ningún "a priori" dogmático, sino en la constatación de que las sociedades más libres son las más prósperas- y otra, que pretenda erigir a la libertad en órdenes ajenos a las libertades civiles, políticas y económicas, en un principio absoluto, que se contraponga con los derechos y libertades de los demás.
Entiéndase bien: no estoy propiciando el gobierno del Gran Hermano, que se inmiscuya en nuestras conciencias y creencias. Pero no admito, verbi gratia, que forme parte necesaria de un programa liberal, la legalización de los estupefacientes o del aborto. Quizás, por razones de conveniencia –como las que esgrime Milton Friedman- pueda eventualmente tolerarse la comercialización legal de ciertas sustancias actualmente prohibidas (aparentemente la marihuana no es mucho más peligrosa que el alcohol). Pero no es una cuestión de principios, sino de política legislativa; de conveniencia social. Quizás, por razones humanitarias, no sea bueno convertir a una madre que aborta, en una delincuente. Pero no está en juego la "libertad de disponer del propio cuerpo", sino una vida humana.
Las concepciones "libertarias" que defienden el capitalismo, pero rechazan la moral, los deberes y las convenciones, no advierten que el capitalismo, o la economía de mercado, o como quiera llamársela, no funciona en el vacío legal e institucional. Y cuando hablamos de institucional no sólo nos referimos a lo jurídico, sino a las instituciones que crean o incrementan el capital social: la familia como principal educadora; los deberes morales como sustituto de los legales; la caridad en vez del estado de bienestar que oprime a los contribuyentes, para distribuir migajas entre los beneficiarios; el cumplimiento espontáneo de las normas como regla de convivencia social.

Julio Rougès dijo...

Carlos: gracias por los conceptos.

Tengo la impresión que muchos de los que criticaron, no leyeron el post; otros lo hicieron, pero descartando a priori como reaccionaria toda invocación a la moral, el deber, la autolimitación y el acatamiento voluntario de las normas.

Asimismo, me parece que muchos de los bloggers "anarcoliberales", por llamarlos de alguna forma, son chicos muy jóvenes, con una fuerte dosis de relativismo -porque esa es la deseducación que recibieron- y sin hijos, familia y bienes por quienes preocuparse.

Carlos dijo...

Decía Russel Kirk: "The representative libertarian of this decade is humorless, intolerant, self-righteous, badly-schooled, and dull"

Mariano Iraola dijo...

Excelente post Doctor.
Saludos.

G. Max dijo...

Julio,

Que la forma de responder no sea con falacias ad hominem.
La presunciones que puedas hacer acerca de los anarcoliberales no invalidan sus argumentaciones.

Julio Rougès dijo...

Max: si incurrí en algún argumento ad hominem, pido disculpas. No soy afecto a ese tipo de argumentación.

Dado que las críticas tienen distintos matices, procuraré responderlas en otro post, por separado.

Como anticipo: el núcleo de mi "point of view" no es la imposición estatal -en ocasiones necesaria, pero aclarando que normalmente es odiosa y poco efectiva- sino la necesidad o conveniencia de -como dice el título "La moral, las conductas ejemplares y el capital social".

No creo que a ningún liberal, por anarco que sea, pueda cuestionar que libre, voluntaria y espontáneamente, la gente asuma ciertas pautas morales, se sienta obligado al cumplimiento de determinados deberes, y efectivamente los cumpla sin coacción gubernamental.

Las sociedades que en uso de su libertad destruyen los códigos sociales de convivencia, minan las bases de la economía liberal -que se basa en los intercambios voluntarios, y éstos en la presunción de que el contratante actuará de buena fe y cumplirá lo convenido. Igualmente, si es depredatorio el uso del espacio público -calles, plazas, parques, puentes, monumentos, edificios públicos- no sólo las ciudades se vuelven más feas, sino más peligrosas (leer la "teoría del cristal roto").
Cuando la infracción a las normas de convivencia es generalizada, poco pueden hacer las normas jurídicas; en ciertos casos, porque se trata de conductas antisociales no tipificadas penalmente; en otros -como pintarrajear propiedades ajenas- si bien es delito (daño intencional), ha quedado en la "desuetudo": ningún juez condenará a nadie por manchar una pared, o el subte.

Por eso, reitero y espero ser comprendido, no estoy propiciando el autoritarismo político ni la intolerancia.

Bueno: ya pasaron las explicaciones. Desarrollaré mis puntos de vista en otro post.

G. Max dijo...

Julio,
En mi opinión, para ser liberal, es necesario tener principios morales fuertes y muy bien definidos que llevan a asumir ciertas conductas y deberes como naturales.

Claramente entiendo y comparto sus deseos y valores, y desde un punto de vista mas pragmático su conveniencia para una vida social más rica. Apuesto a ellos todo el tiempo.

A veces, es difícil saber como actuar cuando nos enfrentamos a quienes no estan de acuerdo con nuestra visión del mundo y su inherente respeto al ser humano.

Es en esos momentos en los que, en mi opinión, tenemos que sostenerlos con más fuerza, aunque exista la tentación de suspenderlos temporalmente en pos de un resultado mejor.

No es sencillo, se a lo que se refiere cuando habla de responsabilidades e hijos.

Gracias por prestarnos este espacio. Espero su siguiente post.

saludos cordiales.

Julio Rougès dijo...

Gracias a todos por los comentarios. Iván: espero que mi punto de vista, aunque no lo compartas, sea comprendido y no me identifiques apresuradamente con el estatismo o el autoritarismo. Carlos, Mariano y Max: gracias por sus opiniones, siempre valiosas aunque con distintos matices.
El liberalismo no fue inventado por Rothbard, ni por Ayn Rand -cuyo valor es más que discutible- ni por Von Mises, ni es un catálogo cerrado principios. Siendo fundamentalmente antidogmático, debe albergar distintos matices, incluido un liberalismo conservador; a liberales religiosos, siempre que compartan, a grandes rasgos, el respeto por las libertades fundamentales, la división de poderes y la economía de mercado.
Me remito a lo que dije en el post comentado, y espero que, quienes no lo hayan leído íntegramente, lo hagan ahora, y sin prejuicios. Si algo queda, me consideraré satisfecho.
Finalmente, propongo que lean los anteriores artículos.
Saludos cordiales a todos