domingo, 4 de enero de 2009

LA BÚSQUEDA DEL SOCIALISMO "BUENO"

LA BÚSQUEDA DEL SOCIALISMO "BUENO"
Un artículo de José Benegas en "No me parece" (josebenegas.com/2009/01/04/casi-caparroz/) , remitiéndose a otro de Martín Caparrós (http://www.criticadigital.com.ar/index.php?secc=nota&nid=16527), me llevó a un comentario en ese blog que quisiera ampliar aquí.
Siempre en la etapa de agonía de los regímenes socialistas –entendiendo por tales los que estatizan o colectivizan la mayor parte de los medios de producción, y la asignación de recursos es efectuada casi exclusivamente por decisiones de organismos estatales- aparecen los "críticos" que descubren que el sistema que se proclama a los cuatro vientos socialista, y en el que se ha ahogado toda iniciativa privada, es en realidad un "supuesto socialismo" (Caparrós) o que lo malo es el "estalinismo" (como si Lenin, Trotsky o el Che Guevara no fuesen iguales o peores).
El camino que siguen los totalitarismos socialistas -comunistas- es siempre igual, porque su concepción es liberticida. Si para instaurar la sociedad perfecta y hacer un "hombre nuevo" es necesario eliminar a los "hombres viejos" y a las "estructuras de opresión", todo sacrificio está justificado por las leyes inexorables de la historia. El problema no está en la corrupción del sistema, sino en su propia concepción; en todo caso, la corrupción o burocratización los hacen menos sangrientos que en la etapa inicial, de fervor revolucionario.
¿Habría sido distinta la suerte de la Unión Soviética si en vez de imponerse Stalin hubiera triunfado Trotsky? ¿Lenin era humanista y Stalin fue una desviación de un ideal puro? No, no y categóricamente no. Quizás habría resultado aún peor; elegir entre un asesino idealista y un asesino burócrata no es la mejor de las opciones, pero en todo caso, creo que las posibilidades de supervivencia y de un grado menor de opresión son mayores con el segundo.
Como hace recordar Juan José Sebreli ("El vacilar de las cosas", Editorial Sudamericana, quinta edición, 1995, páginas 234 y siguientes), el humanista Trotsky justificaba la militarización y estatización de los sindicatos, además de abogar en distintas oportunidades por el terrorismo de estado y la eliminación de los disidentes. Cuando en 1936 denunció "la revolución traicionada", no es porque su ideal fuera una sociedad libertaria, ni un "socialismo de rostro humano". Si fue asesinado en Méjico por un sicario de Stalin, no es porque la víctima fuera mejor que el victimario. Según Solyenitzin, en "Archipiélago Gulag", Trotsky decía: "Nosotros, los hijos de la clase trabajadora, hemos hecho un pacto con la muerte, y por tanto con la victoria". Consecuente con esa idea, el 14 de noviembre de 1918 creó por decreto los Tribunales Militares Revolucionarios. Otra frase que describe con vivos colores el idealismo de Trotsky, que me hace recordar al otro idealista Guevara, es: "La intimidación constituye un poderoso instrumento político, y el que diga no comprenderlo es que se las da de santurrón".
El fracaso de Cuba no es el fracaso de una desviación, sino del socialismo en su forma más dura, pura y ortodoxa. Las "socialdemocracias" o inclusive los partidos socialistas en el poder, cuando respetan en mayor o menor medida el derecho de propiedad, la iniciativa privada y las libertades individuales, son –afortunadamente- las auténticas desviaciones. Lo que tienen de bueno, es que no llevan sus ideas socialistas hasta las últimas consecuencias.
Según Caparrós, Cuba no es socialista. Por supuesto: en la etapa de decadencia y desprestigio del régimen soviético, después de las invasiones a Hungría (1956) y Checoslovaquia (1968), la Unión Soviética no era socialista, sino un "capitalismo de Estado" o un "socialimperialismo". Tampoco eran socialistas Alemania comunista (la llamada entonces "República Democrática Alemana"), ni Polonia, ni Hungría, ni Bulgaria, ni Albania, ni los otros países satélites que integraban el COMECON). La China del Gran Mao (Perón así lo calificó, con su usual oportunismo) era distinta. Por cierto: más sanguinaria, más atroz, más irracional, más anti-burguesa, más antimoderna. El régimen de Pol Pot en Camboya tampoco era socialista, por lo que su genocidio había que cargarlo a la cuenta de cualquiera, menos del socialismo ideal, que como las ideas platónicas, parece hallarse en un cosmos noetos, tan alejado de sus pedestres remedos terrenos (el "socialismo real"), que de antemano se rechaza que sean socialistas. Si Corea del Sur es años luz más próspera que Corea del Norte; si Alemania Federal era mucho más rica que Alemania Oriental; si la distancia económica entre Puerto Rico y Cuba es sideral, en realidad ninguno de los que se dicen socialistas lo son. Para qué hablar del nazismo (nacional socialismo), que por supuesto tampoco era socialista, sino un instrumento del Gran Capital.
A la vista de tantos fracasos; ante la constatación de que muchos quieren salir, pero muy pocos entrar en los paraísos socialistas, ¿no es hora de que los que de buena fe admiran esos modelos, comiencen a analizarlos con espíritu crítico?

viernes, 2 de enero de 2009

¿CÓMO AUMENTAR LOS SALARIOS?

En Argentina, al menos desde el año 1943 y acentuadamente desde 1945, los políticos y la opinión pública suelen dar por sentado que la única forma de mejorar a los asalariados es a través de decisiones voluntaristas del poder público, que decidan aumentos de los salarios nominales. Aunque se reniegue de ella, implícitamente también se acepta que la inflación es un precio irremediable a pagar, y un compañero ineluctable en la senda del progreso social. Podría decirse que forma parte del manual del perfecto populista argentino.


Esos lugares comunes han sido incorporados, quizás sin reparar en sus presupuestos implícitos, a la Constitución Nacional. El artículo 14 bis otorga el derecho a un salario "mínimo, vital y móvil"; y "jubilaciones y pensiones móviles". ¿Por qué deben ser móviles y con relación a qué? La respuesta de distintos fallos judiciales, es la movilidad respecto de la inflación.

No está dentro de los esquemas mentales de la mayoría, que la inflación no exista o sea muy baja, y que los salarios aumenten por el crecimiento de la productividad. Parecería que se trata de que los salarios nominales experimenten bruscos aumentos, y ganen una imposible carrera contra los precios, con prescindencia de las condiciones objetivas de la economía. Lamentablemente, no se ha descubierto la receta para que aumentos nominales de salarios se traduzcan en mayores salarios reales, si no hay incrementos de productividad.

Una de las evidencias indiscutibles en materia económica, es que no puede haber aumentos duraderos y sustanciales de los salarios, sin incrementos persistentes de la productividad. Si los salarios reales dependen de la productividad del trabajo –como lo indica el análisis marginal- la única posibilidad de aumentarlos, en el largo plazo, es mediante el incremento de aquélla. Esto es esperanzador, pero la referencia al largo plazo no suscitará el entusiasmo de quienes piensan que los problemas económicos y sociales se solucionan rápidamente con una generosa dosis de buenas intenciones, acompañada de una no menor cuota de ignorancia.

Un incremento de la productividad del trabajo del 3% anual parece un objetivo modesto, pero si se lo hubiera obtenido en los últimos treinta años, sin "milagros" ni devaluaciones salvajes, sin crecimientos espectaculares ni depresiones, sin hiperinflaciones destructoras de los ahorros ni confiscaciones pseudo legales, los salarios reales se habían duplicado (más exactamente, se habrían multiplicado por 2,093). En un siglo, un incremento del 3% anual significa un crecimiento per cápita de los ingresos y salarios reales promedios, de 16,58 veces[1]. Una tasa de crecimiento de la productividad per cápita del 2% anual significa un incremento del 64% en treinta años, y de 6,56 veces en un siglo. Tampoco son resultados despreciables. Cien años parecen una eternidad, comparada con nuestras expectativas vitales, pero son una fracción de segundo en perspectiva histórica.


Una distribución más pareja del ingreso tiene sus límites. Por mucho que se haga en ese sentido, es imposible que se torne 16 veces más igualitaria (o seis veces más igualitaria). La impaciencia por lograrlo es la vía segura para el estancamiento y la frustración de generaciones enteras.

Lo anterior no significa propiciar la resignación frente a la pobreza –en la mayor parte de los casos, producto del populismo- sino tener claro que no se la combate con grandilocuentes proclamas, hijas de la ignorancia económica –aunque sus heraldos puedan ser, en otros aspectos, personas de pulida cultura filosófica o literaria- sino alentando el continuo incremento de la productividad del trabajo.


¿De qué depende ese incremento?

De la acumulación de capital, humano y no humano.


Del progreso tecnológico.


De la subsistencia o mejoramiento del capital social.


Y eso sólo puede obtenerse en forma continuada, dentro de un marco de libertad económica, seguridad jurídica y protección del derecho de propiedad.


La acumulación de capital no humano y el progreso tecnológico


El incremento de la dotación de bienes de capital (verbi gratia, maquinarias de producción, equipos de transporte, carreteras, puentes, centrales eléctricas, infraestructura vial, equipos de telecomunicaciones, computadoras) per cápita (es decir, el crecimiento de aquélla en una proporción superior al incremento de la oferta de trabajo derivada del crecimiento vegetativo de la población), hace que el trabajo sea relativamente más escaso, lo que genera tendencias hacia la elevación de su precio relativo.


Si no hubiera progreso tecnológico, sino simple adición de cantidades crecientes de bienes de capital, mayores que el incremento de la oferta de trabajo, la ley de la productividad marginal finalmente decreciente haría que el capital obtenga rendimientos menores, mientras los salarios aumentan su participación en la renta nacional[2].


El progreso tecnológico aumenta la productividad marginal del trabajo –y por ende su retribución- pero a diferencia de la simple acumulación de capital cualitativamente idéntico, no lo hace a costa de la participación del capital en el ingreso, sino aumentando la productividad marginal del capital en forma paralela. Al decir de Samuelson[4], "…el aumento de los salarios reales en los últimos 100 años ha sido tal, que hace dudar que la presión política y sindical sirva de mucho para explicarlo. Así, por ejemplo, durante la década de 1920-1930 Estados Unidos conoció poca intervención económica procedente del gobierno; los sindicatos eran débiles y los monopolios no perdían terreno, y sin embargo los salarios reales ascendieron fuertemente. Análogamente, Japón y Alemania han mostrado un gran aumento de los salarios reales al tiempo que subía la productividad del trabajo, y ello en momentos en que sus respectivos gobiernos más parecían favorecer a los patronos que a las masas trabajadoras. Con el avance de la técnica y la creciente acumulación de bienes de capital, sería verdaderamente extraño que los salarios reales no fueran subiendo una década tras otra a consecuencia de la misma competencia entre los empresarios por atraer hacia sí la mano de obra. Quien no lo comprenda así es que no entiende los elementos fundamentales de nuestra historia económica, pero de la historia verdadera…".


Analizando un gráfico que muestra las tendencias de largo plazo, Samuelson evidencia que "…como el aumento de la producción y del capital ha sido superior al del trabajo, el salario real y la producción por hora trabajada se han elevado juntos, dejando aproximadamente en la misma proporción las fracciones repartidas al trabajo y al capital. El tipo de interés (o de beneficio) no da señales de rendimientos decrecientes, ni la relación capital-producto muestra ascenso duradero".


"…La cercanía entre las curvas de producción y de stock de capital nos dice que la relación capital-producto no se ha elevado como en el modelo sencillo de intensificación del capital[5]; por el contrario…la relación capital-producto se ha mantenido muy cercan a los 3 años…".


"…Fijémonos ahora en las curvas del salario y del beneficio. El salario real se ha venido elevando paulatinamente, tal como era de esperar visto el aumento de los bienes de capital que cooperan con la mano de obra y vistas las favorables tendencias técnicas imperantes…Los tipos de interés y de beneficio oscilan mucho con el ciclo económico y con la guerra, pero no muestran una tendencia fuerte durante todo el período…los cambios técnicos han compensado exactamente el descenso de los rendimientos" (pág. 850).


Resumiendo las seis tendencias básicas del crecimiento económico, expresa Samuelson (en negrilla en el original):


"Tendencia 1. La población ha aumentado, pero en proporción mucho más modesta que el "stock" de capital, lo que equivale a un "intensificación del capital".


"Tendencia 2. Los salarios reales han experimentado una fuerte tendencia alcista".


"Tendencia 3. De acuerdo con lo que a veces se llama la ley de Bowley, las fracciones relativas del PNN repartidas al trabajo y a la propiedad han mostrado considerable estabilidad a largo plazo (aunque quizás con ligeras señales de aumento a favor del trabajo)".[6]


"Tendencia 4. En lugar de presenciar el descenso del tipo de interés o de beneficio, lo que observamos es su oscilación en el ciclo económico, pero sin registrar una decidida tendencia alcista ni bajista en lo que va del siglo".


"Tendencia 5. En lugar de presenciar el constante aumento de la relación capital-producto según la intensificación del capital atrae la ley de rendimientos decrecientes, encontramos que esa relación se ha mantenido más o menos constante en el siglo actual".[7]


"…las tendencias 4 y 5 nos avisan que la teoría neoclásica no puede cumplirse en forma estática. El tipo de beneficio constante y la inmutabilidad de la relación capital-producto son incompatibles con la ley, más fundamental, de los rendimientos decrecientes. Nos vemos obligados, pues, a introducir las innovaciones técnicas en nuestro análisis neoclásico estático, si es que queremos explicar estos hechos dinámicos…La tendencia hacia los rendimientos decrecientes queda exactamente compensada por el desplazamiento técnico".


Ese esquemaconfirmado por la experiencia de los países capitalistas avanzados, incluidos algunos del sudeste asiático que hasta hace pocas décadas eran subdesarrollados (primero Japón, luego Hong Kong, Taiwán, Corea del Sur y Singapur) que conduce a conclusiones optimistas en el largo plazo, si existe creación neta de capital, también explica los círculos viciosos en que puede caer un país, normalmente por los desatinos de sus gobernantes:


* Si el incremento de la oferta de trabajo derivado del simple crecimiento demográfico –entre 1,5% y 2% anual- supera a la creación neta de capital –o en otros términos, si se reduce el stock de capital por persona- el trabajo se convertirá en un factor relativamente más abundante, el capital se tornará relativamente más escaso, y los rendimientos decrecientes del trabajo tenderán a reducir su retribución y a aumentar la participación relativa del capital en el ingreso nacional.


* El progreso tecnológico, que en el modelo descripto por Samuelson para los países desarrollados ha actuado compensando la intensificación del capital y manteniendo su participación en el ingreso y producto –que de otra forma se habría reducido como consecuencia de su abundancia relativa frente al trabajo- cuando concurre con la escasez de capital y la abundancia de mano de obra, tenderá a reducir la participación del trabajo en la renta nacional, aunque probablemente no los salarios reales.

* Si el incremento de productividad derivado del progreso tecnológico no alcanza a compensar el decrecimiento de la dotación de capital per cápita, el país se hará cada vez más pobre, reduciéndose su ingreso per cápita. Los países que consumen su capital y no incorporan nuevas tecnologías –que no necesariamente deben estar generadas por investigadores locales ni producidas en el país- están condenados a la pobreza, aunque ésta se distribuya uniformemente.

En una economía en la que existe ahorro, inversión, crecimiento y progreso tecnológico –propio, o importado de países que lo generan- pueden aumentar los salarios reales y a la vez los beneficios. La ampliación de los mercados de consumo, derivados del mayor nivel de vida de la población, generan crecientes oportunidades de negocios, que a la vez incrementan los beneficios. Las economías más avanzadas han experimentado esos círculos virtuosos, que reducen la conflictividad social y provocan, como efecto colateral benéfico, un aumento del capital social. En las economías y países signados por el conflicto social, se gasta una cantidad enorme de recursos en evitarlo o reprimirlo, y si no se lo hace, en sustraerse a sus consecuencias.
La educación y la salud (el capital humano)
En las economías modernas el trabajo calificado –es decir, el que no tiene agregados estudios formales o capacitación formal o informal- es el que soporta más bajas retribuciones. A la inversa, el trabajador educado obtiene mayores niveles de ingreso, porque su productividad es superior, puede utilizar las nuevas tecnologías y mantenerse actualizado en su aprovechamiento.
Sin embargo, lo mejor que puede hacer el Estado no es el lugar común de –como se suele repetir acríticamente- dar al gobierno una fuerte injerencia en la materia. Llevamos décadas de predicar la importancia de la educación, y de asimilarla con el gasto público en esa materia, y cada década se obtienen resultados más pobres en materia educativa. Una de las explicaciones, es que las políticas para el sector han privilegiado lo ideológico, o se han traducido en políticas y normas las concepciones de ciertos funcionarios respecto de la "equidad", lo que significa no castigar al alumno agresivo, violento, indisciplinado o reacio a adecuarse a pautas de comportamiento civilizadas- ni premiar al que estudia y se ajusta a aquéllas.
En los hechos, muchos aspectos de nuestra educación –no sólo la pública, sino la privada- están estatizados: los planes de estudio son trazados por los ministerios de educación; los "contenidos mínimos obligatorios" conforman una abrumadora mayoría de las horas de clase que se dictan; la ideología de los funcionarios y burócratas de la educación –casi sin excepciones, hostil al capitalismo- prima sobre los derechos e intereses de los padres. Las instituciones privadas de enseñanza tienen muy limitada su libertad de brindar contenidos nuevos, distintos, o que contravengan la "religión oficial".
Ya es lejana en el tiempo la polémica acerca de la educación católica en las escuelas públicas. Se ha considerado, con toda razón, que no se puede imponer una determinada creencia a los que tienen otras, o carecen de ellas. Pero nunca se piensa que imponer como contenido obligatorio las ideas o ideologías de los funcionarios del Ministerio de Educación es también una forma de "enseñanza religiosa". Una religión agnóstica o atea y muchas veces antirreligiosa, pero con sus dogmas, sus excomulgados, sus satanes y sus "vade retro", que se impone a los niños y adolescentes sin importar las creencias o ideas de los padres. Refiriéndose al horrible experimento de ingeniería social que fue la Unión Soviética, decía Albert Camus, que no era precisamente un panegirista del capitalismo[8], "…esta fe activa en los representantes de la verdad es la única que puede salvar al súbdito de los misteriosos estragos de la historia…la utilidad directa de esta noción consiste en impedir la indiferencia en materia de fe. Es la evangelización forzosa…la culpabilidad no está ya en el hecho, sino en la simple ausencia de fe…".
Los Grandes Inquisidores del siglo XX han sido benévolamente olvidados pues hoy no es políticamente correcto hablar del comunismo. ¿Qué decía de ellos Camus?:
"Los Grandes Inquisidores rechazan orgullosamente el pan del cielo y la libertad y ofrecen el pan de la tierra sin la libertad…" (pág. 61
Por supuesto, los tiempos históricos no permiten –al menos por ahora- el lavado colectivo de cerebros. Pero en la mentalidad de muchos ideólogos de la educación, tanto los credos religiosos como la indiferencia burguesa o el rechazo de los padres a las ideologías de los educadores, son obstáculos a su pretensión de moldear a los jóvenes conforme con sus cosmovisiones filosóficas, ideológicas y políticas.
La pretensión de uniformar ideológicamente a los niños y adolescentes; el aliento a la agresividad, el conflicto y la indisciplina, lejos de fomentar la igualdad, provocan el efecto contrario: los padres que puedan financiar estudios superiores de sus hijos en otros países, o más tarde en universidades caras, lo harán, y si pueden, huirán como de la peste de la politización de las universidades públicas y ahora de la escuela estatal, en el nivel secundario (ya la toma del Colegio Nacional Carlos Pellegrini se ha convertido en un hecho reiterado y que no llama la atención). Los más pobres y la baja clase media se ven sacrificados por la ideología de los funcionarios de los ministerios de educación, y condenados a la carencia de estudios suficientes para insertarse en el mercado laboral; carencia que es el camino seguro hacia la desocupación o a los trabajos con bajos salarios.
¡Y todo ese cuadro de desastres, rindiendo homenaje meramente verbal –típico de Argentina- a principios igualitarios!


[1] La fórmula del crecimiento es (1 + r) elevado a la potencia n, siendo r la tasa de crecimiento anual, y n el número de períodos. Como el crecimiento es exponencial –pues todo incremento se produce respecto del incremento anterior- los resultados que arroja un crecimiento a tasas nominalmente modestas son espectaculares (en el procesador de textos de blogger no he podido colocar un superíndice, para indicar el exponente n).
Esos resultados en el largo plazo nos deben alentar y alertar: alentar, porque basta con crecer a tasas normales, para mejorar las condiciones de vida de la mayoría; y porque cuando se parte de niveles más bajos, es probable obtener tasas de crecimiento superiores. Pero nos deben alertar sobre los frecuentes fraudes estadísticos, de naciones cuyos gobernantes se las arreglan siempre para que figuren en las estadísticas de la contabilidad nacional, crecimientos "a tasas asiáticas", inconsistentes con los pobres o nulos resultados que se advierten en el largo plazo.
[2] Paul Samuelson, "Curso de Economía Moderna", decimosexta edición, cuarta reimpresión, edición española de Aguilar S.A., 1971, págs. 598, 603 y 845; Campbell Mc Conell, "Curso Básico de Economía", Ed. Aguilar, Biblioteca de Ciencias Sociales, 2ª edición española, 1975, pág. 702
[3] Paul Samuelson, obra citada, pág. 845
[4] Obra citada, pág. 847.
[5] Es decir, un modelo con acumulación de capital sin cambios cualitativos en su composición tecnológica.
[6] Pese a que Estados Unidos es presentado por la literatura y propaganda hostil a ese país como un infierno de inequidad, la participación del trabajo en la renta nacional ha aumentado "gradualmente desde 1929 hasta 1970. Desde entonces se ha mantenido bastante estable en torno a un 75 por ciento de la renta nacional. El resto de la renta se reparte entre alquileres, intereses, beneficios de las sociedades y renta de los propietarios" (Samuelson-Nordhaus, decimosexta edición, McGraw-Hill/Interamericana de España, capítulo 12, pág.216, figura 12.1 y su comentario).
[7] En otras palabras, el progreso técnico compensó exactamente el efecto erosivo que la ley de rendimientos decrecientes habría tenido, de lo contrario, sobre el rendimiento del capital.
[8] "El hombre rebelde", Editorial Losada, Buenos Aires, Biblioteca Clásica y Contemporánea, 14ª edición, pág. 226-227

miércoles, 3 de diciembre de 2008

LA FALACIA DE LA "TECNOLOGÍA PROPIA"

Uno de los mitos más difundidos y más erróneos es la supuesta importancia del desarrollo de una "tecnología propia", sugerencia que va de la mano con su fomento por el Estado, a través de la inversión pública en investigación, y las restricciones o prohibiciones a la importación de tecnología. Pero la idea parte de concepciones falsas y conduce a conclusiones equivocadas:
* En primer lugar, supone que existe una relación mecánica o al menos predecible entre lo que gaste el Estado en investigación, y los resultados que arroje ese gasto. El gobierno –en particular en Argentina- no ha mostrado ser eficiente a la hora de gastar.
* Por lo demás, la inventiva no es algo que se desarrolla porque el Estado lo quiera. Los sucesivos gobiernos soviéticos hicieron lo imposible por fomentar el desarrollo de tecnologías "propias" y, cuando se abrió al mundo, se supo que su computación estaba atrasada, su industria automovilística era obsoleta, y que no había desarrollado, salvo en la industria bélica, ningún invento competitivo.
* Una tercera objeción es que no está claro qué ventaja diferencial obtendrá el país con las hipotéticas invenciones futuras, respecto de los beneficios que obtendrían las empresas, adquiriendo la tecnología ya existente. Supongamos que, después de 10 años, se desarrolla en Argentina una hipercomputadora, o un vehículo propulsado por alguna ignota fuente de energía que no se esté experimentando en el resto del mundo. Supongamos –y eso es mucho suponer- que ese prodigio es una consecuencia del fomento por el Estado de la investigación y desarrollo de tecnologías propias, y no del azar o de la inventiva de talentos locales. Una vez descubierto, y si es exitoso y rentable, toda empresa de cualquier parte del mundo podrá adquirir esa tecnología, pagando el precio de ella. La evaluación del proyecto debe comparar el valor actual de esas inversiones, con recursos extraídos de los particulares que se ven imposibilitados de elegir libremente la tecnología que les plazca, con el valor presente de los eventuales resultados futuros.
* Las propuestas parten del supuesto implícito de que, una vez hipotéticamente descubiertas nuevas tecnologías, "permanecerán en el país", es decir que el Estado impedirá su transferencia al exterior. Dejando de lado la inconstitucionalidad de la medida, es imposible: una vez que la tecnología se aplique a la producción de bienes y servicios, nada impedirá que en el exterior se haga uso de ella.
* Adquirir tecnología que a otros les ha costado años desarrollar, lejos de ser muestra de una mentalidad dependiente, es lo que hacen los empresarios, agricultores y consumidores racionales. En la economía privada, las personas son más sensatas que en sus opiniones políticas: la gente no se dedica a estudiar odontología para curar sus propias muelas, y ahorrar así el costo del dentista; no procura mejorar por su cuenta –ni siquiera las grandes empresas- los sistemas operativos de sus redes de computación; adquiere bienes de capital y de consumo, y servicios prestados por terceros. Si estos terceros los brindan a un costo menor que las hipotéticas maravillas que obtendrían desarrollando tecnologías o bienes propios, las empresas y los individuos harán lo que hace toda persona medianamente razonable, y que aprecie los beneficios de la división del trabajo aunque no tenga estudios formales: adquirirá esa tecnología pagando su costo. Como dicen Samuelson-Nordhauss ("Economía", decimosexta edición, 1999, Mc Graw Hill/Interamericana de España, pág. 536, "los países pobres no tienen por qué crear Newtons modernos para descubrir la ley de la gravedad; pueden estudiarla en cualquier libro de física. No tienen que repetir los lentos y tortuosos inventos de la Revolución Industrial; pueden comprar tractores, computadoras y telares automáticos que ni soñar pudieron hacer los grandes comerciantes del pasado…El desarrollo histórico de Japón y Estados Unidos lo muestra claramente. Japón se sumó tarde a la carrera industrial…adoptando tecnologías extranjeras productivas, pasó a ser la segunda economía industrial mayor del mundo, posición que ocupa actualmente. El caso de Estados Unidos constituye un esperanzador ejemplo para el resto del mundo. Los inventos clave de la industria del automóvil tuvieron su origen casi exclusivamente fuera de Estados Unidos. No obstante, Ford y General Motors aplicaron inventos extranjeros y se convirtieron en los líderes de la industria automovilística".
Más importante que una tecnología propia, es un empresariado dinámico, e incentivos para el ahorro y la inversión. Argentina ha tenido destacados premios Nobel, así como científicos e investigadores de primer nivel, pero eso no ha mejorado sustancialmente nuestro bienestar. Subyace en las teorías simplistas sobre la investigación y el desarrollo, la idea de que el gasto en esos rubros genera economías externas, que por hipótesis no serían apropiadas totalmente por los inventores y las empresas que creen o para las cuales trabajen (en otras palabras, que la comunidad obtendría una suerte de "plusvalía" aprovechando el trabajo de sus científicos, investigadores y empresas nacionales que desarrollen nuevos productos, procesos y tecnologías). La ciencia económica más elemental nos dice, por el contrario, que cobrarán por sus servicios el valor del producto marginal que agreguen, y si se respeta el derecho de propiedad del inventor –como lo manda el art. 17 de la Constitución Nacional- el país no se apropiará, a título gratuito, del fruto de la inventiva particular.
El hecho de que por hipótesis el Estado financie la investigación no debe confundirnos: los inventos o las mejoras son fruto del trabajo, la imaginación, la inspiración o la suerte de particulares, quienes si obtienen mejores productos o servicios, o incrementan la productividad de los bienes de capital o de la agricultura, beneficiarán en forma indirecta a la comunidad –a través de la reducción de precios o de las mejoras en la cantidad o calidad- pero no sólo a la nuestra, sino a todo el mundo. El efecto directo e inmediato, será una mejora de la retribución de los inventores, investigadores y empresarios, acorde con su incrementada productividad.

viernes, 28 de noviembre de 2008

LA TEORÍA DE LA PLUSVALÍA

Desde el marxismo, la teoría de la plusvalía, pese a haber sido refutada en sus aspectos teóricos y en sus cimientos conceptuales, así como desmentidas sus consecuencias en la práctica, goza de una aceptación generalizada, aun por los no marxistas.Marx no se preocupó jamás por la forma en que habría de funcionar una comunidad socialista –en su etapa inicial de dictadura del proletariado, ni en la sociedad comunista ideal- y tampoco los primeros pensadores socialistas. Cuando las leyes inexorables de la historia ya habían señalado el camino y el futuro, ¿a quién podían preocuparle cuestiones tan pedestres como el funcionamiento de la sociedad ideal?
La teoría del valor trabajo –inicialmente, esbozada pero no como causa única del valor por economistas clásicos como Adam Smith y David Ricardo- es el soporte de la teoría marxista de la plusvalía, y a partir de allí, de las tendencias presentadas como ineluctables por Marx, de una pauperización creciente en los países capitalistas, las crisis cíclicas por subconsumo, y el imperialismo como etapa superior del capitalismo (Lenin). Las críticas de los economistas neoclásicos como Eugene Bohm Bawerk[1] –en que se criticaba la teoría del valor trabajo, y se mostraban con rigor lógico los esquemas iniciales de la teoría subjetiva del valor- en vez de ser analizadas con espíritu abierto y por su mérito intrínseco, concordando con ellas o refutándolas, fueron descalificadas por el marxismo como esquemas justificadores de la burguesía. Por primera vez desde Aristóteles, el argumento "ad hominem", que el estagirita había señalado como un sofisma lógico, adquirió prestigio intelectual: las ideas eran un subproducto de la "infraestructura económica". La "superestructura ideológica" –el cuerpo de ideas que defendía el sistema capitalista, o pretendía explicar su funcionamiento- carecía de entidad autónoma, y consecuentemente, su descalificación "a priori" pasó de ser, en vez de una muestra de charlatanería y superficialidad, una manifestación de independencia de espíritu. Insensiblemente, gran parte de las premisas marxistas terminaron incorporándose a las creencias de la población, e inclusive de individuos y partidos políticos ajenos y hasta contrarios a esa ideología. El repudio actual a la "sociedad de consumo" tiene lejano parentesco con el odio de Lenin al mercado (al que nunca comprendió ni intentó comprender). Muchos de los que formulan su crítica nada tienen que ver con Lenin ni el leninismo, pero su discurso se caracteriza por no haberse preocupado en estudiar lo que rechazan.
La lamentable ignorancia que se ha enseñoreado del discurso público –"progresista" o no- en los últimos años, hace que la referencia a la teoría marxista tenga un regusto a anacronismo. Me complacería que ese gustillo, proviniera del conocimiento de su refutación, y no del desconocimiento generalizado, tanto de la teoría como de sus contradictores.

El hecho de que la mayor parte de la izquierda ya no lea a Marx –y tampoco lo conozcan el centro y la derecha- no significa que en las clases cultas –y de allí, a la vulgarización periodística- la esencia del esquema marxista no se haya divulgado: los obreros son explotados por las empresas –sobre todo las grandes empresas- y nuestro país, así como la generalidad de los países desarrollados, es víctima de la codicia del imperialismo. Las concepciones del nacionalismo de derecha, dejando a un costado sus disidencias con el marxismo-leninismo en lo extraeconómico, son, respecto del imperialismo y del rol de los países centrales, muy similares, por no decir idénticas, a las de la izquierda.

Algunos prominentes soviéticos, que tuvieron que sufrir en carne propia las horrendas consecuencias del experimento marxista-leninista de ingeniería social, tenían las ideas más claras. Es interesante oír la opinión de alguien que integró el Instituto de Economía Mundial y de Relaciones Internacionales de la Academia de Ciencias de la URSS y Profesor de la Universidad Lumumba de Moscú, Michael Voslensky ("La nomenklatura. Los privilegiados en la URSS", Editorial CREA S.A., 1981, Buenos Aires, impreso en España por Chimenos S.A.). El autor no abandona las categorías marxistas en su análisis, pero justamente esa circunstancia –más el hecho de que fue un hombre de absoluta confianza de los jerarcas- acrecienta el interés de su lectura. Las opiniones sobre el mecanismo del mercado de este autor –por lo demás, marxista convencido, al menos en la época que escribió estos párrafos - llenarían de estupor a muchos de nuestros progresistas:
"…Esta teoría es actualmente sometida, en Occidente, a una crítica severa. El valor de una mercancía ¿depende sólo del tiempo de trabajo socialmente necesario para su fabricación, como afirma la teoría del valor? El mismo abrigo de pieles tendrá un precio distinto en siberia y en África, aunque el tiempo de trabajo socialmente necesario para su fabricación no resulte modificado de manera sustancial por el transporte. El valor no depende solamente del trabajo invertido en la mercancía, sino más bien, en apariencia de la demanda. Las firmas capitalistas, que no tienen pretensiones teóricas, han comprendido esto perfectamente. Por eso organizan las ventas de saldos de invierno y de saldos de verano, tan bien conocidas por el lector occidental (aunque no por el soviético)" (pág. 124).

"…Marx explica que la plusvalía sólo puede nacer de la fuerza del trabajo humano. Entretanto, la revolución científica y técnica ha mostrado claramente que esta afirmación es falsa. Si no fuera así, el propietario de una empresa capitalizaría menos plusvalía en la medida que mayor intervención tuvieran las máquinas, y en caso de una automatización completa del trabajo, no habría ya plusvalía. Si esto fuese así, el sistema capitalista no utilizaría otra cosa que el trabajo humano" (pág. 124).

Voslensky continúa atado al lastre de las concepciones marxistas, pero advierte su insuficiencia. Por mi parte, destacaré algunas de las muchas objeciones que pueden hacerse y que se han hecho a la teoría de la plusvalía:

* Aunque no lo formule en esos términos, la teoría presupone que en forma permanente y esencial, el ingreso marginal del trabajo es superior a su costo marginal. En otras palabras, que siempre e indefectiblemente un trabajador adicional –y cada uno de ellos- añade a la empresa más ingresos que el incremento de costos que representa la contratación de una unidad adicional. Eso es falso, tanto desde el punto de vista teórico, como de una simple observación de la realidad. Teóricamente, la firma obtiene su beneficio máximo, cuando el costo marginal (cambio en el costo total) es igual al ingreso marginal (cambio en el ingreso total), no cuando el costo marginal es menor al ingreso marginal. La razón es que, mientras cada unidad proporcione un incremento de los ingresos superior al incremento de los costos, convendrá contratar nuevos trabajadores, hasta que se llegue a la igualdad.

Las demostraciones matemáticas son frecuentes[2], pero para la comprensión de este razonamiento no resultan indispensables: aunque la productividad marginal de los trabajadores es finalmente decreciente, y el costo marginal es creciente, siempre que la contratación de una unidad adicional genere mayores ingresos que costos, convendrá contratar más mano de obra –y análogo razonamiento puede hacerse respecto de todos los factores de producción- hasta el punto en que se igualen costo marginal e ingreso marginal.

Esta construcción del marginalismo ha sido impugnada por los críticos al capitalismo como artificial –efectivamente, existen muchos casos de indivisión o especificidad de los factores de producción- pero es considerablemente más realista que el esquema marxiano en cuanto a las tendencias fundamentales del sistema económico. La gran aporía del marxismo es que presupone a la vez que la fuerza de trabajo es el único factor de producción que genera un plusvalor –es decir, que genera más ingresos que costos- y sin embargo, en su concepción, esa situación, lejos de ser transitoria, es permanente, y coexiste con un "ejército de reserva" de desempleados; en otras palabras, para la teoría marxista hay una tendencia estructural en el propio sistema a que un factor de producción sea a la vez barato, productivo y con tendencia a ser sub-utilizado.

En la economía de mercado no existe ningún factor de producción que reúna permanentemente y en forma simultánea esos caracteres: lo que es barato porque produce en valor más de lo que cuesta, tiende a no sobrar sino a escasear. No puede ser una explicación de las ganancias empresarias –cuando las hay- un fenómeno coyuntural y que la propia dinámica del sistema tiende a eliminar. Ningún factor de producción, ni ningún bien de bajo costo respecto de su productividad o utilidad, tiende a sobrar en el mercado. Eso lo saben no sólo los teóricos de la economía, sino los que tienen alguna experiencia mercantil: para dar un ejemplo, en el mercado inmobiliario, no se encuentran fácilmente los departamentos o fincas rurales de bajo costo y características excepcionales. Puede ocurrir que existan, pero no es la tendencia fundamental del mercado.

Si el trabajo generase plusvalía como tendencia inherente al sistema, la desocupación y los despidos masivos en épocas de crisis no tendrían explicación: parece inexplicable que los empresarios prescindan de un factor que por hipótesis siempre produce más de lo que cuesta. Inclusive no se explicaría que las empresas contraten un plantel limitado de trabajadores; el hecho de que lo hagan significa que para la empresa, llega un punto que un trabajador adicional cuesta más que los servicios productivos que añade.

* Otra deficiencia del enfoque marxista, es que no analiza ni brinda un marco causal adecuado, a las sustanciales diferencias de retribución de los asalariados. Se consideró como inherente al funcionamiento del capitalismo, que el valor de la fuerza de trabajo fuera estrictamente la suma necesaria para su conservación y reproducción, sin valorar que incluso en el siglo XIX, ya existían asalariados que ganaban importes mayores, y la tendencia fue, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, al aumento de los salarios reales.

Una concepción preocupada por la crítica teórica y la demolición práctica del sistema capitalista, jamás tuvo ningún interés en interiorizarse de su funcionamiento. Esa despreocupación descalifica al marxismo como sistema científico, pero la ignorancia de algunos y la auto-censura de otros ha permitido que persista en el vulgo la respetabilidad de las teorías de Marx.

El análisis marginalista y de la oferta y la demanda, por el contrario, es mejor herramienta para analizar las diferencias salariales, y para predecir las tendencias de largo plazo. Suelen ser superiores, porque parten de bases metodológicas más firmes, las teorías que intentan desentrañar las relaciones causales entre los fenómenos, a las que procuran meramente cuestionar lo que no analizan a fondo.

Eso no significa que se predique la resignación frente a la pobreza, sino que la legítima preocupación –es más, el moralmente plausible desvelo- por los sectores más humildes debe ir acompañada de una disposición mental al análisis lógico y empírico. La medicina estaría en pañales, si se pensara que el estudio de las enfermedades implica conformidad con ellas, pero en las ciencias sociales no faltan los que identifican la racionalidad económica con frialdad o insensibilidad.
[1] Eugene von Bohm-Bawerk, "La teoría de la explotación", Editorial Mirasierra, Unión Editorial S.A., 1976.
[2] Las curvas de ingreso marginal y de costo marginal son las derivadas de las curvas de costo total e ingreso total, y en el punto en que mayor es la distancia entre ambas curvas –es decir, cuando el beneficio es máximo- coinciden sus pendientes o, en otras palabras, el costo marginal es igual al ingreso marginal (Alpha Chiang, Métodos fundamentales de economía matemática", McGraw-Hill, traducción española de la 3ª edición de inglés, pág. 251: "Una de las primeras cosas que un estudiante de económicas aprende es que, en orden a maximizar el beneficio, una empresa debe igualar el coste marginal al ingreso marginal…").

EL SITIO DE AMBERES

En 1584, la ciudad de Amberes estaba sitiada por el ejército del duque de Parma y, ante el sitio y la reducción de la oferta, los precios de los alimentos ascendieron. Las autoridades hicieron lo que probablemente haría todo gobernante con sensibilidad social y "sentido común": fijaron precios máximos para los alimentos, bajo draconianas sanciones. El sentido común puede ser una guía excelente para la adopción de decisiones sencillas, pero no es una herramienta que supla el conocimiento y los principios económicos y jurídicos. El sentido común dice a la gente que la tierra es plana, que los objetos más pesados caen más rápidamente porque son más pesados, y también que si los precios suben, han que controlarlos.

Los precios topes y los riesgos duplicados de sufrir la muerte en manos de las tropas asediantes o de las autoridades de la ciudad asediada; o al menos de sufrir el decomiso de sus mercaderías, disuadieron de eludir el bloqueo a los comerciantes de otras ciudades: ¿para qué arriesgarse a hacerlo, si no podían vender sus productos a precios superiores a los de sus sitios de origen? Los precios máximos, al no reflejar la reducida oferta y alentar la demanda de alimentos, generaron lo que siempre provocan: un marcado desabastecimiento que, cuando de alimentos se trata, se traduce en una hambruna generalizada.

Amberes finalmente no cayó por las armas, sino por el hambre.

sábado, 15 de noviembre de 2008

EL MERCADO, SU DESPRESTIGIO EN EL PAÍS Y SU REVALORIZACIÓN EN LOS PAÍSES QUE SUFRIERON EL SOCIALISMO

Pocas cosas están tan desprestigiadas en Argentina, como la economía de mercado[1]; e inclusive, el propio mercado. Desde el arco que se define como "progresista", parece concebirse al mercado o a "los mercados" como una fuerza maligna que se impone o al menos intenta imponerse a los denodados esfuerzos de los gobernantes por procurar el bienestar del pueblo. Muchos piensan que la creencia en las virtudes de los mercados libres es una suerte de superstición, o un dogma. Son los mismos que creen en el dogma de la infalibilidad del Estado, y atribuyen los sistemáticos fracasos de la acción estatal a falta de probidad o de capacidad de los funcionarios, sin cuestionarse si no están esas frustraciones en la matriz misma del intervencionismo estatalNo debe reprocharse a los sectores populares que no conozcan el funcionamiento, las propiedades y las bondades del sistema de mercado, sino a nuestras clases cultas y políticas, cuya ignorancia es al respecto pavorosa. El repudio al mercado[2] se presenta como un signo de virtud moral y de avance intelectual, en contraposición a los impostores "neoliberales"।
No es de extrañar que con esa endeble base cultural, nuestra sociedad y la generalidad de los países latinoamericanos tropiecen siempre con las mismas piedras, atribuyendo luego del fracaso las culpas al mercado, al "neoliberalismo" –concepto mucho más amplio y difuso que el liberalismo, pues parece sintetizar todo lo maligno- o a conspiraciones externas.
Distinta es la opinión de los gobiernos y del pueblo en la mayoría de los países que tuvieron que soportar el comunismo. En 1990 un grupo de expertos económicos soviéticos presentó a Gorbachov, y a solicitud de éste, un plan ("The 500 Days Plan: Transition to the Market") en el que se destacaba:
"La humanidad no ha conseguido crear nada más eficiente que una economía de mercado...Su ajuste y su regulación automáticos tienen por objeto coordinar de la mejor manera posible las actividades económicas, utilizar racionalmente el trabajo, las materias primas y los recursos económicos y mantener en equilibrio la economía nacional".
El escritor, ex disidente y ex presidente de la República Checa Václav Havel
[3], dijo en 1993:
"Una economía de mercado...es la única economía natural, el único tipo que tiene sentido, el único que puede traer la prosperidad, ya que es el único que refleja la naturaleza de la vida misma. La esencia de la vida es infinita y misteriosamente multiforme y, por lo tanto, no puede ser contenida ni planificada en toda su plenitud y variabilidad por ninguna inteligencia central".Dado que el comunismo soviético fue el campo de pruebas de las teorías de Marx, es interesante oír la opinión de alguien que integró el Instituto de Economía Mundial y de Relaciones Internacionales de la Academia de Ciencias de la URSS y Profesor de la Universidad Lumumba de Moscú[4]. El autor no abandona las categorías marxistas en su análisis, pero justamente esa circunstancia –más el hecho de que fue un hombre de absoluta confianza de los jerarcas- acrecienta el interés de su lectura. Las opiniones sobre el mecanismo del mercado de este autor –por lo demás, marxista convencido, al menos en la época que escribió estos párrafos - llenarían de estupor a muchos de nuestros progresistas:
"Es corriente, a partir de Marx, calificar a los mecanismos de regulación del mercado de "anárquicos" y "sumarios". Hay mucho de verdad en este juicio. Efectivamente, el mercado capitalista es anárquico en el sentido de que no tiene por encima de él ninguna autoridad directriz; es sumario, por cierto, en el sentido de que sus reacciones no constituyen el resultado de un análisis reflexivo del conjunto de la situación del mercado, ni una deducción lógica de este análisis. Sin embargo, esos dos puntos no testimonial la debilidad, sino, por el contrario, la fuerza de los mecanismos de mercado".
"Recordemos la fábula del ciempiés, que no podía andar cuando intentaba mover conscientemente sus patas".
"Tomemos, aún, el ejemplo del organismo humano; dispone de millones de células y cada una de ellas funciona. Imaginemos que usted trata de dar conscientemente una consigna a cada una de las células. Es evidente que ninguna podrá cumplir sus funciones y que usted mismo terminará muy pronto en el asilo".
"…En el terreno económico, el mercado se muestra como el mecanismo regulador de la sociedad. Se revela más elástico, móvil y apto para las reacciones rápidas que una burocracia, aun la más competente de ellas (sin hablar ya de una burocracia elegida únicamente según criterios políticos). Además, cuando las consignas burocráticas son dadas con varios años de adelanto, y constituyen durante un quinquenio una norma rígida, resulta imposible cualquier elasticidad en las reacciones económicas. Se puede, por cierto, aumentar los organismos encargados de la redacción e inflar las cifras: el resultado no tiene la menor posibilidad de reemplazar al mecanismo autorregulador que es el mercado" (pág. 136).

Otro especialista en la Unión Soviética, nacido allí y emigrado a Francia[5] y profesor de la Sorbona, destacaba que
"…desde 1930, la Unión Soviética conoce "dificultades temporales" de aprovisionamiento incluido el pan. En 1981-1982, la URSS compró 46.000.000 de toneladas de trigo al extranjero, y se manifestó resuelta a adquirir regularmente 35.000.000 de toneladas. Se organizó en el país una campaña para incitar a la población a "economizar el pan…Por aquel entonces, un senador norteamericano pronunció un discurso contra la desigualdad en Estados Unidos: un 70 % de las escuelas situadas en los barrios acomodados estaban equipadas con microordenadores, contra un 40 % en los barrios pobres". (pág. 131)
"…Todo el mundo aparenta. Los obreros aparentan trabajar bien, considerando esa ausencia de rendimiento como una compensación de su bajo salario, que, de todos modos, no les sirve para nada, puesto que en unos casos los comercios están vacíos y en otros ofrecen productos raros y de mala calidad" (pág. 133).
Esa carestía de productos de primera necesidad –propia de la destrucción de los mercados libres- fue acompañada por un enorme retraso tecnológico, al que se le dio –como ahora en Cuba- justificaciones ideológicas:
"El vicepresidente de la Academia de Ciencias, Yevgueni Velijov, explicó que el hombre soviético no tendría necesidad de poseer ordenador, puesto que la colectividad pondría un número suficiente de tales ingenios a su disposición". En una carta dirigida a un periódico norteamericano, el corresponsal de la agencia de prensa Nóvosti rechazó la afirmación de un retraso soviético en tal campo, limitándose a comentar: "Entre nosotros no hay demanda de ordenadores individuales puesto que no existe la empresa privada" (pág. 134).
Los teléfonos eran insuficientes, como lo fueron en Argentina bajo el régimen de monopolio estatal:
"El estado de la red telefónica soviética ofrece otra prueba de la inutilidad –desde el punto de vista de los dirigentes- de los ordenadores. En 1982 se contaba en la URSS con un teléfono por cada 10 personas, mientras que en Gran Bretaña, por ejemplo, se disponía de uno por cada dos o tres" (pág. 134).
Para aquellos que piensan que la corrupción es un subproducto del "neoliberalismo", y no advierten que es una consecuencia forzosa de la expansión del Estado, sería conveniente la lectura de estas líneas:
"La economía planificada y el sistema de penuria económica provocan la creación de mercados llamados "coloreados" (mercado negro o "gris" semilegal) que permiten cumplimentar el Plan…La existencia de un plan todopoderoso cuya realización es el primer deber del ciudadano soviético, hace de la corrupción a diversos niveles de la economía del país una necesidad y, por tanto, una virtud. No cumplimentar el plan es un crimen bastante más grave que sobornar a un funcionario o recurrir a los mercados "coloreados"…Al estar la economía planificada por entero, no hay un solo soviético que no se inscriba en el sistema de corrupción inseparable de la actividad profesional. La corrupción actúa como un lubrificante y permite el funcionamiento de un mecanismo que combina, por una parte, control total y permanente, y por otra, falsificación también total y permanente" (pág. 138).
La falta de perspectiva histórica, la carencia de memoria, la indulgencia con el marxismo y la acelerada exculpación de sus crímenes históricos, considerándolos desviaciones de un ideal, y no parte consustancial a él, han provocado un injustificado resurgimiento de su respetabilidad. Pero como los errores, por "buena prensa" que tengan, y por "políticamente correcto" que parezca no criticarlos, no dejan de ser tales, procuraré demostrar las ventajas –desde un punto de vista comparativo; ningún sistema económico y social es perfecto- de su opuesto: la economía de mercado.
[1] El hecho de que en los acuerdos comerciales con China, este país haya insistido en que se lo reconozca como una economía de mercado, no parece haber tenido mayor influencia en el progresismo local.
[2] Como si fuera una imposición de fuerzas ajenas a los propios individuos.
[3] Václav Havel, "Summer Meditations" (1993), citado por Samuelson-Nordhauss, obra citada, capítulo 15, pág. 271.
[4] Michael Voslensky, "La nomenklatura. Los privilegiados en la URSS", Editorial CREA S.A., 1981, Buenos Aires, impreso en España por Chimenos S.A.
[5] Michaell Heller, "El hombre nuevo soviético", Ed. Sudamericana-Planeta, 1985, págs. 130-135.

domingo, 9 de noviembre de 2008

SOCIALISMO A LA ARGENTINA

Luis, de El Opinador compulsivo, bajo el título Socialismo Salvaje, muestra la estatización sin precedentes de nuestra economíahttp://articulos-interesantes.blogspot.com/2008/11/record-absoluto-de-control-estatal-de.html
Por suerte, no es más salvaje por la chantería argentina. ¿Se imaginan lo que sería si todos los funcionarios a cargo del gobierno pensaran lo que dicen, y lo aplicaran?
Alguna vez, un amigo mío me dijo que en Argentina la corrupción es la salvaguarda contra el totalitarismo. Schindler era un corrupto para las leyes nazis.

jueves, 6 de noviembre de 2008

LA ESTUPIDEZ CENTRO VERSUS PERIFERIA

La actual idealización de las décadas de 1960 y 1970, en jóvenes que nacieron a fines de los 70 o comienzos de los 80 condujo a que, en versiones vulgarizadas o nuevas ediciones de lo escrito en aquellas épocas, hayan resurgido doctrinas deficientes en lo conceptual y demostradamente falsas en sus fundamentos empíricos, que explican el desarrollo de los países del "centro" como el reverso de la medalla del subdesarrollo de la "periferia", por la explotación de ésta por aquéllos।Los países ricos lo serían, porque otros son pobres । Un esquema en el que los países subdesarrollados estarían condenados a exportar materias primas, e importar productos manufacturados; a recibir capitales expoliadores, que perpetuarían el atraso y la dependencia [1].
La repetición de esas ideas –que siempre fueron desatinadas, aunque hayan tenido muchos adherentes- es, cuatro décadas después, incomprensible no sólo por su endeblez teórica, sino porque lo acontecido en ese tiempo desmintió en los hechos su análisis y sus profecías. ¿A qué polo de la relación centro-periferia pertenecían y pertenecen Japón, Italia, España, Irlanda, Taiwán, Corea del Sur, Singapur o Argentina? Nuestra patria tenía un ingreso per capita superior a todos esos países en la década de 1950, y a la mayoría de ellos en la década de 1960, no obstante lo cual los teóricos del subdesarrollo latinoamericano nos ubicaban dentro de los países periféricos. Los países que eran pobres y ya no lo son, ¿pertenecen al "centro" o su pertenencia a la "periferia" no ha sido un obstáculo para su crecimiento?[2] Canadá era y es un importante receptor de inversiones estadounidenses, y fue durante años casi un apéndice, desde el punto de vista económico, de su poderoso vecino ¿se trata de un país periférico, o en algún momento lo fue? ¿La dependencia económica trajo consigo la dependencia política, o el empobrecimiento de su economía?
Irlanda, otrora país que durante el siglo 19 y gran parte del siglo 20 expulsaba emigrantes por las hambrunas que diezmaban su población es, hoy, uno de los países europeos más pujantes, en gran medida gracias a sus bajos impuestos. Su ingreso per cápita supera al de la mayoría de las naciones de Europa Occidental. Según el World Bank[3], que ha confeccionado una lista decreciente por ese concepto, Irlanda tuvo un ingreso per cápita en el año 2006, de U$S 45.880, superior a los Estados Unidos (U$S 44.970), Suecia (U$S 43.580), Países Bajos (U$S 42.670), Finlandia (U$S 40.650), Reino Unido (U$S 40.180), Austria (U$S 39.590), Bélgica (U$S 38.600), Japón (U$S 38.410), Alemania (U$S 36.620), Francia, (U$S 36.550), Canadá (U$S 36.170), Australia (U$S 35.990), Italia (U$S 32.020), Italia (U$S 32.020), Singapur (U$S 29.320), Hong Kong (U$S 28.460), España (U$S 27.570); Nueva Zelanda (U$S 27.250). ¿Cuántos de esos países pueden ser considerados “centrales”? ¿cuáles son los “periféricos”? ¿En qué momento dejaron de ser “explotados” para convertirse en “explotadores”?
El atraso que supuestamente llevaría consigo la calidad de exportador de materias primas en ese "esquema" que nos habrían impuesto desde afuera con la complicidad de las oligarquías locales, era radicalmente falso, y lo sigue siendo: en 1960 Argentina era uno de los principales exportadores de carne, precedido por Dinamarca y Nueva Zelanda; de cereales, superados por Estados Unidos y Canadá, y seguidos de cerca por Australia y Francia; los principales exportadores de lana eran Australia y Nueva Zelanda, seguidos por Argentina; de leche, eran Holanda, Dinamarca, Nueva Zelanda, Australia y Francia. Ninguno de los principales exportadores de cereales, carne y leche eran países subdesarrollados, y en algunos de ellos, las exportaciones primarias significaban –como para nosotros antes y ahora- una proporción elevada del total de sus ventas al exterior (Nueva Zelanda, 96%; Argentina, 95%; Australia, 78% y Dinamarca, 62%)[4].
Las teorías de la pobreza o el estancamiento de los países subdesarrollados como contracara de la riqueza de los "países centrales" tienen, como ingrediente adicional, un efecto paralizante de la voluntad de la sociedad y de su dirigencia de analizar seriamente y superar los problemas actuales. Finalmente, queda como única sugerencia distribuir la pobreza en forma más o menos equilibrada, lo que –como se verá- no es una solución para los pobres, y conduce a perpetuar el estancamiento.
[1] Darcy Ribeiro ("Las Américas y la Civilización, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, Tomo I, pág. 29) decía que "el desarrollo desigual de los pueblos contemporáneos se explica como efecto de procesos históricos generales de transformación que alcanzan de modos distintos a todos ellos. Fueron estos procesos los que generaron, simultánea y correlativamente, las economías metropolitanas y las coloniales, conformándolas como un sistema interactivo compuestos por polos mutuamente complementarios de atraso y de progreso. Y configurando a las sociedades subdesarrolladas no como réplicas de etapas anteriores de las desarrolladas, sino como contrapartes necesarias para la perpetuación del sistema que componen"
[2] Al decir de Samuelson-Nordhauss ("Economía", decimosexta edición, 1999, Mc Graw Hill/Interamericana de España, pág. 539), "hace una generación, algunos países como Taiwán, Corea del Sur y Singapur tenían una renta per capita que representaba entre un cuarto y un tercio de la renta per cápita de los países iberoamericanos más ricos"
[3] Datos extraídos del sitio web http://www.finfacts.ie/biz10/globalworldincomepercapita.htm, fuente World Bank Development indicators 2007.
[4] FEDERICO PINEDO, "La CEPAL y la realidad económica en América Latina", Centro de Estudios sobre la Libertad, 1963, págs. 59-62.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

La Argentina del progreso y la argentina de la decadencia

Muchos jóvenes y quienes no lo son tanto piensan, sea con resignación, sea con odio a los países desarrollados, sea con orgullo, que siempre fuimos muy parecidos al resto de América Latina. El intento de acercarnos al primer mundo ha sido ridiculizado, y se cree que lo progresista es compartir un destino de miseria y resentimiento con el resto de los hermanos latinoamericanos. En todo caso, parece que lo importante es que la estrechez se distribuya en forma más igualitaria y "digna", pero se asume como un destino ineluctable nuestra pobreza relativa respecto de Estados Unidos y de Europa.
Hubo una época, no tan lejana –la que vio nacer a mis padres- que Argentina se situaba en otros niveles y apuntaba más alto. Hacia el centenario de la Revolución de Mayo y de la Independencia de 1816, nuestro país había experimentado un milagro económico. Desde la organización nacional -1860- hasta 1916, Argentina se convirtió en tierra de promisión para muchos inmigrantes, que dejaban sus países de origen –principalmente Italia y España, pero también Rusia (los judíos que huían de los pogroms zaristas), las actuales Siria y Líbano, Francia, Irlanda, Gales- buscando, según los casos, mejorar su fortuna o preservar sus vidas y libertades, objetivo que consiguieron en la totalidad de los casos.
Basta una lectura de la guía de teléfonos de la Capital Federal, de los pueblos de las provincias de Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba, Mendoza y todo el sud del país, para advertir que los apellidos que allí figuran, en una proporción considerable, nada tienen que ver con la colonización española inicial. Eso nos habla de un país que se formó por la inmigración extranjera, y no hay inmigrantes donde las condiciones económicas, institucionales y jurídicas no brindan un marco acogedor. Hubo una Argentina que atraía, a diferencia de la actual Argentina expulsora de jóvenes y que roba sus ahorros e ilusiones a los viejos.
1. Los salarios, ingresos y movilidad social en las buenas épocas
Por supuesto, cuando se habla de niveles de vida y salarios, las referencias no pueden ser sino comparativas. Nada se gana con pintar en vivos colores las condiciones de los conventillos de Buenos Aires o de los zafreros de la caña de azúcar, sin compararlos con las que imperaban en los países de origen. Sin desconocer que existieron situaciones de pobreza e inclusive de miseria en todos los tiempos, Argentina fue, durante muchos años, una nación con salarios similares o superiores a los imperantes en países que hoy nos superan con creces.
Siguiendo a Federico Pinedo[1], quien toma cifras dadas por el economista francés Gide, el salario medio anual de un obrero en París era de 2174 francos y de uno de las demás ciudades francesas era de 1266 francos, lo que equivalía respectivamente a 978 y 570 pesos papel argentinos de entonces, cuando un simple peón del puerto de Buenos Aires ganaba entre 80 y 100 pesos papel por mes, es decir entre 960 y 1200 pesos por año. Por el trabajo de jornaleros rurales franceses, unos pocos años antes de fin de siglo, después de una suba que se consideraba enorme, se pagaba, según datos que se encuentran en el Diccionario de Economía de León Say, 2,4 francos por día, o sea muy poco más de un peso papel. En Alemania según datos que se encuentran en los escritores más reputados (citados y examinados por el Dr. David, Sozialismus und Landwirtschaft[2]) lo que ganaba un obrero rural en 1911 rara vez llegaba al equivalente de $500 papel argentinos de entonces por año y lo pagado a un “Knecht” en las tierras señoriales del Este de Elba no pasaba de lo que ganaba entonces una mucama rural en las más pobres provincias argentinas. Según el libro del profesor alemán Lujo Brentano, “con el valor de la cantidad de trigo con que se pagaba un jornal en la Argentina, se pagaba entre 4 y 5 jornales en Alemania, y excusado es decir que más bajos que en Alemania eran los salarios en los países situados más al Este o en las penínsulas meridionales de Europa. El libro de Alfred Sauvy, sobre la economía francesa entre las dos guerras, confirma lo que se deja dicho sobre el bajo nivel de las remuneraciones antes de la primera guerra, con cifras en 1914, según las cuales era general un salario de cinco francos por día en París o sea $ 2,25 m/n. y para los ocupados en 22 profesiones el salario era de 8,3 francos por día ($3,70 m/n). Y eso pasaba en el país de más alto salario de Europa Continental.
Si comparamos los salarios por hora cobrados en 1911 y 1914 en Buenos Aires, París y Marsella, en siete categorías de trabajo distintas, vemos que los salarios de Buenos Aires eran un 80% mayores que los de Marsella en todas las categorías y un 25% más altos que los de París en la mayor parte de las categorías. Hasta la Primera Guerra Mundial, aunque el ingreso per cápita en Estados Unidos era mucho mayor que en Argentina, el salario promedio que recibía un inmigrante al llegar a Buenos Aires era similar al que recibía un inmigrante que llegaba a Nueva York. Un informe de 1921 del departamento de comercio exterior del Reino Unido confirmó que los salarios en Argentina eran mayores que en Europa (Díaz Alejandro, 1970, págs. 43–44).
La extensión de la clase media argentina, su cultura y la movilidad social ascendente que la caracterizaba fue, durante mucho tiempo, un orgullo de nuestro país y una nota claramente diferencial respecto del resto de Iberoamérica. Profesionales, pequeños o medianos comerciantes, productores agropecuarios o industriales, directores y gerentes de empresas más grandes. Esa clase media, al amparo de la estabilidad monetaria y de las posibilidades abiertas al crecimiento que caracterizaban a nuestro país, ahorró, hizo estudiar a sus hijos, progresó y se incorporó activamente al quehacer económico, político y cultural de nuestra patria. La movilidad social caracterizó a la Argentina por muchos años, y se está perdiendo a pasos acelerados, configurando un cuadro de creciente latinoamericanización, dicho sea esto sin una connotación peyorativa, sino descriptiva de la realidad de nuestro pobre sub-continente. En todo caso, en los últimos tiempos los ascensos económicos han venido de la mano de la política, del sindicalismo o de las conexiones empresarias con dirigentes políticos, funcionarios o sindicalistas, no del legítimo progreso individual.
2. El comercio exterior bajo la Argentina liberal
Siguiendo igualmente a Federico Pinedo, en los 12 quinquenios que siguieron al de 1864-1868 (hasta 1924/1928) el valor en oro de las exportaciones se multiplicó por algo más de 32 veces y las importaciones por más de 23; el intercambio por 27. La capacidad de comprar, determinada por las exportaciones, crecía al 6% anual promedio, pero en los hechos no ha habido nada que se parezca a la vigencia de esa tasa uniforme. Con sólo dividir el período de dos mitades de 6 lustros cada una se ve que en la primera mitad la cifra del quinquenio inicial se multiplicó por 4,14 (pasando de 138,5 a 573,6) y en la segunda se multiplicó por 7,76 (pasando de 573.6 a 4553 millones); en la primera parte la tasa anual de crecimiento estaría cerca del 5%, en la segunda cerca del 7%.
Cuando el país apenas tenía siete millones de habitantes ocupábamos el 7º ó el 8º puesto en el mundo entero por el volumen de nuestro comercio exterior, sobrepasando aun a grandes potencias como Italia o Japón, y a países que hoy se tienen como prototipo de naciones ricas y prósperas como Canadá y Australia, Bélgica, Suecia o Suiza.
En el período 1870-1913, la tasa de crecimiento compuesto media anual del volumen exportado fue del 5,2 por ciento, nivel superior a cualquiera de los países europeos, de los Estados Unidos y de Australia y Canadá en el período mencionado (Bélgica 4,2%; Alemania 4,1%; Australia 4,8%; Canadá 4,1%; Estados Unidos 4,9%[3].
3. El crecimiento
Entre 1870 y 1913, el crecimiento del PBI per capita argentino fue de 2,5% (tasa de crecimiento compuesta, media anual). Al nivel alcanzado por la Argentina, le seguían Canadá (2,2%), Estados Unidos (1,8%), México (1,7%) y Australia (0,9%). Según los datos elaborados por Maddison en 1995, la Argentina fue en esa época el país cuyo PBI real creció más rápido que en el resto del mundo incluyendo, naturalmente, a los demás países de América latina.
Los datos de Maddison muestran también una Argentina que después de alcanzar un PBI per capita (en dólares internacionales de 1990) de 1.311, en 1870, había logrado ascender a un total de 3.797, en 1913, nivel que superaba a los siete países más importantes de América latina (incluyendo a Brasil, Chile, Colombia, México, etc.) y a varios países de Europa Occidental (Francia, Italia, España, Austria, por ejemplo).
Para 1910, en el centenario del primer gobierno patrio, Argentina era uno de los principales países del mundo. Constituía uno de los mayores exportadores de granos y carne. El PIB del país equivalía a 50% del PIB de todos los países hispanoamericanos, ocupaba el décimo lugar entre las economías del mundo y su comercio representaba 7% del total internacional. Las zonas cultivadas con trigo, que en 1872 cubrían 72.000 hectáreas, llegaron a 6.918.000 hectáreas en 1912. Las exportaciones de cereales, que en 1885 habían totalizado 389.000 toneladas, alcanzaron 5.294.000 en 1914. Además, en contraposición al período colonial previo, se registró un marcado descenso del analfabetismo, en una nación reconocida por su carácter abierto a la cultura universal.
3. Expansión de la población
La tasa de crecimiento de la población argentina, entre 1870 y 1913, fue de 3,4 por ciento. En orden decreciente le seguían: Nueva Zelanda con 3,2%, Australia con 2,6%, Brasil con 2,15% y Estados Unidos con 2,1 por ciento.
Pocas veces se relacionan –como debería hacérselo- las cifras de inmigración, con las virtudes del país receptor: el respeto por las garantías individuales y el derecho de propiedad; el ambiente de libertad y tolerancia; las perspectivas de progreso que ofrece; su crecimiento (no el que dicen ex post estadísticas dibujadas al estilo soviético o castrista, sino el que realmente viven los inmigrantes).
En 1914, del total de la población 70%, eran argentinos y 30% extranjeros (principalmente italianos y españoles).
4. Las inversiones extranjeras
Además de acoger generosamente a "todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino" (preámbulo de la Constitución), nuestro país atrajo numerosas inversiones de capital externo. Según los datos utilizados por A. M. Taylor, “la Argentina figuraba en el primer puesto, en materia de recepción de inversiones extranjeras por unidad del PBI, en América latina y Asia, en 1900, con un valor de 4,15 por ciento, seguida por Uruguay (3,14%) y por Brasil (2,55%)[4].
En general, las principales contribuciones de capital extranjero provenían esencialmente de Gran Bretaña, aunque Francia y Alemania también efectuaban destacables aportes.
El desarrollo de la industria
Uno de los mitos difundidos por la literatura nacionalista, es que Argentina era una "colonia próspera", en que el esquema "agroimportador" había castrado el desarrollo industrial. Eso es radicalmente falso: en 1895, según los datos disponibles, había en el país 24.831 establecimientos industriales; en 1913 el número llegaba a 48.779. Entre los sectores más importantes, en 1895, figuraban: indumentaria y tocados (25,43% del número total); alimentos (27,63%); construcción (16,95%) y metalurgia (13,69%). En 1913, se pueden observar claros cambios en el orden de importancia de las distintas actividades industriales. Los alimentos pasan a ocupar el primer lugar (38,91%), seguidos de la construcción (17,59%) y de la producción de indumentarias (14,52%). Las llamadas actividades industriales y de artesanía representaban, sobre el total de los sectores productivos del país, en 1895 el 14,9% y en 1914 el 16,7 por ciento.
Concluida la primera guerra mundial, el crecimiento se reanudó. Entre 1919 y 1929 el PBI de la Argentina creció al 3,61% anual, superando considerablemente a Canadá (2,65%), Estados Unidos (2,16%) y Australia (1,64%). También el aumento del PBI per cápita argentino fue el más alto de los cuatro países, promediando el 1,75% anual. Era la edad de oro de la economía argentina, alcanzando nada menos que el sexto puesto del PIB mundial en 1928[4]. La crisis de 1929 forzó el cierre de la economía argentina, y comenzó el intervencionismo estatal, siguiendo Argentina lo que era entonces una tendencia mundial. Desde 1946 sufrimos una altísima inflación, y un estancamiento como tendencia general. A pesar de ello, en 1964 todavía nos hallábamos dentro del mismo grupo de países de desarrollo intermedio que Austria, España, Finlandia, Irlanda, Israel, Italia y Japón, y en un escalón superior al de Corea y Formosa (Taiwán)[5]। Todos ellos nos superan actualmente con creces, y de proseguir nuestra decadencia, en algunas décadas seremos más pobres que la India, que China y otras naciones cuyo pauperismo nos llenaba de conmiseración.

[1] PINEDO, Federico, La Argentina en un cono de sombra, (Buenos Aires, 1968).[2] DAVID, Eduard, Sozialismus und Landwirtschaft, (Berlin, 1903),
[2] Maddison, Angus, The World Economy, (New York, 1995).
[3] Taylor, Alan M., Latin America and Foreign Capital in the Twentieth Century: Economics, Politics and Institutional Changes, (California, 1999). Pág. 107-156.
[4] GERCHUNOFF, Los prósperos años de Alvear, (Argentina, 1985), Pág. 78 y ss.
[5] Samuelson, "Curso de Economía Moderna", decimosexta edición, cuarta reimpresión, 1971, edición española, capítulo 36, pág. 874, adaptado de Eugene Staley, The future of undeveloped countries, Harper, Nueva York, puesto al día en 1964.

lunes, 27 de octubre de 2008

GRACIAS POR SALVARNOS DE LA CODICIA


Si algo cabe reconocer al gobierno, es que permanentemente mantiene la iniciativa. Iniciativa dislatada, pero sin contrapesos serios de eso que pretenciosamente se llama oposición.

La nueva genial idea del Poder Ejecutivo es eliminar el régimen de capitalización. Por supuesto, la retórica progresista nos dice que en realidad se procura eliminar a las AFJP para protegernos de la codicia (comisiones altas), las malas inversiones (ya se sabe el desastre que es el capitalismo) y asegurarnos una jubilación digna (el Estado siempre hace las cosas bien).
Más allá de que el propio sistema jubilatorio entraña una buena dosis de paternalismo -pues las únicas opciones que otorga son el sistema de capitalización o el sistema de reparto, pero no se pregunta al aportante si quiere jubilarse y que le descuenten compulsivamente una parte de sus ingresos, sea porque no quiere ahorrar, o porque tiene otros ahorros, o porque piensa ahorrar e invertir en la forma que prefiera- el sistema de capitalización resulta un mal menor, y dentro de las dos opciones que otorga la ley 24.241, es estrictamente voluntario.

En el sistema de capitalización, los aportes no son de las AFJP, sino de los afiliados. Cada uno de ellos tiene una cuenta de capitalización, que le pertenece en propiedad (artículos 1, 41, 54, 55, 56, 66) y es transmisible por herencia. El control de las inversiones es realizado por el Estado (artículo 80), y las reglamentaciones acerca de ellas son abundantes; si se supone que la regulación protege a la gente, nada impide al gobierno dictarlas. Lo probable es que, como se viene haciendo desde 2001, so capa de regulación el gobierno "encaje" títulos públicos de un Estado defaulteador y tramposo a las administradoras, es decir, los aportantes.

El gobierno emplea como pretextos para dar su manotazo a fondos que ascienden a $ 100.000 millones, que las administradoras (entre ellas, la estatal Nación AFJP) administran mal y que las comisiones son muy elevadas. Dentro de su lógica, si los villanos son las AFJP, lo coherente (aunque también inadecuado) sería reemplazar al administrador por el Estado, pero no eliminar las cuentas individuales de capitalización, que no pertenecen a las mandatarias, sino a los afiliados. Utilizar como excusa la mala administración para apropiarse de ahorros ajenos equivale a que un ladrón se apodere de mi dinero, porque dice que lo estoy invirtiendo mal.
Por otra parte, las prestaciones públicas no son incompatibles con el régimen de capitalización. Si el gobierno -éste o cualquiera- piensa que las jubilaciones y demás prestaciones que se otorguen por el sistema de capitalización son indignas, insuficientes, propias de un "capitalismo salvaje", nada le impide, con recursos genuinos, completar su importe con fondos públicos. Y si no puede hacerlo ahora, ¿con qué dinero se financiarán tan magníficas promesas? Con el dinero de los aportes, que se destinarán al régimen de reparto. En otras palabras, el gobierno se quedará con ahorros de los aportantes, para financiar el gasto público actual, contrayendo una deuda flotante indeterminada a ser pagada por otros gobiernos, tanto más elevada cuanto mayores sean las promesas.
Como el sistema de reparto es por sí deficitario -hay un aportante por cada pasivo- y lo será cada vez más, por el envejecimiento de la población y la falta de incentivos para aportar de quienes saben que el monto futuro de su haber de retiro no tendrá ninguna relación con el aporte, el esquema conduce, más allá del corto plazo, a la quiebra.
Engañosamente, se obtendrán recursos fiscales adicionales, equivalentes al monto del despojo. El aporte neto del afiliado ya no será de su propiedad, sino pasará a integrar las rentas generales. Y aunque se destinara en un 100% a pagar jubilaciones actuales, y su administración fuere impecablemente honesta, lo cierto es que se habrán confiscado sus ahorros a los aportantes que voluntariamente rechazaron el régimen de reparto, en hipotético beneficio de jubilados presentes. Pero el robo no deja de serlo, aunque su producido se destinara por hipótesis a fines pretendidamente altruistas.

No abundaré sobre la destrucción del mercado de capitales y otras cuestiones económicas, pues la condena al latrocinio no necesita de argumentos adicionales. El ladrón privado es el menos peligroso de los enemigos de la propiedad, señalaba Alberdi.