sábado, 26 de septiembre de 2026

Liberalismo y justicia social

Cuando en los comienzos de mi vida universitaria irrumpió en mi universo intelectual la teoría económica liberal, quedé fascinado con sus argumentaciones, y a la vez comencé a rechazar el socialismo, en particular en su versión marxista, con un énfasis creciente por cuanto lo consideraba -lo sigo considerando- no solamente equivocado en sus concepciones económicas, sino que gradualmente o por las armas -Marx decía que la violencia es la partera de la historia- llevaba hacia l a opresión, la liquidación de vastos sectores de la población, el lavado de cerebros, en suma, hacia el totalitarismo, l Especialmente relevante para mis convicciones fue la obra de Friederik von Hayek, “Camino hacia la Servidumbre”. Hasta hoy, recomiendo la lectura de dicho autor. Pero entre los muchos aciertos en lo económico y político de ese pensador, es criticable que haya formulado una afirmación tajante e choca contra los principios que siempre deben constituir la base de toda propuesta de gobierno y de organización política de la sociedad: que la expresión “justicia social” no tiene sentido, porque no habría -dijo él y repitieron sus acólitos- una base objetiva para definir qué distribución de la riqueza es justa; y que en el intento por lograrla, se resquebrajan –piensa- los cimientos de una sociedad libre. He llegado a la conclusión que el argumento de la “imprecisión”- contra todo esfuerzo de los poderes del Estado a través de sus órganos por alcanzar la justicia social es conceptualmente falaz y éticamente monstruoso. Es conceptualmente falaz, porque no toda idea cuyos contornos precisos sean indefinidos es inútil o desacertada; de así considerarse, no sólo la justicia social sería un ideal descalificable, sino que hablar de justicia a secas resultaría intolerablemente indefinido para la germánica mente de Hayek, como lo era para otro célebre vienés -Hans Kelsen- el concepto de justicia (para quien dependía de las distintas ideologías). Atrapados en el rigor de lo que parecen argumentos lógicos, dejan escapar las vivencias, las intuiciones y hasta las tendencias primarias del ser humano hacia el bien, el amor -Jesús nos dio el mandamiento de que nos amáramos unos a otros (Juan,13:34-35)- lo que nos debe llevar hacia la empatía y la solidaridad con el sufriente. En tren de descalificar ideas esquematizándolas como ideológicas, meramente subjetivas, o sentimentales, toda apelación a lo no mensurable, pero a la vez que no admite dudas, sería rechazada. La justicia individual resultaría igualmente inasible, y los jueces quedarían convertidos en meros autómatas destinados a pronunciar solemne e insensiblemente lo que a su entender dice la dura lex, o la costumbre, o la jurisprudencia. Esa concepción, en vez de recibir la repulsa de muchos juristas, ha sido acogida con entusiasmo, por razones en algunos casos ideológicas, en otros por conservatismo intuitivo, o por la defensa inmeditada y apriorística de los poderosos. Los límites a la desigualdad Dentro de márgenes no muy precisos, pero que no difieren demasiado de país a país, los ingresos y los patrimonios se distribuyen, después de los impuestos, de manera desigual. No toda desigualdad es repudiable, porque difieren las aptitudes innatas o adquiridas, la suerte, la abundancia o escasez de la mano de obra o de las distintas profesiones y actividades, y la productividad de los factores. Pero hay límites que se pueden señalar: * Por lo pronto, si pueden discutirse las ventajas o desventajas de la tributación proporcional o progresiva –los impuestos directos a los ingresos pueden ser moderadamente progresivos, en tanto no asuman niveles confiscatorios, sin que la progresividad sea incompatible con la economía de mercado ni con la libertad- lo que resulta sin duda inaceptable es que los pobres subsidien a los ricos. Muchas veces, los subsidios de la economía a lo “Hood Robin” -se enmascaran con un discurso nacionalista (“nuestra moneda es el peso”, para justificar la licuación de deudas) proteccionista (“protegiendo la industria se protege el trabajo nacional”), progresista (“subsidiando al transporte se beneficia a los usuarios”), encubriendo que la protección o promoción de ciertos sectores sale siempre de recursos provenientes de otros sectores, en particular los más pobres, que son los que no tienen llegada a los ministerios, secretarías, subsecretarías y la telaraña de dependencias burocráticas. Cambió el contexto de mis ideas, y además se ablandó mi corazón El auge de las tendencias no sólo socialistas, sino lisa y llanamente anarquistas que siguió al colapso de la convertibilidad –colapso aprovechado por muchos que se beneficiaron con el inmenso cambio de precios e ingresos relativos, licuación de deudas y salarios y por el derrumbe de los precios inmobiliarios que siguió a la macrodevaluación de 2002- me llevó a crear un blog (“Libertades y socialismo”), en el que hace tiempo no agrega nuevos contenidos, y de cuyas ideas económicas no reniego, pero creo indispensable matizar y complementar con los irrenunciables valores de la justicia y la solidaridad social. Quien dijo “no puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados” no era un socialista, sino el padre del liberalismo económico: Adam Smith. Es una lástima que muchos de sus epígonos desconozcan, omitan u olviden esas y tantas otras concepciones del pensamiento smithiano, y el espíritu humanista que presidía sus reflexiones. No es ocioso recordar que uno de los “founding fathers” de la ciencia económica no era “economista” sino un clérigo, por añadidura amigo de un ateo como David Hume y de un escéptico como Voltaire. En el discurso económico liberal –y en general en la teoría económica- se justifican las diferencias en los niveles salariales y de ingresos, por la diferente productividad marginal de los factores de producción. Estrictamente es cierto, y en el largo plazo sólo se pueden acrecentar los salarios y otras retribuciones mediante el incremento de la productividad del trabajo (me remito a mi artículo electrónico titulado https://juliomvrouges.blogspot.com/2009/01/cmo-aumentar-los-salarios.html); pero transcurrido el tiempo, me deja insatisfecho –y esa insatisfacción comienza por mi propio yo- porque no da respuesta a desgarrantes situaciones que a todos nos deben movilizar: * Primero, la teoría económica, cuando pretende extraer consecuencias desde lo descriptivo a lo ético –o cuando omite formular juicios éticos, asumiendo una posición de neutralidad que no es tal, sino complacencia- da un salto ontológico indebido, al pretender extraer un “debe ser” de lo que es. Limitándonos a explicar sin hacer juicios éticos, podemos describir el proceso mediante el cual un asaltante consigue que la víctima le dé su dinero a cambio de preservar su vida, como una transacción racional en la que ambos salen ganando, pues para el asaltado es mayor la utilidad marginal de preservar su existencia, que la desutilidad marginal de perderla; y para al asaltante es mayor el ingreso marginal esperado de perpetrar el delito, que el costo marginal, incluyendo el riesgo de caer en prisión o la muerte en un enfrentamiento, multiplicado por la probabilidad de que así ocurra. Si nos limitamos a describir, sin realizar un juicio moral, por omisión estamos justificando cualquier teratología. * Segundo, aunque en el mediano o largo plazo el nivel medio de salarios aumente por un incremento de la productividad del trabajo –y a la vez ésta, se acreciente por la acumulación de capital humano (educación y capacitación) y no humano (obras públicas y privadas, bienes de capital para el equipamiento de la industria, el agro y los servicios) y el progreso tecnológico- quedan en pie varios interrogantes, y cuestiones no abordadas: 1) Quién define a la productividad como único criterio para asignar un nivel de vida mínimamente compatible con una existencia digna. Un discapacitado, un jubilado que no ejercita ninguna actividad laboral, un enfermo grave, o un anciano que carece de jubilación, pensión u otro ingreso obtenido de ahorros durante su vida activa, tienen una productividad económica nula. También un niño, desde la concepción hasta que puede obtener su primer empleo, no es “productivo” en términos pecuniarios. Limitándonos a justificar la miseria por la carencia de productividad, las cláusulas de los artículos 14 bis y 75, inciso 23 de la Constitución Nacional –que no son sólo preceptos normativos, sino también y principalmente, imperativos éticos- quedarían convertidos en hojas de papel o electrónicas carentes de obligatoriedad. Cuando el Preámbulo manda afianzar la justicia y promover el bienestar general, imparte directivas a todos los poderes del Estado de que procuren que la realidad no difiera tanto de los propósitos de nuestra carta fundacional, y que la justicia sea la estrella polar que guíe a los navegantes en los procelosos mares del poder político, del Poder Judicial y de los negocios. 2) Un desocupado, mientras permanezca en situación de desempleo, por óptima que sea su capacitación, tampoco genera servicios productivos que se puedan valuar en el mercado económico laboral, y si su edad supera las tres décadas y no ha podido generar en su existencia un flujo de ingresos que le posibilite subsistir, sea como trabajador dependiente, sea como autónomo, está condenado a seguir en situación de productividad cero. ¿Permitiremos que su ingreso sea también nulo, y le reprocharemos su falta de adaptación al mercado laboral? En esa situación se encuentran personas de relevantes condiciones morales e intelectuales, inclusive profesores de economía, fervientes defensores de la economía de mercado, que si no se desempeñaran como docentes o investigadores, comprobarían para su decepción que el mercado valúa su productividad en cero, o en valores muy inferiores a los que constituyen sus salarios docentes; a la vez, advertirían con decepción, que las consultoras constituidas por profesionales que venden el servicio de sus fluidos contactos con el poder político, obtienen jugosos ingresos, con prescindencia de los méritos intelectuales de aquéllos. 3) Aunque en el largo plazo aumente el nivel general de vida por el aumento de la productividad, los acuciantes desvelos por los padecimientos de hoy no pueden sustituirse por un pronóstico optimista de lo que ocurrirá en un remoto mañana, si se adoptan medidas adecuadas. Decididamente, no podemos ser pregoneros de la injusticia y de la falta de solidaridad social. Debemos sufrir por el que sufre, com-padecer al que padece y aunque con acciones individuales no solucionemos todos los problemas sociales, añadamos una gota de agua al mar, que no sería mar si no estuviera compuesto por muchas gotas. El economista Juan Carlos de Pablo, haciendo suya una frase de Alfred Marshall, aconseja mantener una cabeza fría al servicio de un corazón caliente. Me parece muy bien, siempre que no se tenga un cerebro congelado, y se carezca de corazón.